José Luis Martínez Valero

José Boluda Guillén, hasta hace muy poco archivero y bibliotecario municipal, historiador, cuyo trabajo ha sido ordenar, mantener, salvar del deterioro, del abandono todo ese territorio de papel donde sobrevive la historia del pueblo de Mula, historia que se incluye en la Historia de España.

Tras haber participado en algunos trabajos, ha publicado recientemente dos libros definitivos para la comprensión de lo que ha sido esta tierra. El primero, 2019, antes de la pandemia, titulado: El fondo señorial de los Vélez del Archivo Municipal de Mula, descubrimiento casual, documentos que ordena y cataloga, tras interrumpir el  camino  de ser convertidos en pasta de papel,  salvados por azar, otros le llamarán destino,  pues estaban  reservados para este encuentro. El segundo, aparecido en 2021, entre las olas de variantes que mantienen la actual pandemia, con el titulo: 1648: El dolor y la gloria de una villa del Siglo de Oro (El bandolero Jusepe de Escámez), una muestra de enfrentamiento y atomización entre las distintas facciones y administraciones que rigen en los pueblos y ciudades de España. Ambos compuestos con el rigor y la imparcialidad propias de quien durante muchos años ha mantenido un diálogo permanente con esas palabras, que no se ha llevado el viento.

Estas palabras contenidas en documentos actúan como testigos  y protagonistas de aquel pasado en una España plagada de analfabetos, donde leyes, reclamaciones, certificados, actas, decisiones, convocatorias, salvoconductos…, se estimaban por estar escritas. El papel, como compañero  de la fe en la  verdad, equivale al libro, donde toda la verdad reposa. Pero los escritos no son piedras de muro, cuya función es inamovible, están ahí para cumplir su función, mantener el edificio. Los textos son interpretables y orientan el relato.

Me refiero al testimonio de los archivos. Solemos  creer que el polvo, como el olvido, se acumulaba sobre ellos, pero no es así, pesan sobre la historia, sobre la conciencia de la historia, ¿determinan? Sí, de algún modo son causa del comportamiento de los pueblos y de su carácter, de ahí la importancia que se deriva del hecho escrito, el recelo y la verdad que conforman el sustrato sobre el que se asientan los nombres y sus vidas.

El hombre es un animal de memoria.  El español, especialmente,  lo es de memoria gráfica. Durante siglos el texto ha sido respetado, como si la realidad fuese una fantasía frente a la palabra escrita. El relato será superior a los hechos, lo vemos en la repentina aparición de hidalgos en 1663, cuyas ejecutorias son más que dudosas.

Fue entonces cuando la lengua literaria, cada vez  más alejada de aquel  “escribo como hablo” del renacentista Juan de Valdés,  se refugia en textos clásicos, expuesta con una sintaxis latina, en unos conceptos  expresados por términos cultos, hermanados con una semántica oscura y profunda, plagada de mitos.

El clero ya no aspiraba a fundar órdenes, ni a una vida ascética para, desde la escasez, desde la nada, alcanzar todo, sino que se implicaba en otras cuestiones, víctimas de un pragmatismo apropiado para una realidad de justicia dudosa, tanto divina como humana.

Pese a que Cervantes anticipó en su D. Quijote la burla de este país de burócratas. Aunque Sancho por fin alcanzó el gobierno de Barataria, donde impartió una justicia plena de sentido común, que quizá no satisfaga a todos, pero que el lector probablemente aplauda.

Boluda penetra en ese laberinto de textos, para desbrozar, para poner al alcance de sus conciudadanos la historia, para que comprendan que son descendientes de aquellos que fueron y que  realmente somos lo que hemos sido. No pretende detenernos, volver a esos tiempos, es necesario bucear, abrir caminos, comparar, recoger otros puntos de vista, para no confundir los textos, para que su lectura nos salve del dragón ortodoxo que custodia los archivos.

A veces el testigo imparcial que es José Boluda, se ve tentado a opinar, aunque nunca se convertirá en protagonista, es cierto que se rebela contra aquellos males que azotaron, empobrecieron, redujeron a este pueblo. Males que fueron: la peste bubónica que disminuyó la población exponencialmente, las dos administraciones que recelan, interpretan, confunden, compiten por el poder y sus reglas de juego; por último, el bandolerismo, propiciado por la enfermedad, por la estructura administrativa que facilita la anarquía, la falsedad y confusión, frente al orden.

José Boluda Guillén que ha realizado un excelente trabajo como archivero y bibliotecario, ahora, quiere poner en claro lo que ha pensado y ha leído  y ve que los tiempos son otros, pero el olvido no es la mejor lección, por eso ha decidido contar lo que sabe, poner a la altura de este tiempo la historia y que, una vez conocida, sin melancolía, a veces con ironía, hacer ver lo que hemos sido para dar con la senda que nos lleve a un mundo mejor.

Este libro tiene una estructura piramidal, comienza por la cúspide donde aparecen dos personajes troncales: don Sancho Talón y Jusepe de Escámez, ambos encarnan claramente la problemática de la época: el orden frente a la anarquía. Posteriormente vamos conociendo la trama administrativa por la que se gobierna el país, aparecen otros protagonistas que amplían los dos frentes. Todo ello sucede en un contexto de ruina y epidemia que vive en hambruna permanente. Circunstancias que causan un deterioro físico y moral en una población que convive con la corrupción  y  parece expuesta a desaparecer. Tras la muerte de Jusepe, se procede a la ejecución  de todos los bandidos que se han dispersado por los pueblos vecinos.

Hay que agregar el epílogo, pieza fundamental en la que la puerta de Albacara, la fortaleza-refugio, desde donde se domina todo el pueblo; va a mostrar definitivamente cuáles han sido las consecuencias de aquellos años, y como profeta reflexiona y clama:

En este sentido, el crecimiento de los símbolos de carácter sacro guarda una íntima relación con la crisis: la fundación del Convento de la Encarnación, la llegada a Mula de las reliquias de san Felipe, la aparición de El Niño a fray Pedro Botía en el Balate, paradójicamente, no son otra cosa que las señales de la decadencia y la descomposición social  en que había entrado la sociedad muleña, símbolos tangibles de un discurso ideológico que ha llevado a aquellos hombres a creerse humildes mediadores de un plan divino.

Hasta qué punto toda aquella compleja burocracia no fue también otra epidemia. Este libro trata de esas cuentas pendientes que han marcado el carácter de un pueblo, donde laten enfrentamientos, cuyas causas, quizá ya sean desconocidas para quienes  las sienten como propias.

¿A quién se dirige este libro? En principio parece que se trataría de un lector local;  sin embargo, es a todos, pues se refiere a la memoria, a esos rastros que nos unen al pasado. Enlaza nuestro tiempo de pandemia y confinamiento, fecha de su composición,  con el pulso de aquellos años de mediados del siglo XVII. El lector, hoy como ayer, sensibilizado por esta catástrofe, rompe con los estrechos vínculos locales para hacerse universal. Es un libro que interesa al recuerdo y a la historia.