Ya en la calle el nº 1039

El viento que no cesa

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
Pocket
WhatsApp

Añade aquí tu texto de cabecera

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Pascual García ([email protected])
Además de un frío terrible, que combatíamos convenientemente con el fuego de la chimenea o de las estufas, en el barrio donde nací hacía y sigue haciendo mucho aire, un viento que golpeaba incesante las paredes de las casas, tocaba el instrumento invernal de los tejados y producía esa música que constituyó la banda sonora de mi infancia. Durante días y noches zumbaba en los callejones, ululaba como un animal desesperado, levantaba tierra en la forma de caprichosos remolinos y se llevaba de un lado para otro plantas secas de Las Torres, papeles y desechos. Mi padre, al que siempre ha puesto muy nervioso la furia del aire, solía decirnos que no saliéramos fuera o que evitáramos andar bajo el alero de los tejados, porque el peligro de que nos cayera alguna teja suelta o un alquezón resultaba demasiado probable.
Así que, en aquellos días, nos recogíamos en la cocina junto a la chimenea de mi abuelo o a la estufa que había encendido mi madre muy temprano en nuestra parte de la casa y yo me refugiaba en la ficción de  mi puñado de indios y americanos, una flamante diligencia de plástico duro y un camión de lata e imaginaba mundos exclusivos en los que podía ensimismarme durante horas, crear argumentos efímeros, escenas fugaces y diálogos que nunca más repetiría entre el chérif de turno y el pistolero, veloces cabalgadas, persecuciones y huidas sobre el desierto inhóspito e interminable del suelo de la cocina, en tanto una bandada de pieles rojas iban rodeando a los protagonistas de aquel western reiterativo que supuso el juego principal e iniciático de mis primeros años.
Guardo, no obstante, en mi memoria la martingala del viento soplando durante los días y las noches con bárbara insistencia, como si un enemigo sin forma y peligroso nos asediara constante, casi cerril, empeñado, como en el cuento de los tres cerditos, en echar abajo la casa y desmantelar nuestra morada.
No era, en puridad, miedo, porque me sentía seguro en el fondo, protegido por los míos, era más bien la sensación de una vaga amenaza y de una melopea salvaje que el espíritu de una naturaleza desatada parecía interpretar con saña y de un modo despiadado.
En ningún lugar de Moratalla pegaba tanto el viento como en El Castillo y nosotros, los muchachos del barrio, guardábamos aquella certeza con orgullo, porque también el viento era nuestro y cincelaba nuestro carácter, de cuya rudeza solíamos envanecernos. Resultaba incómodo jugar en aquellos días, porque éramos incapaces de controlar las viejas pelotas de plástico o las bolas de colores con las que jugábamos en la tierra ni los aros que empujábamos diestros con un gancho especial calle arriba y calle abajo en un viaje sin destino.
En Las Torres tremolaban las prendas que tendían las mujeres y a las muchachas les bailaban las faldas por efecto de un viento atrevido y cómplice que nos permitía vislumbrar los colores íntimos de su ropa interior, pero aquel viento no parecía que fuera a cesar nunca y nosotros nos cuidábamos de pasar por el borde de los terraplenes por temor a que un golpe inesperado nos despeñara y permanecíamos atentos al cielo y al horizonte como creyentes de una fe cuyo mesías no había llegado aún.
Ocultos en las pequeñas y cálidas cocinas, jugueteábamos con las ascuas del hogar y soñábamos con la primavera próxima.

¡Suscríbete!

Recibe cada viernes las noticias más destacadas de la semana

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
Pocket
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.