Ya en la calle el nº 1034

Demasiadas palabras

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Pascual García ([email protected])/Ilustración: Francisca Fe Montoya

A estas alturas de mi vida ya estoy en condiciones de proclamar que todos los trabajos son, en cierta forma, desagradables o, aDemasiadas palabrasl menos, incómodos, aunque solo sea por su carácter obligatorio, y que no he encontrado todavía el que me satisfaga de un modo pleno y absoluto, salvo el que llevo a cabo en mi casa, en el silencio y la soledad de mi despacho, en las escasas horas libres que me permiten mis muchas obligaciones laborales.
Fui jornalero y peón de albañil, invertí días y años en el riguroso y aburrido oficio de estudiar, y ya cuento a mis espaldas con casi tres décadas de carrera profesoral, aunque en algún momento desempeñé durante casi diez años funciones de asesor en la Consejería de Educación.
De todo este bagaje que llamamos experiencia laboral me ha quedado claro mi odio a las reuniones, sean del tipo que sean; tal vez, porque mi carácter nervioso e inquieto me ha perjudicado en ese trance o porque mi escepticismo no ha permitido otorgarle algún valor a la actividad de hablar en grupo, discutir ideas y tomar decisiones comunes.
Entiendo que la democracia nos obliga en parte a ese continuo contacto de la palabra y de la idea con los otros, pero quizás en algún lugar remoto de mi carácter se halla un hombre de acción, al que le ha costado siempre mucho esfuerzo sentarse a una mesa, abrir un mazo de apuntes y ponerse a estudiar; leer es diferente; leer es, en buena medida, también acción, aunque lo sea tan solo en el pensamiento.
Igual me da que se trate de un claustro, de una reunión de departamento que una de escalera, porque reunirse implica que un grupo de personas compartan sus opiniones con las otras, y yo reconozco que no he tenido nunca el menor interés en conocer las opiniones de la mayoría de la gente.
En raras ocasiones me han sido de alguna utilidady muchas veces me han hecho perder un tiempo valioso que, por desgracia, ya no podré recuperar nunca. En justa correspondencia tampoco he sido yo de los que levantan la mano y toman la palabra y acaban enzarzándose en una discusión bizantina, mientras se acerca la hora de comer o de cenar y algunos sueñan, soñamos con darnos una ducha y sentarnos frente al televisor. Yo he intervenido cuando no ha habido más remedio y consideraba que mis argumentos podían arrojar algo de luz. Hablar por hablar me ha parecido siempre una sandez, un desperdicio verbal por el que deberíamos pagar algo, una especie de multa o de impuesto sobre nuestras palabras.
He asistido a infinidad de reuniones en vano, plúmbeas y de interés nulo y he puesto cara de paciencia y de ánimo, aunque la procesión siempre ha ido por dentro. En ese trance uno localiza presto al que habla para oírse con la convicción de que no añade nada nuevo y el secreto deseo de que los otros no acierten a descubrir su verbo banal e impertinente.
Recuerdo haber mirado con insistencia mi reloj de pulsera, con la esperanza de que en un momento dado el contertulio pondría fin a su cháchara vacua e insolente y todos podríamos irnos a casa.
A veces la vida, por desgracia, se parece a una de esas reuniones interminables.

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