Telesforo Baquero

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JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Uno de los hombres más conocidos e influyentes en la sociedad caravaqueña, a lo largo de gran parte de la segunda mitad del pasado siglo, fue Telesforo Baquero García, quien procedente de El Moral, echó raíces profundas en Caravaca, desplegando su actividad a lo largo y ancho de la vida local de la época.

Vino al mundo en la citada pedanía en marzo de 1928, en el seno de la familia integrada por Santos Baquero Castillo y Ramona García Muñoz (de Huéscar), siendo el mayor de tres hermanos, seguido de Rafaela y Carmen.

Como tantas generaciones de niños en los años previos a la II República, aprendió las primeras letras de maestros ambulantes que desempeñaban su oficio en muy malas condiciones, desplazándose por los caseríos del campo a pie o en bicicleta, al encuentro con sus alumnos. Tras los años de la República y la guerra civil, el empresario Ángel Fernández Picón convenció a su padre para que el chaval, que ya apuntaba inteligencia, fuera a Murcia donde cursó el bachiller en el colegio de S. Juan Bautista, que dirigía el P. Antonio en la plaza de S. Juan de la capital. Posteriormente se graduó como profesor mercantil y trabajó, como gerente, en la empresa del entonces alcalde de Murcia Ángel Fernández Picón.

Tras las prácticas en la milicia universitaria, que realizó en Algeciras con el grado de alférez, regresó al Moral, donde contrajo matrimonio, en 1951, con Cruz Baquero Marín, estableciendo el domicilio familiar en la C. Canalica (Sor Evarista), de Caravaca, desde donde años después se trasladó a la entonces “prolongación” de la Gran Vía, en edificio que adquirió al conocido Juan “el del Moral”. Allí nacieron sus cuatro hijos (Santos, que falleció muy niño, José Ángel, Crucita y Paquita). Finalmente compró a Juan Antonio Arias una casa en el número 31 de la misma Gran Vía, donde vivió hasta el final de sus días.

Asiduamente vinculado a la actividad empresarial de Fernández Picón, fue el artífice de la venta de la línea de coches de viajeros entre Caravaca y Huéscar, que con el tiempo, y ya en manos de otros dueños, acabó prolongando su recorrido entre Jaén y Benidorm. Sin embargo, su principal actividad la desarrolló en el mundo del empresariado agrícola, desplazándose a diario desde Caravaca hasta sus posesiones en el campo, inicialmente en un coche “Ford” de manivela y, sucesivamente en un Citroën “Dos Caballos”, un “Diane 6”, un “Renault 14”, un “Renault 16”, un “Seat Coupé” y un “Chevrolet Impala” que adquirió al embajador del Irán en España (por deseo de su hijo José Ángel, a quien nunca negó un capricho). Sus fincas en Las Pedrizas, Inazares, Ballesteros y La Rogativa siempre fueron modelo de buenos cuidados y mejor producción.

Durante años compaginó la actividad agrícola con la política local, siendo concejal y primer teniente de alcalde a lo largo del mandato como alcalde de Amancio Marsilla Marín, en los primeros años sesenta, tocándole ejercer de primera autoridad local en los actos en que Marsilla actuaba como rey moro en las fiestas de la Cruz.

También simultaneo la actividad agrícola con la presidencia de la Hermandad de Labradores, a la que llegó democráticamente tras una campaña de la que aún muchos recuerdan el eslogan que utilizó: “Agricultor, ganadero…vota a Telesforo Baquero”. En esta institución contó siempre con la inestimable ayuda del letrado y secretario de la misma José Rodríguez (Pepito Rodríguez).

En el mundo de la Fiesta fue presidente del Bando Moro sustituyendo al juez Francisco Martínez Muñoz.

Hombre de gran humanidad y corpulencia física, es recordado entre los mayores por su generosidad, siempre acompañado de puros “farias” que repartía entre sus innumerables amigos, a quienes no tuvo nunca pereza de invitarlos en los abundantes bares de la localidad.

Su debilidad fue su hijo José Ángel, quien nunca gozó de buena salud y por quien hizo todo lo humanamente posible por prolongarle la vida. Para él eran los primeros juguetes que salían al mercado, adquiridos siempre en el comercio de Salvador “el de las Máquinas” (en la C. Mayor). Para él adquirió el primer receptor particular de TV (un Telefunken a Feliciano Morenilla, en su tienda de la Pl. del Arco), y por él se trasladó a vivir a Madrid unos años, al encuentro con los mejores médicos del país. Sin embargo, no pudo evitar su muerte cuando contaba solo con nueve años de edad.

Aficionado a la caza compartió la afición, en su finca de Ballesteros, con amigos de Murcia y Caravaca como el presidente de la Diputación Provincial José Manuel Portillo Guillamón, el alcalde de Cehegín Juan Antonio Valero, el ingeniero Ignacio Murcia, el moratallero Ángel López Rueda y el exalcalde caravaqueño Manuel Hervás Martínez entre otros.

También aficionado a la lectura, sobre todo a la poesía, fue amigo del cronista local Manuel Guerrero Torres; a las compañías de revista que la empresa “Orrico” traía los lunes al Gran Teatro Cinema, y a los toros, frecuentando la amistad con el torero caravaqueño Pedro Barrera.

A pesar de su aparente buen estado físico, contrajo un cáncer que, declarado el 8 de diciembre, lo consumió en poco más de un mes, falleciendo el 18 de enero de 1980, a pesar de los cuidados continuados de su amigo el doctor Julián “Catorce”.

Su recuerdo sigue vivó entre la población a pesar de los años transcurridos desde su fallecimiento, sobre todo por su generosidad y buen corazón, por su don de gentes y su proverbial locuacidad, no habiendo tenido nunca enemigos reconocidos.

Pudiéndosele reconocer como uno de los “caravaqueños de dinamita”, de su tiempo, Telesforo Baquero nunca pasó desapercibido ni su personalidad se diluyó entre la sociedad local. Antes bien, su presencia siempre se hizo notar en el grupo social en que desarrolló su actividad, y su nombre se repitió mucho tanto en vida como después de su muerte.

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