Ya en la calle el nº 1032

Paraísos de la infancia

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Pascual García ([email protected])

Ilustración: Francisca Fe Montoya

De vez en cuando uno recuerda paraísos de la infancia, islotes en los que, por unas horas, tocó la huidiza materia de la felicidad. Fueron espacios, tiempos o personas y se quedaron grabados en nuestro espíritu como un tatuaje de la fortuna de estParaísos de la infanciaar vivo. Aunque no toda mi infancia fue luminosa ni fácil, yo recuerdo ahora las piscinas del Peña, en lo profundo de la huerta moratallera como un símbolo ineludible de algunas fechas memorables.

El agua era la del río y entraba por su pie en aquella pequeña finca y en las dos piscinas comunicadas, una más pequeña para los niños y la otra mayor, en la que solo nos metíamos los que sabíamos nadar bien, con un merendero en sombra y algunos árboles frutales que daban al conjunto una atmósfera decididamente edénica.
Ahora sé que fui feliz porque me gustaba mucho el agua, porque era un crío como tantos otros y necesitaba jugar, porque a veces me encontraba con otros amigos o con ciertas muchachas que despertaban en mí la antigua calentura del enamoramiento fácil. Era, al cabo, verano y casi todo residía en la piel y casi todo nos llegaba muy hondo en aquella época, como si sintiéramos con una mayor intensidad.
Pero era feliz, ante todo, cada vez que emprendíamos a pie el camino polvoriento y abrupto de la huerta., bajo un sol inclemente, porque aquel viaje era idéntico al que muy a menudo realizaba para acompañar a mi padre o a mi abuelo en las pesadas y aburridas tareas del campo. Era el mismo camino y, sin embargo, era tan diferente que no podía evitar el alborozo de mi corazón demasiado tierno, habituado a renunciar a demasiadas cosas que únicamente los otros poseían. Por unas pocas veces algunos veranos, el camino del sacrificio se convertía, como por arte de gracia, en el camino del descanso y del placer y yo asistía perplejo a aquella inusitada transmutación sin entender del todo qué lo hacía tan diferente.
Y luego, el resto del día, me limitaba a disfrutar y a ser feliz hasta que las sombras del cielo anunciaban el momento de regresar a casa. Pero en ese lapso de tiempo, me sumergía en numerosas ocasiones en el agua fresca y limpia que venía del río, chapoteaba, buceaba, jugaba con mis primos y, cuando llegaba la hora de la comida o de la merienda, devorábamos todos juntos la tortilla de patatas, el pollo con tomate frito o el conejo al ajo cabañil y bebíamos fanta, a la que solo teníamos acceso en aquellas ocasiones y, después, volvíamos al agua para aprovechar las horas de la tarde que iba consumiéndose a una velocidad de vértigo, porque, además, nos obligaban a respetar una hora, al menos de digestión.
La dicha era aquello y ahora pienso que lo era, sobre todo, porque tenía la certeza de que se acabaría y de que durante bastante tiempo no cruzaría aquel camino, salvo para bajar a la huerta y ocuparme de las faenas que mi padre me mandaba. Pero el camino, siendo el mismo, era tan diferente que no podía creer, mientras lo enfilaba en dirección a Las Torres, en esa extraña y dura metamorfosis.
Y entonces soñaba con el destino de aquéllos que siempre venían a las piscinas del Peña.

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