Ya en la calle el nº 1034

Tarde de toros

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Pascual García ([email protected])

Ilustración: Francisca Fe Montoya

Nunca he entendido que Moratalla no tenga una plaza de toros, como los pueblos vecinos, para celebrar festejos en algunos días puntuales; y me parece insólito que, además, no sea un pueblo especialmente aficionado a la fiesta nacional. O eso me ha parecido a mí.Tarde de toros

Iríamos al fin del mundo para ver un encierro, una suelta de vaquillas o el traslado emocionante por el monte de ganado bravo; hemos nacido y nos hemos criado con el olor montaraz, la emoción y el miedo y la algazara por ver acercarse a los caballos y a los cornúpetas vereda abajo en dirección al pueblo.
En cambio, no conozco demasiados aficionados al arte de Cúchares ni entendidos de los que abundan en otros lugares, no hay peñas taurinas ni asociaciones ni suelo escuchar conversación alguna sobre uno u otro diestro de actualidad.
En mi infancia, los muchachos nos arremolinábamos con júbilo en torno a los primeros televisores que iban apareciendo en el barrio para ver aquellas míticas corridas de toros en blanco y negro que retransmitía con voz campanuda y sobrado de facultades dialécticas Matías Prats. Recuerdo la casa de la María del Ginés, de cuya tienda éramos asiduos clientes, la amplia cocina del Antonio del Belenes en el patio del mismo nombre junto a la calle Curato, la pequeña pero fresca cocina del Emilio, el pintor, frente a mi casa, en la calle Castellar y algunos otros lugares de reunión de la chiquillería, a los que se nos invitaba generosamente, sin mediar palabras, en estos especiales acontecimientos taurinos.
Hoy, que me apasiona la tauromaquia y leo y escribo algo acerca de sus muchos misterios, me acuerdo de algunos nombres legendarios y fundamentales de la lidia, que tuve la suerte de ver torear en aquellos pequeños y abombados televisores en blanco y negro sin que fuera consciente de su importancia: Santiago Martín, el Viti, Paco Camino, Antonio Bienvenida o Curro Romero, entre otros.
A nosotros, lo que nos gustaba por aquellos días era que el Cordobés hiciera el salto de la rana o que el toro derribara al caballo del picador aparatosamente; a veces, incluso, disfrutábamos de los arrestos casi suicidas y románticos de un espontáneo medio desarrapado que se tiraba al ruedo en busca de una gloria casi imposible y que acababa siendo escoltado por los grises hasta los calabozos de la localidad.
Nos gustaban los pasadobles, el colorido de los trajes de luces, el valor temerario del diestro antes que la despaciosidad, el temple o la quietud con la que llevaba a cabo su faena.
Admirábamos el oropel, la narración chispeante, anecdótica y falta de sustancia taurina de aquella otra estrella de las tardes de toros, que parecía conocer todas las genealogías toreras, todos los intríngulis del mundillo, los dimes y diretes, los chismes siempre bien documentados de un locutor de la vieja escuela, todo voz y talento para el entretenimiento.
No éramos, desde luego, un público entendido; no atendíamos a los detalles de la lidia, al ordenado protocolo de lances, suertes, terrenos y otras ortodoxias de capotes y muletas. Nos gustaba sentir el encogimiento del miedo cuando salía el morlaco por la puerta de toriles, apretarnos los unos con los otros cuando el matador se ponía de rodillas e instrumentaba aquellos pases que tenían nombres exóticos.
La muerte era el instante supremo, porque intuíamos que no solo se jugaba el espada la fortuna del triunfo, sino también la vida misma. En ese último trance había muerto Manolete y algún otro.
Volvíamos a la calle al final de la tarde pensando que nada podía compararse a un encierro por vereda y que, aunque todavía estábamos en agosto, ya quedaba menos para el Santo Cristo.

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