Ya en la calle el nº 1046

Colchones, por Pascual García

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Pascual García ([email protected])

Colchones, por Pascual García
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En mi infancia solo había dos tipos, los de borra que eran duros e incómodos y los de lana que mullía mi madre cada mañana para esponjarlos, más blandos y suaves pero que deformaban nuestra posición para dormir y tal vez por esto causaban algún daño a nuestra espalda, luego vinieron aquellos bloques de espuma, aunque yo de niño ya tuve uno de recortes de espuma, muy blando y reconfortante, en cualquier caso todos eran piezas de saldo y en absoluto semejantes a los de la actualidad, aunque los abuelos juraban haber dormido sobre colchones de perfollas y en la tierra, mi primer colchón moderno, de muelles, cuya marca salía en la televisión nos lo regaló mi tía Isabel de Alicante, y en el que dormí casi toda mi adolescencia, así que uno como ese ha de guardar un buen número de secretos que ya no volverán a salir a flote nunca, confidencias, temores, lecturas e idilios solitarios, placeres ocultos y sensaciones desconocidas, echado en él he visto caer copos de nieve en la mañana de febrero y descubierto el misterio imprevisto de mi pubertad, he repasado un examen impertinente y he soportado el ruido de la máquina de coser de mi madre al amanecer mientras adelantaba el trabajo de cada día con su eterna y laboriosa Sínger, sobre ese colchón he pasado miedo en las noches de invierno prematuras y me he reconfortado en los días de aquella nevada que nos aisló del mundo y que nos puso a prueba durante unas semanas, después vendrían más colchones, propios y extraños en los que florecería el amor y el deseo en otra ciudad, porque no conozco nada malo sobre ellos, aunque alguien pueda aducir las enfermedades corrientes de la edad, pero incluso ellas fueron más soportables sobre un lecho mullido y con los cuidados de una madre buena, de modo que la imagen del recuerdo no fue casi nunca insufrible, ni siquiera en el hospital cuando padecí un terrible derrame cerebral que me llevó al borde de la muerte, quienes me cuidaron supieron reconciliarme con la vida de nuevo y apenas he arrastrado la sombra de un trauma treinta años después.

Si hiciera un recuento desde el principio, malos fueron los de la mili, las colchonetas de las maniobras en aquellos campos inhóspitos y peor que malo será el último de nuestra vida en el que nos vayamos de este mundo para siempre, aunque espero hacerlo rodeado de mis seres queridos, como aquel Alonso Quijano, de feliz memoria, que pasara tantas noches de claro en claro y tantos días de turbio en turbio en innumerables aventuras librescas como el caballero andante que quiso haber sido siempre y que fue sin duda, aunque durmiera por esas ventas de Dios en camas de diverso pelaje y en alguna de ellas estuviera a punto de encontrar a la mujer de su vida, a la Dulcinea de sus sueños con la que habría hallado la felicidad y la paz perpetuas, si no fuera porque el mago de turno la trasmutó en el último momento en una vulgar Maritornes y la devolvió a la vida junto al resto de los mortales.

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