Ya en la calle el nº 1044

Don José Ángel Iribar seguía allí

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

SANTOS LÓPEZ

En menos de dos meses, cumpliré 14 años. Acabo de terminar mi paso por la primaria, nos han dado las vacaciones, y el próximo curso toca el Instituto. 

            Este sábado, 25 de junio de 1977, el Athletic jugará la final de copa contra el Betis. De modo que este día lo tengo muy pillado, ni calle con colegas, ni nada que me distraiga: estaré pegado a la tele durante toda la tarde-noche. 

            Hace 7 años, mi padre, hizo un curso, relacionado con su trabajo, en Madrid. Allí estuvo varios días, aprovechó para visitar, no solo la capital, sino alguna que otra ciudad próxima, como Toledo, de la que vino comentando muchas anécdotas: que si el Greco, que si el Alcázar, que si el Tajo, que si la visita a la tienda de bicicletas de Federico Martín Bahamontes. Vaya, estuvo en una tienda de bicis, y no me compró una, tal como habíamos hablado él y yo antes de marchar a Madrid. 

           Qué decepción cuando volvió: “¿y la bici, papa?”, “si es que era mucho engorro, ¿cómo me la iba a traer en el tren desde Madrid?”. Y veo que saca, de su maleta, la indumentaria de un equipo de fútbol, roja y blanca, pantalón corto negro, calcetas negras con una franja superior también roja y blanca; en fin, menos da una piedra, tomé la equipación y me dispuse a probármela, me quedó como dios, me gustaba. En el escudo rezaba Atlético de Bilbao. Luego me he enterado de que eso de Atlético no es su nombre, que en realidad su nombre es el de Athletic Club de Bilbao, alguien me explica que tiene que ser en español, que está prohibido que sea en inglés.

           Bueno, a regañadientes, pero, de buen grado, tras ver la indumentaria, me siento muy bien con el regalo que mi padre me acababa de traer. En verdad, lo del tren, hubiese sido una pasada, cómo no lo había pensado antes, cómo se iba a traer la bici en tren.

          A la primera ocasión, esa indumentaria, me la puse para jugar con los amigos en la calle. Con el paso del tiempo, no mucho, me fui familiarizando con el equipo al que pertenecía la dichosa indumentaria, y debió de ser dos años después, cuando se jugó la final de copa contra el Castellón, decidí que podría ser el equipo al que uno siguiera, ya lo creo, también ganaba títulos, no solo el Real Madrid o el Barcelona.

        Pero, lo cierto y verdad es que, en esta calurosa noche de junio, me he sentado ante la tele para ver una nueva final del Athletic, en este caso, contra el Betis. Me pongo la camiseta y la gorra que me compraron mi madre y mi padre cuando estuvimos en Granada, en aquel viaje de hinchas caravaqueños que fueron a ver al Madrid que jugaba contra el Granada: mi madre, mi padre y yo, nos perdimos por Granada, no literalmente, claro, tampoco Granada daba para tanto, nos fuimos callejeando y llegamos hasta La Alhambra. En un puesto cercano a Los Cármenes, ahí me la compraron, cuando fuimos a encontrarnos con los hinchas que salían del partido para volver a Caravaca.

     Pues eso, gorra y camiseta, sentado en una pequeña mecedora, voy a vivir este partido importante para el Athletic, muy importante para mí; me acompañan mi padre y mi hermano. No empieza mal, a los 15 minutos, el bueno de Carlos, marca el primero del Athletic; empata el Betis en el último minuto de la primera parte. Nada más viene a alterar el resultado, se llega al final con ese empate. En la prórroga, se adelanta el Athletic, marca Dani, a los tres minutos; sin embargo, la desdicha, para el Athletic, parecía presidir ese partido, a tres minutos del final empata el Betis. Sin tiempo para la reacción, condenados a penaltis estamos. Uno, que sufre en sus carnes cada contratiempo del Athletic, incapaz de soportar más sufrimiento, decide no quedarse para contemplar la tanda que está a punto de comenzar.

    Me encierro en mi habitación, y dejo pasar los minutos. En un momento dado, tras un prudencial margen de tiempo, asoma mi hermano la cabeza y me da la peor noticia que podía esa noche tener: hemos perdido, Iribar ha fallado el último lanzamiento; entre sollozos, hecho polvo, me dejo caer en la cama y me duermo rápidamente: el sopor hace mella y me deja tirado, sin ánimo.

    Sin ánimo, pero dormido, un maravilloso sueño va dejando retazos de una futura existencia cuyas características no me desagradan, me encantan. Entre esos retazos, el más inminente: en septiembre entraré al Instituto; no sin esfuerzo, y con algún contratiempo, el primer año será complicado, pero, a partir de ese 1º de BUP, los tres restantes cursos los solvento, con el mismo esfuerzo, pero mucho mejores resultados. 

  Fluyen los retazos a velocidad de vértigo. Toca a su fin mi paso por el Instituto, he de plantearme qué ha de ocurrir a partir de ese momento, el sueño vira hacia una inquietud propia de mi indecisión: finalmente, opto por la más adecuada de las que, en ese instante, se me proyectan, la Universidad de Granada me espera, Biología será aquello que estudiaré en ella. La tranquilidad preside esa fase de la noche, instalado en certezas que no ofrecen dudas, concilio mi dormitar durante un buen rato, en paz conmigo mismo.

Don José Ángel Iribar seguía allí

  A pesar de que dejo a mis amigos, ninguno de ellos estudiará en Granada, el devenir proyectado continúa siendo placentero. De pronto, en mi segundo año en Granada, veo aparecer de nuevo al Athletic, lo vuelve a hacer de un modo explosivo, pero ahora, para bien, no como en esa triste situación que me ha dejado tumbado. Al final de ese curso, además de unas buenas sensaciones académicas, el Athletic es campeón de liga. El vértigo de los acontecimientos sigue en todo lo alto, los retazos siguen viniendo sin dar tregua, y me sitúan en el tercer año de mis estudios universitarios. Malamente ese curso, sólo haber aprobado la más fuerte materia del mismo, me mantiene a flote y con esperanzas para septiembre. Y en esa tesitura vital, porque sería un todo o nada lo de mi continuidad como estudiante universitario, va el Athletic y, no sólo repite hazaña, ganando de nuevo la liga, sino que también gana la copa. En mi sueño, se dibuja una ciudad gris, atormentada por un presente que le es hostil, pero que, pletórica, celebra el triunfo deportivo de su equipo y para ello, como en el año anterior, hacen navegar a una vieja gabarra, a través de un curso de agua sucio y pestilente, pero, que no dejaba de ser el curso de agua que mantenía viva a la ciudad. En la gabarra, esos chicos, algunos de ellos de mi edad, van paseando sus dos trofeos entre el clamor y la alegría de un millón de personas que, desde los márgenes vitorean y dan las gracias a ese grupo humano que tan felices les han hecho.

  Sigue el raudo devenir de los acontecimientos mostrando nuevas fases de mi vida, pero, un sobresalto mañanero me deja en vilo: miro a la ventana, acaba de amanecer, el sueño para en seco y el devenir último habrá de ir concretándose en el tiempo.

Cuando en la noche del pasado sábado, 6 de abril, revolcándome por los suelos, abrazado a mi hijo, con una inmensa alegría, única, maravillosa alegría, solo comparable a la del reciente nacimiento de su hijo, mi nieto; después de que un chico navarro, Alex Berenguer, saliese corriendo hacia la grada, quitándose la camiseta rojiblanca, abrazándose con las emocionadas personas que asistieron a una más de las finales a que nos tiene acostumbrados el Athletic, pero, cuyo gol de penalti, esta vez sí, suponía el triunfo, y ser campeones de copa; recobro la memoria de aquella noche, la del 77, miro a la pantalla tomando conciencia de que habían sido muchos años los que aquel niño de 14 ha esperado para despertar y ver que Don José Ángel Iribar seguía allí, con los ojos llorosos, emocionado.

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