Ya en la calle el nº 1047

La pérdida de una cercanía

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

A veces, buscando alguna cosa de importancia, tan bien guardada que somos incapaces de encontrarla, damos con otras cosas, aparentemente inútiles, que olvidamos un día en el fondo de un cajón y al cabo de muchos años vuelven a nuestras manos con toda su carga de objeto inservible, pero también de nostalgia. Y este es el caso de esa vieja libreta de ahorros de aquella cuenta bancaria que abrí hace cerca de medio siglo para ir poniendo en ella los pequeños ahorros del dinero que podía sustraer del salario de mi recién estrenado empleo, y ahora vuelve a mí por ese capricho del azar. Yo era muy joven, y aunque entonces recibíamos la paga en efectivo, abrir una cuenta bancaria era una manera más de “sentirte importante”. Era entonces el modo de trabajar en casi todos los empleos, bien distinto al de hoy, y en la Administración, en las oficinas y en la banca no se había alcanzado todavía esa revolución informática que todo lo inunda ahora, y todo, prácticamente todo, “se hacía a mano”. Es cierto que contábamos con máquinas de escribir y calculadoras de botones que a veces tardaban más en arrojar el resultado que haciendo las sumas a mano, maquinarias hoy arrinconadas en los desvanes, en los sótanos o en los museos etnográficos. Era una forma de trabajar hoy inconcebible, sobre todo para los jóvenes que han nacido con un teléfono móvil, una tableta o un ordenador en las manos por cuyos teclados se mueven con asombrosa agilidad sin necesidad de recibir aquellas clases de mecanografía con que nos instruían entonces si queríamos aspirar a un puesto en alguna oficina o en la Administración. Me causa estupor ver ahora a estos jóvenes teclear con una velocidad de vértigo sobre un teléfono móvil usando solo los pulgares, los mismos que nosotros utilizábamos exclusivamente para pulsar la barra espaciadora, y entiendo que es su manera de “conversar” con sus amistades o sus familiares, aunque los tengan al lado. Sin embargo, en ese tiempo en el que yo abrí mi primera libreta de ahorros y que a pesar de esos cuarenta y siete años transcurridos no veo tan remoto, la manera de relacionarse y conversar obedecía a otros cauces, tal vez más cercanos, más próximos, y me atrevería a decir que menos deshumanizados. En esa libreta puedo ver la caligrafía de los empleados de la Caja de Ahorros en los apuntes que hacían cuando ingresaba o retiraba algún dinero de mi cuenta, y dicho así parece algo trivial, intrascendente, una ligereza sin más, propio de la manera de trabajar de aquellos años, si no fuera porque ese acto llevaba además consigo una cercanía entre el cliente y el empleado que las máquinas y los modos de hoy han alejado. No tendría sentido negar los beneficios de esa evolución que la informática ha ido introduciendo en los medios de trabajo, y en los que yo he participado durante ese casi medio siglo, mi etapa como empleado público en la que solo me quedan unos meses para cerrar definitivamente, pero a lo largo de todo este tiempo en el que se ha ido imponiendo ese beneficioso avance de la tecnología en los trabajos administrativos, ¿no sería también bueno cuidar esa cercanía tan necesaria en las imprescindibles relaciones humanas que tan desafortunadamente van cayendo en desuso?

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