Ya en la calle el nº 1032

Confusiones

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ANTONIO F. JIMÉNEZ
Conté la semana pasada la breve anécdota de un hombre que pidió que le cambiasen de sitio en un bar porque le habían colocado frente a un espejo y el señor dijo que lo último que le apetecía era comer consigo mismo. Pues poco después de marcharse ese tipo, andaba yo recreándome en el postre, hundiendo la galleta entre la dulce lava de las natillas, cuando entró otro señor, más orondo, algo apresurado, muy decidido, y al que le seguían un chico y una chica con mochilas universitarias. Se acomodaron dos mesas más allá de la mía y pude ver cómo el hombre les dijo: «Yo me siento solo, ¿vale?». En ese momento pensé que ese sentarse no distaba en nada del verbo sentirse. Razoné que este hombre sufría el estrago de una separación. Además, era viernes y le tocaría el tutelaje. Llegó el camarero. La chica pidió agua. Ella tenía los ojos de color verdemar, algo achinados, un rostro inmaculado y unas manos espigadas, blancas, como de santa. Su presunto padre gastaba un bigote grueso, entre marrón y cenizo, y hablaba flemático, como si fuera un predicador afectado. Imaginé que este hombre estaría más gordo antes de la separación. Que hablaría con más ímpetu y lozanía en tiempos. De repente sonó su móvil. «Dime cariño, estaba pensando en ti». Continuó: «Estoy aquí con nuestro hijo y su amiga…», vaciló un tanto, pero resolvió: «Ana, su amiga Ana». El hijo le corrigió de inmediato: «Colli, papá, se llama Colli». Su padre se mordió el dedo meñique entre los dientes: «Eso, Colli». Al poco entró la madre y le besó el bigotón a su marido. «¿Esta es Colli?». Colli no hablaba mucho, sorbía el agua despacio y sonreía dulcemente a su novio. El camarero les traía y les llevaba la comida con gracilidad. Son gente fácil. No complican la existencia. Me equivoqué.

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