Ya en la calle el nº 1034

Llorar como una mujer

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PASCUAL GARCÍA

Se quejan las mujeres, y casi siempre con razón, de que el mundo y la vida no las han tratado ni las tratan todavía hoy como merecen y, sobre todo, en igualdad de condiciones con los hombres. Y yo estoy siempre a su lado en estas legítimas demandas, como no podría ser menos, pero me gustaría aportar una perspectiva que, en ocasiones, despreciamos por ese celo extremado en la corrección política de lo que debemos y no debemos decir.

PASCUAL GARCÍA

Se quejan las mujeres, y casi siempre con razón, de que el mundo y la vida no las han tratado ni las tratan todavía hoy como merecen y, sobre todo, en igualdad de condiciones con los hombres. Y yo estoy siempre a su lado en estas legítimas demandas, como no podría ser menos, pero me gustaría aportar una perspectiva que, en ocasiones, despreciamos por ese celo extremado en la corrección política de lo que debemos y no debemos decir.
Yo me crié en una época y en un pueblo machista y, tal vez, salvaje, del que de un modo paulatino vamos saliendo mal que bien, aunque este año ha sido nefasto en el número de crímenes e infamias cometidos contra el otro sexo, el que por aquellos días llamábamos el sexo débil y al que la poeta nicaragüense, Gioconda Belli, denomina de una manera poética y muy acertada el sexo bendecido.
Cuando yo era joven, ser un hombre constituía una responsabilidad terrible de la que ni siquiera los niños podíamos evadirnos; además de todas las virtudes que era necesario mostrar igual que las mujeres, por cierto, a nosotros nos había caído la carga agregada del valor, la fortaleza, el sacrificio y la obligación de soportar todos los males sin una sola lágrima.
Llorar como una mujerDesde muy niños acompañábamos al padre y al abuelo en las faenas del campo, que nos iban formando como adultos, cuidábamos de la hermana y de las primas (en las únicas dos ocasiones en que he apedreado certeramente a otro niño estaban mis primas por medio como víctimas de alguna clase de acoso, que yo, por supuesto, no permití)
Crecimos con el temor de que alguna vez nos llamaría el ejército para entrenarnos como soldados y que no podríamos negarnos, porque era nuestro deber como hombres y que, ojalá no, si había una guerra como la que nos contaban nuestros mayores, nos tocaba a nosotros defender las posiciones que fuese necesario defender.
Un hombre no lloraba nunca. Un hombre no se doblegaba nunca. Un hombre no se dejaba vencer nunca. Y de todas estas supuestas virtudes viriles estaban eximidas las muchachas que, a cambio, se quedaban en casa con la madre en el aprendizaje de sus labores o confeccionando un ajuar eterno como la tela de Penélope. Pero las madres no les transmitían ese miedo cerval a la vida y a la muerte, porque, incluso en el peor de sus tragos, el parto, lo que llegaba con tanto dolor era lo más importante de la vida.
Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre, contaban aquellos viejos libros de Historia que le había dicho su madre a Boabdil El Chico cuando los Reyes Católicos le arrebataron el reino de Granada. Pero si una mujer lloraba no había en ello vergüenza alguna, era sensibilidad, delicadeza, pura feminidad, mientras que a un hombre, al menos en aquellos años, no le estaba permitido llorar de ninguna manera.
Me crié con esa presión continua, la de la violencia, la aspereza, el peso inexorable de mostrar arrojo de continuo, de no rendirme nunca, porque era un hombre, de mantener a una familia en un futuro probable, como cualquier hombre mantenía la suya, si quería estar a la altura.
Las mujeres, de nuevo, me han librado en los últimos años de ese terrible lastre que era ser un hombre.
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