Ya en la calle el nº 1040

Qué contarían los lugares si hablaran

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Flo Battah

Dijo Sabina en una canción que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Desobedeciendo al maestro, hoy me encuentro ante los escombros de un lugar donde fui feliz durante una cierta etapa de mi vida, se trata de lo que antiguamente era el CoQué contarían los lugares si hablaranlegio Público Pérez Villanueva, en Cehegín.

Si me quieren acompañar, pónganse el abrigo, porque viajaremos a un frío invierno de hace 20 años. Un Cehegín parecido al actual pero en el fondo muy distinto, con alumnos que quieren comerse el mundo, con muchas ilusiones y ganas de ser «alguien» importante en la vida, alumnos con sueños y deseos por cumplir, y que muchos de ellos se quedarán en nada, o serán olvidados.
Pero no se quiten el abrigo todavía, porque en un rincón del patio de este colegio podemos divisar el conocido «laberinto», una estructura hecha en cemento que no tiene más de un metro de alto, pero entre cuyas paredes corretean los niños de una generación que allí entregarán sus primeros besos, escondidos en los rincones más abruptos. Al otro lado del patio, junto a los cipreses (que todo el mundo llama pinos), observamos a dos niñas sentadas, mirando con devoción al niño que pide su almuerzo a través de la verja al mesero de la tienda de enfrente. Curiosamente, ese niño se casará con una de ellas, aunque claro, todavía no lo sabe. En otro rincón, se encuentra el conocido “chiringuito”, ese lugar maldito, dónde nadie quería ir, porque era sinónimo de tener algún problema. Viendo el trabajo que allí realizan, me doy cuenta de que nunca supimos valorarlo como se merecía.
Pero fíjense con detalle que en el centro de la pista del patio, junto a la canasta, tiene lugar una nueva pelea. Parecen dos niños de octavo curso, de los «grandes». Pero no logro divisar con exactitud quiénes son, quizá, se me haya empañado el catalejo, como a Azorín. Limpiémoslo. Si, son dos niños de octavo, pero ahora no me parecen ni tan grandes ni tan peligrosos como otrora.
Suena la sirena. Y un bullicio de tristeza desfila hacia el interior del colegio. Asomémonos, para contemplar el interior de las clases. Y no, no esperen que hable de macocas, pescozones y collejas, porque haberlas haylas. No, me interesa la docencia. Me interesa ver como la señorita Soledad, explica los números positivos y negativos como si fuera una guerra entre buenos y malos. Me interesa ver como la señorita Lali, enseña francés poniendo canciones en un viejo (pero actual) radiocasete. Y sobre todo, me interesa ver como los niños aprenden y se ilusionan con aprender.
Pero ojo, la cantera de la Peña Rubia tiene actividad, y ésta resuena en los cristales de las aulas. Y comienzan las cábalas sobre si ha sido una bomba, o sobre si el colegio se cae. Y no iban mal encaminados éstos últimos, pero el colegio no se cayó, lo tiraron. Porque de no ser así, quizá este artículo hubiera sido una crónica.
Así que quítense el abrigo, porque nuestro tour ha terminado. Y no se queden embobados mirando los escombros porque las piedras no hablarán. Y si hablaran, faltaría sitio en este periódico para contar todo lo que han podido vivir.

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