Ya en la calle el nº 1034

Las mujeres y las fábricas de Moratalla

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Pascual García ([email protected])     

En Moratalla las mujeres iban a trabajar a las fábricas en verano. Recuerdo a mi madre feliz, porque la habían contratado para la temporada del albaricoque en la Cooperativa o en la fábrica del Oruga y en algunas otras de existencia efímera, porque en Moratalla la alegre iniciativa en el sector industrialLas mujeres y las fábricas de Moratalla duraba poco, a pesar de que el riesgo era mínimo, pues las mujeres cobraban el montante de todo su salario al año siguiente, cuando el dueño ya había vendido toda la producción, salvo que los negocios no hubiesen ido bien y, en esa caso, las mujeres se quedaban sin su paga. A mi madre le ocurrió una vez, pero ella no se quejaba por esto, porque estaba muy agradecida al dinero que le habían dado a ganar en el albaricoque, en la ciruela, en el melocotón e incluso un año de recuerdo excepcional, en la alcachofa, casi en el mes de diciembre. Medio año recorriendo pizpireta el pueblo entero desde mi casa en El Castillo hasta la fábrica en la carretera de Caravaca o en la carretera del Canal, en dirección a La Puerta.
Pero mi madre era feliz cuando llegaba a casa con la noticia de que al día siguiente empezaría a trabajar, y yo la admiraba por esa capacidad de sacrificio, por esa fortaleza inapreciable, que ella llevaba dentro, y que nos trasmitía a todos.
Las fábricas de conservas de Moratalla constituyeron la aventura pionera de un puñado de valientes, los dueños y los trabajadores, que a cambio de un sueldo exiguo y de unos beneficios que casi siempre conducían a la ruina, intentaron mantenerse en un equilibrio imposible entre la estabilidad, la solvencia y la continuidad de los puestos de trabajo, que fueron siempre temporales, mal pagados y tarde, pero que cada primavera llevaron al pueblo un atisbo de esperanza laboral.
Mi madre madrugaba alegre y laboriosa; preparaba la comida, salvo el último paso de echarle las patatas a la olla media hora antes de comer, que solía encargármelo a mí, a pesar de que muchas veces se me iba el santo al cielo y, enfrascado como andaba en los estudios y en la lectura, se me pasaban las horas de la mañana sin atender a esa mínima obligación culinaria hasta que ella regresaba, sudorosa y feliz de nuevo, y el orden volvía a la casa.
Había el tiempo justo para comer. Era temporada alta y las jornadas excedían casi siempre las ocho horas. Era el momento de trabajar y, tal como nos habían enseñado, de no exigir, al menos hasta que terminara la campaña y las fábricas hubiesen acabado su negocio y hubiesen cerrado sus cuentas.
Cobrar o no cobrar, entonces; cobrar antes o cobrar después dependía de algunos asuntos que ignorábamos y, en algún caso, del azar caprichoso o de la suerte adversa, porque cada año todo aquel trajín era una aventura en un pueblo donde vivir cada día no resultaba fácil y donde los años y las vidas parecían la gesta de un barco que no siempre arribaba a buen puerto.
Pero las carreteras y las calles se llenaban de mujeres jóvenes y maduras, alegres y bulliciosas, decididas a luchar cada día por los suyos y felices por llevar un poco de dinero a casa. Merecen por ello, sin duda, el humilde homenaje de mis palabras.

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