Ya en la calle el nº 1039

Yo no conocí a mi abuelo. Parte II

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Y para encontrarlo tenía que completar un dibujo como esos en los que los niños unen puntos, sólo que además de unirlos tenía que descubrirlos. Había que empezar en algún sitio y sólo tenía el punto final.
Descubrí el peso enorme de las fronteras, peso de archivos que no excluyen a ningún ser humano que las quiera cruzar, expedientes individualizados con un tamaño inversamente proporcional a las riquezas del interesado. Parece que los invisibles sólo dejan huella al intentar cambiar de país. El Instituto Nacional de Migración guardaba muchos más datos de mi abuelo que mi familia, desde antes de su llegada hasta perderse en un trámite que su muerte dejó inconcluso. Un expediente con cincuenta y nueve hojas de ida y vuelta con tantas direcciones postales distintas como años en el calendario, y en todas las hojas que contenían las palabras “lugar de nacimiento” una sola y genérica respuesta: “España”. Ni ciudad ni provincia ni nada, a diferencia de mi abuela que lo especificaba todo en cada solicitud de renovación de un permiso de residencia que veinticinco años después de su llegada aún no lograban hacer permanente. Nunca lo lograron. Don Josep Farreras, exiliado comunista que conocí poco después, intelectual fantástico de eterna banderita republicana en la solapa, seductor nato e incorregible, idealista radical (¿se puede ser idealista sin ser radical?) y el mejor conversador del mundo (q.e.p.d.), me contó que él fue a esas mismas oficinas en esas mismas fechas, pidió ser ciudadano mexicano “como nos lo había ofrecido el Gral. Cárdenas” y lo consiguió en su primera visita. Probablemente exageraba, pero más pronto que tarde lo consiguió. Al investigar el exilio español en México es fácil pensar que todos sus integrantes fueron personajes de renombre ya que prácticamente sólo a ellos se les menciona, pareciera que “hasta el más chimuelo mascaba tuercas” bromeaba con un dicho popular mexicano la Dra. Dolores Pla (q.e.p.d.), historiadora experta en el exilio; muy poco se dice de las miles de personas que conforman las estadísticas de pie de página. El dorado exilio mexicano no lo fue para todos.
Confirmé una palabra, un origen, eso sí: Dominicana. El siguiente punto estaba allá. Pronto conocería la extraordinaria amabilidad que mencionan todos los libros que tratan acerca del exilio en aquel país. La maestra Natalia González, máxima experta en el tema y también descendiente de exiliados, respondió inmediatamente a mis correos, ofreciéndose a buscar y encontrando que mi abuelo había llegado desde Francia en el mismo barco que su familia pero, por cierto, no declara, como lo hacían otros, el lugar de nacimiento. Joder. Gracias a ella obtuve del Archivo General de la Nación de la República Dominicana las solicitudes y renovaciones anuales del permiso de residencia de mi abuelo, sólo para encontrar en todas y cada una el mismo vacío llamado “España”.

Mientras, mi solicitud de búsqueda en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca confirmaba con una copia del Diario Oficial del Ministerio de Defensa Nacional otra de esas vagas memorias familiares: Sargento, de Infantería. Nada más.
Tenía abiertas varias solicitudes en diferentes archivos en los tres países, una de ellas al Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación con sede en Madrid que resguarda los expedientes de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (J.A.R.E.) y del Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles (S.E.R.E.), organismos que se crearon al final de la guerra para ayudar a los exiliados, la respuesta llegaría por correo postal. Un expediente de la J.A.R.E. de unas pocas hojas que contiene una solicitud de ayuda económica redactada por mi abuelo al llegar a México y en la que explicaba que el paludismo contraído durante su estancia en la República Dominicana y su consiguiente anemia le impedían obtener el sustento básico para su familia, esto acompañado por un certificado médico. Tampoco resultaba fácil encontrar empleo en la Ciudad de México siendo agricultor. Solicitud denegada por razones burocráticas. Una más de las muchas de su vida, supongo, mas esta sería diferente porque en un formato rellenado con su puño y letra apareció la única referencia que lograría encontrar: ¡Caravaca! Ironía terrible, de no haber padecido esa enfermedad probablemente nunca lo hubiera encontrado. Qué difícil es alegrarse. ¿Asunto resuelto? Apenas terminar de leer el documento ya estaba escribiendo al Registro Civil de Caravaca. Su respuesta no tardaría en llegar, “una vez examinados los índices de los libros existentes en este Registro Civil no se ha encontrado ninguna inscripción con los datos que usted aporta”. Claro, no podía ser tan fácil. ¿Qué quedaba por hacer? Acudir a la única institución que guarda registro de cada nacimiento, desde hace siglos. Pero aquí ya no funciona el correo electrónico. Comenzaron las madrugadas en vela, llamando por teléfono a cada una de las parroquias del municipio de Caravaca de La Cruz con los datos que están publicados en la página web de la diócesis de Cartagena. Buenos días, por favor con don Eugenio Azorín. Ahora no está, llámele a la una. Cada noche, por la diferencia de horario, iba tachando las parroquias de las que recibía negativas. Le he dicho que a la una, acaba de irse. Con igual amabilidad y extrañeza los párrocos me escuchaban y me pedían que les diera unos días para buscar en los libros. Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarle? Yo explicaba y anotaba. Pues mire, no lo sé, llámeme el miércoles que ya reviso yo y a ver si encuentro algo. Y llamaba a otro número, casi siempre sin suerte de ser atendido. ¿Qué fecha me ha dicho? La libreta se llenaba poco a poco de tachones.

¿Quién? Soy Juan, de México, le he llamado hace unos días. Ah, sí, sí, ¿pero para qué necesita esto? porque no es un documento oficial y no le servirá de mucho… Pero… ¿lo tiene? Sí, sí, aquí está, su abuelo nació en Singla en la fecha que me ha dado, y aquí están los nombres de sus padres y sus abuelos y padrinos…

Y lo encontré. En la parroquia de la Purísima Concepción de Singla.
Don Eugenio me pidió mi dirección y dijo que me enviaría una Certificación como la que da a los recién bautizados, no puedo enviarle otra cosa. ¿A cambio? Nada, hombre. Ante mi insistencia me dio el número de cuenta de la parroquia, ¿cuánto? Si es que no tengo ni idea, nunca había hecho algo así, lo que usted guste. La Certificación llegó un par de semanas antes de la cita en el consulado.
Solicitud aceptada.
Empecé con un par de puntos para unir, ahora tenía varios, cada uno con el nombre de una persona que sin conocerme me había ayudado desinteresadamente (imposible mencionarlas a todas). Los puntos que faltaban ya no los encontraría en archivos. Agotados los métodos de búsqueda a larga distancia, el siguiente paso era poner pie en Singla. No iba a parar aquí. Ni mucho menos.

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