PASCUAL GARCÍA

La primera vez sucedió en Mula, donde unos amigos vienen manteniendo una tertulia que pretende versar sobre literatura, pero en la que se habla de todo y en la que predominan los afectos y el amor por los libros y la escritura. Me invitaron por mediación de otro amigo, también escritor. Yo acababa de ganar el Premio Jara Carrillo de Alcantarilla y me encontraba en el inicio de esta aventura literaria que no cesará mientras las fuerzas me acompañen. Me recibieron con la hospitalidad y la generosidad que los caracteriza, como ha ocurrido en los distintos momentos en que he vuelto, ahora acompañado de otros amigos escritores de Murcia o han venido ellos a la capital, porque en estas tres décadas no hemos dejado de vernos con una periodicidad un tanto irregular y propia de quienes trabajan y tienen una familia, y, sin embargo, hemos ido y hemos vuelto, nos hemos invitado y hemos coincidido en algunos encuentros literarios de un modo inevitable.

Reconozco que hacía años que no nos veíamos, pero de repente allí estábamos otra vez, tomando café en El Salazar y bromeando como si acabáramos de vernos y todo siguiera igual. Éramos seis los reunidos: Luis, Rubén, Paco, Andrés, Diego y un servidor; tres del lado de allá y tres de esta parte, todos letraheridos o profesores de la cosa, lectores contumaces, bromistas sin remedio, zumbones, paródicos, irónicos y algunos años más viejos, eso es cierto, pero casi en el mismo lugar donde nos habíamos visto   la primera vez, en el lugar de la palabra y de la vida, de la camaradería, del abrazo y del entusiasmo.

La vida te lleva y te trae y, pese a estar muy cerca los unos de los otros, parece como si nos halláramos en continentes distintos y nos fuese casi imposible mantener un ritmo de encuentros adecuado y próximo. Han pasado los años y no nos hemos dado ni cuenta, así que, juntos de nuevo en Mula, sentados a una mesa en un café, rememoramos como hemos hecho en infinidad de ocasiones las viejas anécdotas, las citas repetidas, los chistes de los que nunca nos cansaremos porque han provocado nuestra hilaridad a menudo y, por encima de todo, un calor humano, una nobleza de pueblo, una cercanía que solo la palabra literaria ha logrado otorgarnos y que nos mantiene en una estado de armonía perpetuo, como si nos hubiésemos confabulado contra el mal de la tristeza y de la estulticia y mantuviésemos las armas dispuestas a seguir luchando, cada cual en su parte de la trinchera, ayudado y acompañado de sus propios sueños, que son casi los mismos que nos reunieron la primera vez, una tarde de invierno de hace treinta años en torno a una mesa y a la vieja y sagrada ceremonia de la belleza y de la palabra.

Algunos hemos seguido escribiendo y publicando, Rubén Castillo, que ya pertenece a la élite de la literatura, Francisco Ros, que mantiene, tras dos excelentes libros de cuentos y algunas otras publicaciones en revistas, el enigma fervoroso de sus inéditos, Diego García López, que ha publicado sus poemas en estupendas ediciones y yo mismo que ando en la brecha, pero también y, de algún modo, se mantienen muy cercanos al misterio de la palabra Luis García Mondéjar, que ganó en su día algún concurso de mérito y persiste como lector de privilegio o Andrés Boluda, incorporado al grupo en el último encuentro, y profesor de literatura.

No podría citarlos a todos porque de aquel primer embrión algunos nombres se desgarraron de una forma inevitable y, aunque siguen presentes en nuestro ánimo, ya no estaban con nosotros.

La tarde nos acompañó templada e invernal como no podía ser menos en Mula, nos hicimos una fotos y nos abrazamos porque era el momento de decirse adiós o hasta la próxima.

Ojalá no pasen tantos años esta vez.