Disfraces

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Montserrat Abumalham

Soplan desde hace tiempo vientos de ficción sobre la tierra. Más bien de fingimiento. Es bien sabido que, en las redes sociales, con frecuencia, las imágenes que se nos presentan, y que cada cual ofrece de sí mismo, en nada se compadecen con la realidad de cada uno. Se inventan vidas ficticias, incluso se someten las imágenes a filtros múltiples que, si no conoces al sujeto, lo vuelven irreconocible y si lo conoces, aún más.

Disfraces

El que nunca ha trabajado en el campo aparece acariciando ganado o haciendo que siembra o planta. Los grandes jefes de las grandes potencias amenazan con simulacros a sus vecinos menores para intimidarlos y coartar su libertad. Crecen los rumores de que hay quienes fingen ataques, para mostrar sus agresiones como actos de defensa.

Por supuesto, hace ya mucho que corren incluso por medios supuestamente serios noticias ficticias que pretenden apartar la mirada de los verdaderos acontecimientos. Los que ven conspiraciones en cualquier hecho ganan la partida a quienes se comportan y manifiestan con seriedad y ponderación. Se descalifica a la gente desde el punto de vista moral; ‘ese -que no me gusta y cuyas ideas no comparto- es una mala persona, sin que se aporten más pruebas que ‘porque lo digo yo’. De manera que la realidad es fácilmente manipulable, ya que no se necesitan argumentos.

Un signo llamativo de esto que vengo diciendo se me presenta desde algunos escaparates. A veces, un símbolo es más explícito, por polisémico, que una larga explicación.

Ya han aparecido en las vitrinas de los comercios de ropa infantil los trajes de comunión. Como es sabido, la primera comunión es un acto solemne que responde a la muy antigua tradición de los ritos de paso. Significa que el comulgante se incorpora de pleno derecho a una comunidad de fieles que comparten una misma fe. Puesto que es el signo del tránsito de la edad infantil a la de los que ya empiezan a ser autónomos y responsables; aquello que se llamaba ‘alcanzar el uso de razón’, es sin duda un acto solemne y para ello, desde antiguo y por la carga de significado que poseen las vestiduras blancas, se vestía a los comulgantes con ropas de ese color. Con el transcurrir del tiempo, se asimiló la dignidad del acto a la de algunas costumbres sociales; vestir de gala para algún evento importante y de ahí que, durante años, los niños, sobre todo, vistieran como almirantes con cordones dorados y charreteras. A las niñas se les destinaban vestiduras que de algún modo imitaban los trajes de las novias, pues ya se sabe que la mujer durante siglos no alcanzaba su plena dignidad si no era una mujer casada (y en ello seguimos, pero con variantes).

Al mirar en un escaparate las propuestas más ‘a la moda’, lo que me vino a la cabeza, por aquello de las asociaciones de ideas, fue Carlo Monte en Montecarlo, la célebre opereta de Jardiel Poncela. No se trataba de un traje de marinero o de almirante, sino de una reinterpretación que recordaba a los uniformes que se lucen en las operetas. En otro escaparate de otra tienda, me encontré con algo similar. En este caso, el traje para varoncito estaba acompañado de la versión femenina, que me recordó las películas inglesas de terror, con fantasmas de niñas y adolescentes, vestidas con girones de encaje y muselina, colándose por las paredes. En cualquier caso, ambas propuestas que podrían dar lugar a múltiples exégesis, eran ropas de atrezzo. Es decir, ropajes para componer un personaje, no para vestir a una persona, y menos aún si el acto al que se destinan es precisamente el que incorpora a un niño al inicio de su edad adulta. Se podrá argumentar que se trata de un mero acto social, no es religioso y ha perdido el carácter iniciático. Bien. Si es así, destínense esas vestimentas al carnaval que es donde tienen pleno sentido.

No se me ocurre mejor símbolo de la época en la que vivimos, ni mejor modo de sintetizar lo que traen los vientos de ficción que soplan.

 

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