Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/ Francisca Fe Montoya

Oigo las campanas del reloj de una iglesia próxima desde mi cuarto donde escribo y leo en un pueblo cercano al que nací. Me doy cuenta entonces de que el tiempo transcurre de un modo diferente en verano o de que, al menos, nos afecta de otra manera. Ahora lo llaman estrés y creen haberlo descubierto como un mal de la modernidad y de las ciudades, pero yo estoy seguro de que esa inquietud temporal en la que hoy nos ahogamos ha existido siempre, aunque en apariencia no lo parezca.
Esas cinco campanadas que resuenan como una música vespertina y lenta son en pleno noviembre, a veces, la señal tumultuosa de una cita de trabajo o de un encuentro de negocios, de la entrada en un aula o de la apertura de la biblioteca donde vamos a estudiar el resto de la tarde.


El efecto es diferente, desde luego; hoy no tengo prisa y puedo sentarme a leer un libro que he pospuesto para estas fechas o tumbarme a ña la siesta o encender el televisor y ver cualquier cosa.
Ahora que suenan esas notas musicales de bronce y sueño, pienso que tal vez en el mes de febrero me habrían afectado de otra forma. Tendría la carpeta dispuesta y el coche en la puerta, cogería un libro y un mazo de llaves y me iría a la Universidad. Las campanas me habrían advertido de que no soy un hombre libre, de que me debo, por fortuna, a un trabajo y de que estoy sujeto a un horario. En cambio, hoy, que el calendario marca un día cualquiera de julio, la melodía metálica suena como un recuerdo lejano de la infancia y, antes de alterarme, me regocijo de que el tiempo haya pasado y los viejos y entrañables tañidos continúen repitiéndose en las tardes inmensas del verano; me congratulo con la idea de que estar de vacaciones significa precisamente obviar el tráfago y la ansiedad que nos provoca el paso de las horas, porque están ahí, frente a nosotros, pero apenas nos arrastran a parte alguna, como si ya no estuviéramos obligados a seguirlas, porque no pueden tocarnos.
Me quedo pensando por un minuto en este prodigio del tiempo libre, de la ausencia de deberes que nos sitúa en una suerte de vacío confortable, en una burbuja gigante desde la que vemos las cosas y a los otros con una compasión de privilegio, porque estar de vacaciones es como estar fuera del tiempo, y no nos aluden los relojes, el tictac implacable del día y el horrísono gañido del despertador por la mañana, porque no hay nada que hacer, salvo lo que nos venga en gana en cada instante, como debió de ser, por otro lado, la vida en aquella hermosa y terrible a la vez fábula bíblica que llamamos Paraíso.
No se trata de matar el tiempo, sino de insuflarle la vida necesaria para que nos salve de tanta rutina, porque ya no nos esperan en ningún lugar ni los esperamos nosotros ni necesitamos soportar a nadie que no nos caiga bien ni tratar a persona alguna que no nos alegre la vida.
El verano fue hecho para espantar lo que no nos gusta y alejarlo de nuestra cercanía, para no aguantar estupideces, monsergas y doctrinas indeseables, para no conceder en virtud de los buenos modales y la discreción necesaria la cháchara insoportable del palurdo de costumbre, que a veces pertenece a nuestra familia, y hasta es peor, porque con la familia no se puede hacer mucho, por desgracia, salvo asentir con buena cara y ánimo esforzado.
A uno le gustaría, qué digo, daría cualquier cosa por poseer en exclusiva este tiempo dorado del estío, por campar a sus anchas, viajar sin límites y hacer y deshacer por su cuenta, pero el verano es también un tiempo de familia y compromisos, de reencuentros felices y otros no tanto, de nostalgia paradójica por lo que uno se dejó a sus espaldas en la pequeña ciudad donde vive, no solo por la gente que lo saluda allí cada día y por los que trabajan a su lado, sino por todos y cada uno de los proyectos que dejó aparcados para la vuelta en septiembre y que constituyen, si lo piensa bien, la auténtica razón para vivir, al margen, por supuesto, de los hijos y de la esposa, que son, no le cabe la menor duda, lo más importante.
Disfrutemos, en cualquier caso, del presente diario, de este lento y eterno transcurrir veraniego, que habrá lugar para todo, pues el invierno también es un tiempo de gozo.