Francisco Fernández García (Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Entre los servicios obligatorios que debían de prestar las villas y ciudades a la corona figuraba el alojamiento y mantenimiento de las unidades militares cuando era necesario y debían detenerse y acampar en ellas. Esto era una práctica habitual y muchas fueron las ocasiones en las que regimientos, compañías y batallones de las tropas reales estuvieron instalados en nuestra población. En esta ocasión vamos a recordar la llegada y estancia del Tercio Provincial de la ciudad de Sevilla al mando del maestre de campo don Juan Arias Dávila de Bobadilla, sexto conde de Puño en Rostro, que tuvo lugar en 1672.

El 8 de abril de 1672 se reunió el concejo de la villa de Caravaca para tratar los asuntos concernientes al gobierno municipal, en esa sesión se dio cuenta de una carta de don Fernando de Alarcón Niño Carrillo y Osorio, caballero de la Orden de Alcántara y Corregidor y Justicia mayor de las ciudades de Murcia y Cartagena, ordenando el alojamiento en diversas localidades del reino del Tercio de la ciudad de Sevilla. La carta iba acompañada de otra en los mismos términos, disponiendo el traslado de este tercio de Gibraltar a Cartagena, de la reina gobernadora, por lo que su cumplimiento era obligatorio a pesar de los inconvenientes y gastos que esto ocasionaba. La relación de lugares del Reino de Murcia que tendrían que alojar a este contingente incluía, además de Caravaca, Fuente Álamo, Cehegín, Moratalla, Calasparra, Hellín, Abanilla, Fortuna, Tabarra y Jumilla.

En la carta enviada al concejo caravaqueño se daba cuenta también del reparto de los soldados entre las poblaciones elegidas que había efectuado el referido corregidor murciano, tocándole a Caravaca un total de 23 individuos: «el señor Conde de Puño en Rostro maestre de campo deste terçio, Jill de Burgos y Cardenas sargento mayor, dos ayudantes, el furriel mayor, cirujano mayor, el capitan de campaña, el tambor mayor, que son todos ocho ofiçiales de Primera Plana. Un alférez uivo, un sargento uivo, un abanderado y dos tambores, tres oficiales reformados, cinco soldados de plaça çencilla, y dos cabos de esquadra». El cumplimiento de este requerimiento suponía un grave inconveniente ya que estaban exentos de él los hidalgos, las viudas y los eclesiásticos, de modo que tendrían que buscar los alojamientos entre «la xente mas miserable y pobre desta villa» y dada la calidad de las personas destinadas a Caravaca no encontraban conveniente instalarlas en ese tipo de casas. Por tanto decidieron cumplir la orden, dejándola en suspenso hasta tener nuevas noticias, enviando un mensajero con una carta al corregidor de Murcia para que hiciese un nuevo reparto de forma diferente teniendo en cuenta el problema que ello suscitaba en nuestra población.

Parece ser que no hubo rectificación, de modo que el 28 de abril volvió nuevamente a reunirse el concejo para dar acomodo definitivo a las personas que le habían tocado en suerte, acordando que al Conde de Puño en Rostro «se le prebenga casa con la mayor deçencia que se pueda». La elegida fue la casa de don Bartolomé Alegría, situada en la Plaza de la Encomienda, nombrándose asimismo dos comisarios para que en nombre de la villa le diesen la bienvenida «y la asistencia que pide la vrbanidad» y otros dos para el reparto del resto de soldados y para que gastasen lo necesario para el adorno de la casa donde habría de alojarse el Conde y «el gasto de luz, leña, agua, sal otros menudos», librándose para ello 200 reales.

El 12 de mayo se cursaba orden a todos los soldados para que recogiesen la credencial asignándoles «el cubierto, cama, leña, luz, agua, sal y mesa»» así como sus correspondientes salarios, comunicándoles que si alguno no lo hiciese su parte redundaría «en benefiçio del pueblo que tan cansado y aniquilado se aya». Y es que la situación económica que atravesaba Caravaca en esos momentos era bastante mala, debido fundamentalmente a la adversa climatología y las consiguientes malas cosechas. Las propias autoridades Municipales así lo atestiguan: «questa villa y sus vecinos an padeçido con las continuas aguas del invierno y ruina total de mas de nobenta casas todas las açiecas, braçales y pretiles dela guerta y campo y çerca de corrales de ganados y huertas y puente del matadero y el lienço de muralla del castillo donde esta la ssma. Cruz muertes de ganados mayores y menores ynundados los sementeros de pan y cañamo imposibilitando el haçer barvechera que ymportan mas de duçientos mil ducados y mas de tres meses de alojamiento de soldados de la Compañía de Sr. Conde de Puño en Rostro».

Como queda reflejado en el anterior testimonio 3 fueron los meses que permanecieron los soldados del Tercio de la ciudad de Sevilla en nuestra población, regimiento que, por cierto, era también conocido con el sobrenombre de “los morados viejos” por ser el más antiguo de la infantería española y usar casacas de este color, en tanto que el color de su divisa era el encarnado y el de su bandera amarillo con la cruz de Borgoña en rojo. El 16 de julio de ese año se presentó en el ayuntamiento el sargento mayor Gil de Burgos para informar de que habían recibido orden de partir inmediata, exigiendo la preparación de los bagajes necesarios para viaje, a lo que también estaban obligadas las villas y ciudades del reino.

La estancia de este tercio en nuestra población estuvo exenta de conflictos y problemas, salvo la carga económica que llevaba aparejada, pero esto no siempre fue así, pues la presencia de soldados ociosos solía traer consigo peleas, alborotos y enfrentamientos no solo entre los propios soldados sino también con los habitantes de la villa y es que la bravuconería unida a cierta cantidad de vino era una mezcla explosiva que podía desencadenar cualquier disputa y desaveniencia. Uno de los casos más conflictivos tuvo lugar el año 1595, en que Caravaca se vio literalmente invadida por varias compañías de soldados, en total más de 300 individuos. Durante una reunión del concejo convocada para tomar medidas por el intolerable trato que los soldados dispensaban a la población «alborotando esta villa maltratando a los vecinos Della de obra e palabras ocasionando grandes pesadumbres e pendençias», comenzó a escucharse un gran ruido procedente del exterior que parecía indicar «que muchos soldados tenyan sus espadas desnudas». Al escuchar el alboroto el alcalde mayor bajó a la plaza y se dirigió a los soldados recriminándoles su actitud y ordenándoles que se tranquilizaran y envainaran las espadas. La reprimenda no les sentó nada bien y uno de los soldados con gran desacato y soberbia y con la espada en la mano se dirigió hacia el alcalde mayor y sus acompañantes diciéndoles «metanse en su ayuntamiento, que yo soy onbre para que por mar e tierra matar y herir a quien me pareçiere», comenzando acto seguido a insultar y a atacar a los vecinos allí presentes resultando varios de ellos heridos con cortes en la cara y otras partes del cuerpo. Las autoridades se refugiaron como pudieron en la sala del ayuntamiento acordando escribir al rey contándole lo sucedido, así como todos «los desafueros que an echo y hazen los dichos soldados y como no lo quieren remediar sus capitanes que los alientan y fauoreçen para hazer los dichos ynsultos y alborortos». De nada sirvieron las quejas del concejo caravaqueño, ya que en días sucesivos fueron llegando mas soldados hasta acercarse a los 500, agravándose aún más la situación al coincidir la estancia a de tantos soldados con una plaga de langosta, teniendo que elegir los vecinos entre salir a los campos para exterminarla o quedarse en sus casas vigilando sus propiedades, familiares y especialmente sus esposas e hijas. La decisión fue obvia ya que permitieron que la langosta se comiera los sembrados y es que muchas veces era más temible la presencia de los soldados que cualquier plaga.