Ya en la calle el nº 1046

Soledad, ese espacio pleno. Por José Blanc

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Tengo pena. Me llega la tristeza en abordaje cuando mancillo las oportunidades más altas que me brinda la vida para ser cada vez mejor. Me da igual que suene a pensamiento bobalicón. El aprendizaje se prefigura como hato necesario en el viaje evolutivo. Si reniego de lo aprendido, entonces soy un lelo, un tontarra. En nuestro haber vital pueden aparecer algunas trojes con agujeros ratoneros, bandadas de roedores hurgan a cada instante y vacían el silo sin enterarnos. Es previsible, entonces, la presencia de la equivocación por descuido, por desliz, por no estar atento. En el mejor de los casos es deseable un volver a empezar, pero se pierde mucho tiempo. Ese tiempo que precisamos y se nos presenta envuelto en un manojo de oportunidades y que nos aboca, a veces de manera inquietante, a gestionar las páginas de soledades que son los días. Es la conclusión que os puedo participar. Por mucho sonsonete en medio de la gente, por muchos ‘buenos días’ o ‘adioses’ que se den cita en el concurso de las horas; a pesar de que comparezca diariamente ante una sinfonía —casi siempre átona— de voces salidas de cuerpos en movimiento, o sedentes; a pesar de todos los encuentros y conversaciones y de todas las intervenciones, al final del día —y a veces en medio de él— busco encontrarme solo y escribo otro día más una página de soledad en el dietario de mi vida. Cada día preciso recluirme —al menos unas horas— en mi troje particular. No es huida de la gente, pues de ella también me alimento, sino encuentro necesario con las posibilidades mías que yo solo conozco, que solo yo exploro y que yo solo administro. Que solo yo disfruto. Es mi sino el que los cercanos no me entiendan. La soledad es la dársena donde amontono mis miedos hasta que consigo dejarlos salir al mar abierto. Algunas veces los esparzo en la playa de la bahía para tener la sensación de que son menos. ¡Son tantos los miedos!

Soledad, ese espacio pleno. Por José Blanc
José Blanc

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