Ya en la calle el nº 1039

Winnie Mandela, la sombra del héroe

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

GLORIA LÓPEZ CORBALÁN
«Los verdaderos líderes Winniedeben estar dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo» dijo Mandela. Él lo hizo. Solo mantuvo a lo largo de su vida una única amante, la política, pero dejó dos exesposas y una viuda en ese largo camino por la liberación de su pueblo. De las tres, la más polémica es sin duda Winnie, la segunda. Fue la más visceral, la más extrema y la que espero (como pudo, nadie le dijo que fuese fácil) los 27 años de cautiverio del que es hoy un ejemplo para todos.  
Winnie Madikizela nacería un  26 de septiembre de 1936 en el pueblo de Mbongweni, Bizana. Fue la cuarta de ocho hijos. Su padre, Columbus, fue ministro de Agricultura durante el gobierno de Matanzima. Su madre, profesora de economía, murió cuando Winnie tenía sólo ocho años de edad. Asistió a la escuela primaria en Bizana  y se graduó en la Escuela de Trabajo Social de Johannesburgo, donde le dan una beca para estudiar en EE.UU. Pero ella lo rechaza y entra a trabajar en el Hospital Baragwanaht de Johannesburgo como la primera trabajadora social negra.  Con una fuerte personalidad y unas ideas claras sobre el futuro su entrada en política era cuestión de tiempo.
En 1957, conoció a un joven Nelson Mandela (casado y con cuatro hijos) que en esos momentos estaba siendo juzgado por traición por las campañas de desobediencia civil de los años 50.  Divorciado él, se casaron en 1958 y se fueron a vivir juntos a Soweto. Años de tranquilidad que precederían a la tormenta y en los que tuvieron dos hijas.
Pero el calvario comenzaría cuando en 1964 Mandela es condenado a cadena perpetua. Ella y sus dos hijas se quedaron solas, bajo la amenaza de un Gobierno que las utilizaba para castigar a su cada vez más poderoso marido, un marido que solo pudo visitar cuatro veces en los 27 años que llegaría a estar preso. Mientras, se las tuvo que arreglar sola, negra, convicta y madre soltera de dos hijas casi recién nacidas. Los castigos infringidos al líder en esta mujer y sus dos hijas son contados por Dominique Lapierre en sus libro “Un arco iris en la noche”. Pero Winnie era fuerte y nunca doblegó su carácter ni su actividad política. Comenzó a trabajar clandestinamente para el ANC, participaba en todas las reuniones y repartiendo folletos del movimiento. Sus hijas, ante el acoso al que estaban sometidas por el gobierno, decidió enviarlas a un internado a Swazilandia y ella seguir con su lucha.
Sus actividades le valdrían muchos arrestos y otros tantos destierros, pero también el título de «Madre de la Nación».
En 1986, cansada de su destierro en Orange, volvió a Soweto, desafiando al cada vez más débil gobierno del apartheid, y lanzó una campaña dedicada a promover el asesinato de los negros colaboracionistas con el régimen. Para entonces iba reodeada de una guardia pretoriana de huérfanos llamados Mandela United Football Club, que pronto se convirtieron en asesinos a sueldo. La muerte en Soweto de un joven de 14 años, a manos de este grupo, la lleva a los tribunales y la separa aún más de Mandela. Tantos años de lucha habían dejado cicatrices en el alma de esta mujer que no son fáciles de juzgar.
Cuando Nelsón salió de prisión, en 1990, Winnie estaba esperándolo en la puerta. Era solo el punto final de un matrimonio que había acabado mucho antes. El juicio de divorcio sería algo vergonzoso para Mandela.
Aunque formaría parte del primer gobierno post apartheid se vería obligada a renunciar por su implicación en varias muertes de jóvenes de Soweto y varios cargos por fraude, por los que fue condenada a cinco años de prisión de los que solo cumplió ocho.  Winnie estableció un museo en la casa de Orlando, donde ella y Mandela había vivido, y adoptó el apellido Madikizela-Mandela y hoy vive alejada del mundanal ruido que tanto le gustó.
Un triste final para la que fue madre y símbolo de resistencia de toda una nación.

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