Ya en la calle el nº 1047

La magia inalcanzable del cine, por Pedro Antonio Martínez Robles

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Cuando les cuento a mis hijos que yo fui al cine Rialto (desgraciadamente desaparecido) y al Rosales (ni sombra hoy de lo que fue) a ver películas, no ya por cien pesetas (sesenta céntimos del actual euro) en ese no tan lejano septiembre de 1982, sino por cinco pesetas (tres céntimos de euros) en mi infancia de finales de los sesenta y de manera excepcional al patio de butacas de terciopelo cuando venían mis primas de Madrid, y aun con dos pesetas con cincuenta céntimos (un céntimo y medio de euro), que era lo habitual, al divertido gallinero de sillas abatibles de madera, desde donde, por cierto, se veía la pantalla mejor que desde el lujoso patio inferior, no sé si en realidad me creen o piensan que me lo invento, que es una entrega más al ejercicio de mis ficciones. Pero es tan cierto como la luz del día y la oscuridad de la noche. Y es curioso que siendo tan baratas las entradas de la época y siendo el cine prácticamente el único espectáculo del que podíamos disfrutar en aquellos años (salvando algún esporádico circo que, de año en año levantaba sus carpas en las inmediaciones del pueblo), no siempre disponíamos del duro o los diez reales para ir al cine. Recuerdo, sin dolor y con nostalgia, cómo desde la terraza de mi amigo Enrique Martínez Cánovas, que lindaba con el cine Rosales, pude ver parte de la película Mary Poppins, cuya pantalla había sido obstaculizada a la altura de la terraza con unos sacos de arpillera colocados a propósito para impedir su visión completa. Es difícil imaginar hoy la ilusión que pudo hacerme ver desde aquella terraza la casi recién estrenada película de Mary Poppins, aunque solo fuera en la mitad de la pantalla y el resto tuviera que adivinarlo. Años más tarde vería la película completa y en varias ocasiones, pero debo confesar que nunca con tanto interés como aquella primera vez en que, subido en algo que hacía las veces de escabel para que mi cabeza pudiera sobrepasar el borde superior del pretil de la terraza, disfruté de media pantalla del cine Rosales, imaginando lo que ocurría en la otra mitad, y todo ello sin tener que pagar el duro o los diez reales de la época que seguramente no me darían mis padres en aquella ocasión. No siempre era alcanzable la magia del cine, pero cuando lo lográbamos éramos felices, absolutamente felices.

A lo largo de mi vida he visto miles de películas, y la inmensa mayoría de ellas sin dificultad, pero me ocurre con estas lo mismo que con los cientos de libros que he leído: solo recuerdo con absoluta precisión lo que ha supuesto para mí un descubrimiento y lo que me ha resultado costoso conseguir. En aquellos años en que yo empecé a descubrir el cine no teníamos dinero, casi nadie tenía dinero, y cuando de manera extraordinaria conseguíamos reunir lo suficiente para una entrada para el cine, nos olvidábamos de que éramos pobres y éramos felices, absolutamente felices, ante la magia de la pantalla.

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