Ya en la calle el nº 1047

La bendición del agua, por Pedro Antonio Martínez Robles

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

La bendición del agua, por Pedro Antonio Martínez Robles
La bendición del agua, por Pedro Antonio Martínez Robles

Mi madre, que nació, se crio, vivió toda su vida y hasta murió enfrente de la Fuente del Secano, me contaba las batallas que se libraban en torno de la fuente, en cuyas escalinatas se congregaban cientos de mujeres con los cántaros en los ijares aguardando turno para llenarlos en uno de los dos caños por donde manaba la bendita agua potable que habían de llevar a sus casas para beber y cocinar, pues la que circulaba por las tuberías de algunas casas del pueblo no se podía beber. Aquel ejercicio de abastecimiento duró hasta bien entrada la década de los sesenta, y en la disputa por un lugar en la cola, había veces que los cántaros acababan hechos tiestos en la cabeza de más de una mujer desesperada que pretendía saltarse el protocolo de la espera.

Fue en mayo de 1963 cuando, después de varios años abriendo zanjas en las calles del pueblo, se inauguró por fin la red de abastecimiento del agua del Taibilla. Era un lujo para las familias del pueblo poder abrir entonces un grifo y que de aquellas tuberías de plomo que a veces reventaban las fuertes heladas invernales en patios y terrazas, saliera un agua limpia, fresca y fiable para poder beber y cocinar. Bien cierto es que en aquellos primeros años y ante algunos brotes de diarreas que no sé si llegaron a identificarse con el temible cólera, en muchas casas se hervía el agua antes de consumirla. Pero, de cualquier manera, aquellas largas y desesperadas colas ante los caños de la Fuente del Secano y de la Fuente de la Corredera menguaron hasta casi desaparecer, y con ellas las disputas por el agua, los descalabros y los cántaros hechos tiestos en torno de las fuentes.

Estábamos tan poco habituados a que el agua fluyera en aquellos primeros meses por las tuberías de las viviendas que al poco de inaugurarse la red, contaba mi suegra que por el descuido de algún grifo abierto se le inundó la casa, y es posible que esto mismo ocurriera en alguna casa más.

La centenaria Fuente del Secano, por la que continuamente corría el agua, desaguaba en lo que conocíamos como el pilar de los burros, un largo abrevadero que discurría a todo lo largo del molino arrocero de La Rosa y ante el que se formaba en los atardeceres una larga fila de bestias de labor que saciaban allí su sed después de sus agotadoras jornadas en la vega.

Por una desafortunada ocurrencia, en los primeros años de la década de los setenta se derribó aquella emblemática fuente para abrir una calle que nunca tuvo aceptación ni un gran uso. Y también, de manera desafortunada, se cegaron las vías de aquellas aguas puras que durante tantos años remediaron la sed de todo el pueblo.

La bendición del agua, por Pedro Antonio Martínez Robles

Yo que, como mi madre, también nací y viví muchos años enfrente de aquella fuente, tal vez movido por la nostalgia, una década después de su derribo tuve la idea de iniciar una recogida de firmas de los vecinos para su recuperación. Pero aún tuvimos que esperar otros doce o quince años más para que una réplica de la vieja fuente (que en casi nada se parece a la original) ocupara de nuevo su lugar. El agua que ahora sale de sus grifos no es potable; hay un cartel que lo dice. Hace más de medio siglo que tiraron la vieja fuente, la primitiva, y también el largo pilar de los burros. En la placeta de la nueva fuente cuyas aguas no se pueden beber, hay ahora una mujer de bronce con un cántaro al costado, y otra mujer sentada en el borde de la pila en actitud de paciente espera, con un niño a su lado que dulcifica la escena. Y ese homenaje es necesario, es justo y está bien, pero como ocurre en casi todas las réplicas de todo cuanto se ha perdido, es posible que haya en ellas un desenfoque de la realidad, y quienes no conocieron la precariedad del agua en aquellos años, las dificultades para llenar un cántaro para llevar a su casa y las disputas para llenarlo, jamás sabrán lo cara que resultaba el agua de la Fuente del Secano, aunque no costara nada.

Mi madre, que nació, se crio, vivió toda su vida y hasta murió enfrente de la Fuente del Secano, me contaba las batallas que se libraban en torno de la fuente, en cuyas escalinatas se congregaban cientos de mujeres con los cántaros en los ijares aguardando turno para llenarlos en uno de los dos caños por donde manaba la bendita agua potable que habían de llevar a sus casas para beber y cocinar, pues la que circulaba por las tuberías de algunas casas del pueblo no se podía beber. Aquel ejercicio de abastecimiento duró hasta bien entrada la década de los sesenta, y en la disputa por un lugar en la cola, había veces que los cántaros acababan hechos tiestos en la cabeza de más de una mujer desesperada que pretendía saltarse el protocolo de la espera.

Fue en mayo de 1963 cuando, después de varios años abriendo zanjas en las calles del pueblo, se inauguró por fin la red de abastecimiento del agua del Taibilla. Era un lujo para las familias del pueblo poder abrir entonces un grifo y que de aquellas tuberías de plomo que a veces reventaban las fuertes heladas invernales en patios y terrazas, saliera un agua limpia, fresca y fiable para poder beber y cocinar. Bien cierto es que en aquellos primeros años y ante algunos brotes de diarreas que no sé si llegaron a identificarse con el temible cólera, en muchas casas se hervía el agua antes de consumirla. Pero, de cualquier manera, aquellas largas y desesperadas colas ante los caños de la Fuente del Secano y de la Fuente de la Corredera menguaron hasta casi desaparecer, y con ellas las disputas por el agua, los descalabros y los cántaros hechos tiestos en torno de las fuentes.

Estábamos tan poco habituados a que el agua fluyera en aquellos primeros meses por las tuberías de las viviendas que al poco de inaugurarse la red, contaba mi suegra que por el descuido de algún grifo abierto se le inundó la casa, y es posible que esto mismo ocurriera en alguna casa más.

La centenaria Fuente del Secano, por la que continuamente corría el agua, desaguaba en lo que conocíamos como el pilar de los burros, un largo abrevadero que discurría a todo lo largo del molino arrocero de La Rosa y ante el que se formaba en los atardeceres una larga fila de bestias de labor que saciaban allí su sed después de sus agotadoras jornadas en la vega.

Por una desafortunada ocurrencia, en los primeros años de la década de los setenta se derribó aquella emblemática fuente para abrir una calle que nunca tuvo aceptación ni un gran uso. Y también, de manera desafortunada, se cegaron las vías de aquellas aguas puras que durante tantos años remediaron la sed de todo el pueblo.

Yo que, como mi madre, también nací y viví muchos años enfrente de aquella fuente, tal vez movido por la nostalgia, una década después de su derribo tuve la idea de iniciar una recogida de firmas de los vecinos para su recuperación. Pero aún tuvimos que esperar otros doce o quince años más para que una réplica de la vieja fuente (que en casi nada se parece a la original) ocupara de nuevo su lugar. El agua que ahora sale de sus grifos no es potable; hay un cartel que lo dice. Hace más de medio siglo que tiraron la vieja fuente, la primitiva, y también el largo pilar de los burros. En la placeta de la nueva fuente cuyas aguas no se pueden beber, hay ahora una mujer de bronce con un cántaro al costado, y otra mujer sentada en el borde de la pila en actitud de paciente espera, con un niño a su lado que dulcifica la escena. Y ese homenaje es necesario, es justo y está bien, pero como ocurre en casi todas las réplicas de todo cuanto se ha perdido, es posible que haya en ellas un desenfoque de la realidad, y quienes no conocieron la precariedad del agua en aquellos años, las dificultades para llenar un cántaro para llevar a su casa y las disputas para llenarlo, jamás sabrán lo cara que resultaba el agua de la Fuente del Secano, aunque no costara nada.

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