Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Cuando escuché el sonido de la puerta al cerrarse detrás de mí, supe que me había quedado en la calle y que se habían cumplido, después de dos años de vivir solo en aquel piso, mis peores temores. Estar solo en una casa tiene también sus muchos inconvenientes, aunque la libertad y la independencia a veces no tienen precio. Si no encuentras el móvil, no tienes a quien decirle que te llame para averiguar su paradero, y uno de los peores, es quedarte encerrado en la calle con la llave echada por dentro. Suele ser domingo o fiesta, aunque llevas encima un móvil y llamas con presteza, sin pensarlo, a un cerrajero de guardia. Sabes que te costará caro, pero en esos instantes te encuentres inerme, al albur de la calle y sin nadie para echarte una mano.

Así que llamas y conciertas una cita. Desde el otro lado de la línea te dicen que vendrán lo antes posible y que los esperes en la puerta de la dirección que les has dado.

Estar en la calle sin poder entrar a tu casa, donde te esperan todas tus posesiones, constituye una suerte de tortura inexplicable; das un repaso a cualquier cosa que se haya podido quedar en mal estado: un grifo abierto, la vitrocerámica encendida, alguna ventana de par en par, que no te valdrá para colarte en la casa desde la calle porque el piso está demasiado alto, y poco a poco te vas calmando, pues no recuerdas que haya quedado nada en situación de peligro, y, a cambio, sabes que de una forma o de otra te abrirán la puerta aunque sea domingo.

Entonces llega el cerrajero con pinta de obrero de la construcción y uno  empieza a relajarse, incluso se permite esbozar una media sonrisa de alivio y paladea los momentos previos a la entrada triunfal en su vieja morada.

Frente a la puerta muda y ciega, el profesional de las aperturas de emergencia echa mano de un elemental cartón duro, quizás se trate de algún tipo de material plástico. El caso es que lo veo introducir la lámina entre el espacio de la puerta y el del marco, moverla de arriba abajo con la destreza de un mago o de un escapista y, de un modo prodigioso y liberador, abrir la puerta con la facilidad y la sencillez pasmosas de quien tiene este don manual. Reconozco mi alivio y mi decepción a un tiempo, sobre todo porque estoy seguro de que el montante de la factura será alto, proporcional a mi angustia en la calle y a la pericia del técnico.

Entro en mi propia casa pero con la certidumbre extraña   de que alguien ajeno me la ha franqueado, sin llaves y sin otra ayuda que su sospechosa habilidad de hombre capaz de entrar a cualquier casa ajena cuando le dé la gana. Una creciente sensación de vulnerabilidad se apodera de pronto de mi ánimo, porque me doy cuenta de que la seguridad y la protección absolutas no existen y de que, cuando aquella noche cierre mi puerta por dentro, habrá siempre alguien que pueda entrar cuando le apetezca.

Pero lo peor viene después, mientras le pido la cuenta, me mira con ternura y menosprecio y me dice la cantidad como si me diera un latigazo inmisericorde en mi espalda castigada por un sinfín de laceraciones.

Reconozco mi insignificancia, mi desamparo, mis escasos caudales y mi humilde posición económica en una sociedad que premia la abertura de una simple puerta y desprecia casi al mismo tiempo el valor de estos artículos con los que quizás solo esté torturando a mis escasos lectores.

Un donnadie, me digo, eso es lo que soy.