PEDRO ANTONIO MARTÍNEZ ROBLES

No estamos solo ante un relato. A mi juicio, en este libro, denso en su elaboración, intenso en su comprensión, Pascual García nos ofrece un ensayo sobre la condición humana en su respuesta frente al fracaso personal no asumido. Con un hilo narrativo en primera persona que pasa en contadas ocasiones a la tercera persona de una manera sutil, prácticamente inapreciable para el lector, con un manejo magistral de la palabra, y que ha traído a mi memoria connotaciones de grandes obras, como la novela “La muerte de Artemio Cruz”, de Carlos Fuentes,  nos muestra Pascual a un anciano abatido por los años, pero firme aún, cuyo voluntario y paulatino aislamiento acaba conduciéndolo al ostracismo, a la renuncia a todo lo que suponga una relación social, familiar o humana en cualquiera de sus vertientes. Inmerso en un sentimiento de rechazo hacia todos y hacia todo cuanto le rodea, con una suspicacia que lo hace desconfiar de su familia, de sus hijos y de la mujer que ellos han dispuesto para que acompañe sus horas de soledad y se ocupe de la casa, se advierte amenazado por todos con la inequívoca convicción  de ser un estorbo para ellos y así nos lo confiesa el protagonista, ya al principio del relato:“…aunque no es fácil proteger tus cosas –nos dice– , reservar un espacio propio de la invasión de los otros, cuyo único propósito no puede ser otro que libarse de mí, pues aunque espero la muerte y la deseo, no permitiré que me sea impuesta…;un monólogo escrito sin solución de continuidad, como un pensamiento imposible de detener, una reflexión obsesiva que pretendiera compendiar el fracaso personal de una vida entera cargada de odio, de rencores, de resentimiento y también de la justificación de sus actos más atroces, pues solo excusando su actitud más negativa puede convivir con ella. No obstante, se reconoce impregnado por la maldad y se refugia en el alcohol, aislado entre su familia, en la que descarga su impotencia, su descontento con la vida, enfrentándose a sus remordimientos bajo la sombra de la misantropía: “Ni siquiera necesito piedad –nos dice–, prefiero que se cumpla la venganza en mi persona, que se consuma mi castigo por tanto mal, por haber pasado por la vida mirando de reojo, con la desconfianza del que no quiere a los otros y no se fía de nadie.”  Atrapado en este resentimiento contra la vida y contra sí mismo, camina como un funámbulo entre el dualismo del arrepentimiento de una vida entregada al egoísmo, de una parte, y el convencimiento de no haber sido compensado por sus esfuerzos con los demás, por otra:  “…porque ya cumplí los noventa años –nos dice– y solo aguardo a la muerte, que no ha de tardar en exceso y traerá el descanso, el olvido y quién sabe si la justicia, al fin, pues no creo haber recibido todavía lo que he merecido, lo que me corresponde por el trabajo, los sacrificios y todo lo que he dado a los otros, así que rezo a la muerte para que me restituya mis muchos méritos,…”

Monólogo del que reza la muerte         Abocado a esta situación por su malogrado amor de juventud, ha sido incapaz de superar sus heridas abiertas, sangrantes aún a pesar de haber rebasado los 90 años, las del único amor verdadero, “…el primero de todos los sueños y el único que merece en plenitud el título de amor”,  le confiesa sin pudor alguno a su mujer, idealizado obsesivamente hasta el extremo de ensalzar las virtudes de aquella muchacha cuyo nombre ni siquiera menciona por temor a mancillarlo, a la que ni siquiera llegó a besar, de la que solo obtuvo el placer del roce fugaz y furtivo de sus pieles, su <<olor a pobreza limpia, a limón y a ajedrea>>. La memoria de aquellos días, de aquellos meses de conversaciones y esperanza lo acompañaron siempre como una maldición que fue corrompiendo todo su ser, el aliento de una humillante traición que jamás pudo vencer y de la que, paradójicamente, la exculpa a ella para denigrar al mundo, al resto, a los otros, a quienes responsabiliza de la amarga realidad que vive.

Una vez más, a la manera de los grandes autores, como García Márquez con Macondo, Juan Rulfo con Comala, o Muñoz Molina con Mágina, por citar solo a algunos, Pascual García ambienta su relato en la ya mítica aldea de Los Olmos, vinculada indisolublemente a sus obras. Es ahí, en Los Olmos, donde se desarrolla la acción de Monólogo del que reza a la muerte, por cuyas calles pasea su protagonista receloso, bajo el peso de las miradas de sus vecinos, de sus amigos, sufriendo el imaginado escarnio de quienes no olvidan la humillación sufrida por él en su juventud, hace ya tantos años, perturbado por la idea fija de que su mal viene de los otros, de que su carácter insociable y su misantropía, su “no querer a nadie” es responsabilidad de los demás. Y achaca aquella ruptura, aquel abandono, aquel rechazo de su primer y único amor al interés material, a la seguridad económica que le reportaba la otra opción a la muchacha, el otro hombre por el que lo abandona, y al que está convencido de que jamás pudo entregarse como debería haberse entregado a él. Esta situación despierta en el protagonista, además de la citada misantropía, una afiliada misoginia que justifica con estas palabras: “…tuve entonces la sospecha de que lo peor de las mujeres, ese constante interés por lo material se había interpuesto entre nosotros y había acabado por malograr la inocencia de un amor que había nacido como una fuerza inexpugnable…”Es esta obsesión, que mana de la frustración de ese primer amor, la que lo lleva a un desprecio permanente, terriblemente ofensivo, hacia su esposa y sus hijos: “…me conformé, no obstante, con la miseria del débito conyugal –nos dice–, con la concepción de dos hijos  y el limosneo ocasional del cuerpo de mi esposa…”. Sin embargo, habita en él la contradicción, el aliento y el desaliento, el amor y el desamor hacia los hijos, a los que a veces no reconoce como suyos porque no son de “la otra”, de aquel amor inmaculado y perdido, sino de su esposa no querida ni deseada.

Este ser angustiado que nos presenta Pascual García, renuncia a la alegría, lucha contra los buenos sentimientos y es sobradamente consciente de su maldad, asumiendo la certeza de “ni siquiera el demonio habrá de quererlo”.

Embargado por una pasión que trasciende la existencia de la amada, convertida finalmente en el amor platónico más puro; entregado desde el principio a la autodestrucción en un matrimonio y una familia que no desea, culpando al mundo de sus desdichas, viendo en todos una confabulación que solo persigue su perjuicio y su destrucción, el anciano de este relato, de este ensayo sobre uno de los aspectos más negativos de la condición humana, el de la misantropía, el odio a los demás por las heridas abiertas de un fracaso personal  no superado, se atrinchera en un espacio de su casa para rezarle a la muerte, para que venga por él y se lo lleve y que no permita la intervención de la mano de los demás; esa muerte amada y deseada que habrá de resarcirlo al fin de tantos agravios, de tantos pesares, de tantos escarnios, de tantas infamias y de tantas injusticias con que lo ha tratado la vida.