Juan Ibernón Durán/Colaborador de la Asociación Betania

«La triste realidad es que era demasiado joven y me dejé llevar por las circunstancias y, por qué no decirlo, por los amigos… A mis 17 años me veía allí plantada, inclinada sobre la mesa mirando aquel polvo blanco, «accedí a la Betaniainvitación» y esnifé mi primera raya de coca en aquella larga noche donde caerían los gramos a pares. Fue el principio de los 5 años que duró mi pesadilla, presa de mis mentiras, de robos de dinero en casa, de días sin aparecer ni dar señales de vida, de abandonar mis estudios, la culpable de los llantos y las penas de mis padres… Una agonía que mata en vida, pero es tu vida hasta que no decides lo contrario y quieres cambiarla.

Desear morir y morirte es lo mejor que te deseas cuando estás enganchado a la cocaína, no se puede vivir sin ella. ¿Alguien se imagina poder vivir sin aire? Los ataques de ansiedad te oprimen el pecho cuando te terminas la última bolsa, ya no hay más dinero pero necesitas más y más y más… Te desesperas, el corazón late con una fuerza descomunal, la nariz llena de sangre y heridas producidas por los cortes que genera la coca al esnifarla, no comes, no duermes, la depresión es tu pan de cada día… En el infierno se puede estar mucho mejor, creedme.
Ahora tengo 24 años, mi existir en este mundo ha cambiado desde que afronté mi enfermedad y abrí los ojos. Busqué el apoyo de mis familiares y ayuda en un C.A.D. Junto con todos ellos y mis ganas de superación hoy puedo gritar que: SOY EX-COCAINÓMANA!!! Llevo 2 años y medio sin consumir y así me mantendré hasta el día que me muera porque mi vida vale más que ese maldito polvo blanco!!!»
Mª José C. (Comentario realizado en la pág. Web drogas.info del Instituto para el Estudio de las Adicciones)

Son muchos los artículos o ponencias que comienzan con frases breves y concisas de algún que otro filósofo, poeta o personaje popular del panorama social. Yo he querido abrir este artículo con la carta hecha en primera persona por una joven toxicómana, una confesión abierta que, cuanto menos, nos sorprende y nos debe hacer reflexionar; por cierto, no le sobra ni una letra.
Sería una perogrullada advertir al lector de lo diverso y heterogéneo de nuestro actual mundo, un mundo complejo y muy complicado casi siempre, donde las carencias, los desajustes, las personalidades trastornadas, las enfermedades más cruentas, las desigualdades sociales y las injusticias más exacerbadas acampan por doquier. Y entre estos «males» que ahogan a nuestra sociedad están también los generados por la producción y el tráfico de drogas y el consumo y abuso de ellas. Es por este motivo por el que he elegido la carta de una ex-toxicómana para iniciar este escrito; la descripción que hace de su cruda realidad es suficientemente ilustrativa. «Pero ¡qué barbaridad, qué panorama!» podéis aducir. Cierto. Sin embargo, esta obra pictórica que he descrito tiene, afortunadamente, otras escenas. Precisamente, en estos días, tenemos la posibilidad de comprobar las dos caras de una misma moneda. Me refiero, por un lado, a esta terrible enfermedad que en pocos días ha pasado a ser el principal tema de interés en nuestro país -pero que ya viene azotando a países africanos desde hace meses-: la infección por el virus del Ébola. Pero, por otro lado y simultáneamente, se puede ver la generosidad, el valor y el compromiso de los profesionales que se han brindado a plantarle cara a la enfermedad y a ayudar a las personas que han necesitado de una mano tendida y esperanzadora.

Esta actitud humana es la que debemos tomar de referencia y valorar enormemente. El Hombre siempre ha sabido mostrar también su lado más generoso, más solidario y más humano, un ser que nunca abandona a los individuos de su propia especie. Esta fue la actitud y el coraje de aquellas personas que, en la década de los años ochenta, decidieron echar una mano a tantos toxicómanos que en nuestro país se vieron hundidos en el mundo de la droga. Fue el tiempo de las conocidas «granjas de rehabilitación», alejadas de los núcleos urbanos y que, en ocasiones, servían como aparcamiento de muchos jóvenes que se habían convertido en la escoria de la sociedad.

A finales de esa década, un grupo de personas, en un barrio de Cehegín, decidió inclinar la balanza hacia uno de los dos lados posibles de la condición humana: el de las personas que quieren ayudar a otras personas. Y este fue el germen de una asociación (Noviembre de 1989) que logró abrirse paso entre las adversidades -que no fueron pocas- hasta iniciar, mantener y consolidar un Centro de tratamiento para toxicómanos y brindar así la posibilidad de rehacer la vida a personas que ya la daban por perdida. Estoy seguro que algunos lectores pueden pensar que todo esto son sólo bonitas palabras con un toque de cierto romanticismo y sentimentalismo. Sigan leyendo, por favor, esta breve anécdota: en los primeros meses de funcionamiento de la Comunidad Terapéutica BETANIA y con la llegada de los primeros usuarios a ella, uno de aquellos chavales, (superada ya la primera fase de desintoxicación y siendo conscientes del deterioro físico y psíquico tan extremo que presentaban) pronunció una frase -referida a otra usuaria del Centro- tremendamente ilustrativa:
«Tere llegó a Betania el día antes de morirse».
Felizmente, esta chica logró completar su tratamiento y rehacer su vida, pero la frase resume perfectamente el deterioro físico que rodea a casi todos los toxicómanos. El deterioro psíquico, social y familiar, en cambio, no es tan fácil de resumir con una frase. Es un totum revolutum donde impera el caos, el conflicto permanente con su familia y consigo mismo, la impotencia para salir de ese círculo y el derrotismo; donde la actitud permanente es la insatisfacción y la amargura por no poder responder a las demandas de su pequeño hijo y atenderlo como se merece, el recelo hacia los demás y el odio contra uno mismo, el hastío y la apatía total hacia todo aquello que no esté concentrado en una papelina; donde perder el trabajo, los lazos familiares, los amigos más leales, abandonar sus estudios y proyectos… es la antesala de perder las ganas de vivir y terminar con todo definitivamente….. (¿Una sobredosis, quizás? ¿Y por qué no?). Este es el «infierno» al que se refería Mª José C. en el testimonio que leíamos al principio de este artículo («En el infierno se puede estar mucho mejor, creedme»).

Pero si he elegido esta carta de Mª José C. no es, precisamente, por la descripción tan realista que hace de esa situación límite, ese «tocar fondo» que solemos decir (su «infierno»), sino porque su historia no termina ahí, hay algo más: «…mi existir en este mundo ha cambiado desde que afronté mi enfermedad (dependencia) y abrí los ojos». Y esto es lo importante. Agarrarse a ese pequeño resquicio de voluntad que se niega a resignarse y a seguir con esa vida insatisfecha es la clave para el cambio y para volver a la vida. Y esto es esperanzador, tremendamente esperanzador para todos los que están en esa oscuridad; es cierto, pues, que se puede ver la luz al final del oscuro túnel. Para ello, esta chica –como tantas otras y otros– se apoyó en su familia y pidió ayuda en un recurso especializado.

La Comunidad Terapéutica Betania forma parte de la red asistencial para el tratamiento de las drogodependencias de la Región de Murcia. Ya en 1994 se firma un Convenio con el Servicio Murciano de Salud, que se mantiene hasta el día de hoy. Ello supuso un gran respaldo para un proyecto joven pero con una línea de acción seria y comprometida, enclavado en un núcleo urbano y haciendo uso de los servicios con el resto de la población. Un equipo multidisciplinar –psicólogo, trabajadores sociales, educadores sociales, monitores, cuidadores, médico colaborador, enfermera, orientador familiar– es el responsable del tratamiento de rehabilitación, deshabituación y reinserción del que se benefician, de forma gratuita, diecisiete usuarios cada 6 meses en virtud del Convenio que se renueva año tras año con el Servicio Murciano de Salud, lo que supone que, como mínimo, son treinta y cuatro las personas que anualmente realizan tratamiento en este Centro. Son ya más de mil las historias clínicas abiertas a lo largo de los veinticinco años de existencia de este centro de tratamiento, varios cientos de personas que han podido rehacer su vida y la vida de los que les rodean.

Algunos se hacen aún preguntas como: «Pero, estos toxicómanos, ¿duermen en la comunidad terapéutica?» «Qué hacen cada día?» «Y sus familias, ¿qué?». Es normal planteárselas. Los usuarios ingresan en el Centro una vez que son derivados por los recursos de segundo nivel, como son los C.A.D. (Centros de Atención de Drogodependencias) o los C.S.M. (Centros de Salud Mental). Tras una breve fase de Acogida ingresan en Comunidad Terapéutica en régimen de internamiento. El eje central del tratamiento es la intervención psicológica (terapia individual, dinámicas de grupo,…), que se completa con otro eje importante que constituye el programa de «Empleo con apoyo» (no olvidemos que la reinserción es uno de los objetivos finales) con sus respectivos talleres prelaborales. Pero los usuarios también deben realizar una serie de tareas diarias que forman parte igualmente del proceso reeducativo: deporte diario, aseo personal, limpieza del centro, mantenimiento de los jardines y del edificio, momentos de lectura y estudio personal,… y asambleas para analizar y revisar las responsabilidades de cada uno así como la convivencia entre todos.

El apoyo de la familia es fundamental en este proceso de reinserción. Ya en la fase de Acogida se requiere su presencia y su implicación. Si hay alguna parte implicada que desea y espera una solución a esa adicción, esa es la familia. Y ésta debe ser comprensiva, receptiva a las indicaciones del tratamiento y firme en la aplicación de dichas pautas para cuando el familiar implicado retorne al ámbito familiar. Recordemos el testimonio de Mª José C. al principio de este escrito: «Busqué el apoyo de mis familiares y ayuda en un C.A.D.» Más de uno se sorprendería al comprobar el aguante, la paciencia y la esperanza que muestran muchas familias (padres, esposas, esposos) para encontrar soluciones y volver a intentarlo una vez más. Precisamente en este ámbito, la Asociación Betania creó en 2005 el programa SIFA (independiente del programa de Comunidad Terapéutica), un recurso para facilitar la información y el asesoramiento necesario a todas aquellas familias o personas a nivel particular que lo reclamen. El primer contacto con este servicio puede hacerse telefónicamente (SIFA: 620 583 582) para preservar la intimidad si la persona lo desea.

Como dije al principio, nuestra sociedad es diversa y compleja, pero los recursos de los que disponemos también lo son, y, principalmente, porque detrás de todos ellos hay personas anónimas, bien formadas y dispuestas a brindar la ayuda que cada uno necesitamos en cada circunstancia de la vida. La Asociación BETANIA cumple ahora sus primeros veinticinco años, gracias a sus profesionales y a sus colaboradores, que han dado y siguen dando lo mejor que esconde el corazón humano.