Ya en la calle el nº 1040

Santa Teresa y Unamuno: un recuerdo en el cuarto centenario

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

FRANCISCO ROMERO

Han gozado nuestros doctores místicos, por lo general, de una profunda admiración entre la intelectualidad de diferentes épocas-véase la generación del 98 o del 27- ya sea por la grandeza literaria, ya sSanta Teresa y Unamuno: un recuerdo en el cuarto centenarioea por su vivencia única de la fe cristiana. Es particularmente significativo el caso de Unamuno, el temido provocador, sacudidor de conciencias, el intelectual difícilmente encasillable, solicitado y odiado al final por todas las corrientes políticas y filosóficas, pero siempre implicado en la búsqueda de la verdad, en el compromiso ético y moral, un Sócrates muy español. Especial atracción manifestó por Santa Teresa, hasta el punto de ser nombrado responsable de las conmemoraciones del tercer centenario de su muerte. Aquel ilustre catedrático de griego expresa, sobre todo, en dos ensayos su relación con la fe cristiana, léase mística: Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del Cristianismo; “agonía” tiene aquí el significado original de “lucha”, del griego agōn, no como malinterpretaron entonces bastantes personas en el sentido de “muerte”. Dicha palabra refleja exactamente la relación unamuniana con la fe: “Es que el cristianismo, la cristiandad más bien, desde que nació en San Pablo, no fue doctrina, aunque se expresara dialécticamente; fue vida, fue lucha, fue agonía”. Muestra la relación tortuosa de quien se ha dicho que siempre quiso creer pero no pudo, aunque esta incapacidad nunca la vio-ni podía- como un don que le había negado Dios, sino como un don oscurecido, esencialmente vetado por los hombres imbuidos de racionalismo en filosofía y en teología, ellos han suscitado desde el Renacimiento la incertidumbre en la fe: “la razón ataca y la fe, que no se siente sin ella segura, tiene que pactar con ella. Y de aquí vienen las trágicas contradicciones y las desgarraduras de conciencia”. Él se siente infectado por este virus maligno que le oscurece al intelectual moderno la sencilla religión y la feliz sabiduria que el hombre del medievo mantuvo a pesar de su duro valle de lágrimas, por ello repudia el afán de su época en buscarle a la fe continuamente apoyos racionales, pues ya no basta con creer en la existencia de Dios, sino que “cae anatema sobre quien, aun creyendo en ella, no cree que esa su existencia sea por razones demostrables”. Unamuno se siente trágicamente desengañado, envidia ese abandonarse en las manos de Dios que Teresa ante tantas pruebas interiores demostró siempre. De alguna manera reivindica la fe del carbonero y anhela aquella seguridad de la santa abulense de estar en la presencia de Dios, aunque no sepa dar, aparentemente, cumplido desarrollo de los fundamentos teológicos y dogmáticos que puedan hacer su experiencia mística valedera ante el erudito desconfiado: “Eso no me lo preguntéis a mí que soy ignorante; doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder.”(Santa Teresa, Vida, cap. XXV, 2). En el fondo, él cree que el triunfo de la fe ha de ser mediante la crucifixión, la crucifixión de la razón, pues como revela nuestro agitado autor con profundo dolor existencial: “a fin de cuentas las razones no son nada más que razones, ni siquiera son verdades”. Solo ve tristeza y soledad sin sentido para el hombre contemporáneo en la negación de ese mundo intangible, nacido del amor, creado para reconciliar al hombre con sus hermanos en el templo de la fe y la vivencia común: “un miserere entonado por una muchedumbre que canta, que clama a Dios el bálsamo para sus heridas, vale tanto como una filosofía”.
En esta encrucijada exalta el gran éxito en la labor de los místicos españoles, pues el sufrimiento del sinvivir teresiano encuentra la paz, el sentido y el fruto en la otra parte del verso, en su “tan alta vida espero”, que es lo que hace llevadero este peregrinar del siglo en continua zozobra, y Santa Teresa, como San Juan de la Cruz, han recorrido este peregrinaje y nos han enseñado a los demás a recórrelo por caminos únicos para contactar desde este mundo sensible con el otro insensible, para acercar esa experiencia tan lejana del horizonte infinito y, al palpar el goce de la unión mística, convierten el éxtasis “en un preludio en la tierra de ese estado post mortem”, y entonces, solo entonces, el alma alcanza la paz en el combate, en la singular agonía-léase “lucha”- del muero porque no muero de cada ser humano.
Ahora es cuando toma sentido aquella frase tan malinterpretada de “que inventen ellos”, pues Unamuno no rechaza la ciencia, ni el progreso de otros países europeos, pero no está dispuesto a admitir que España no ha aportado nada reseñable a la cultura universal por no exhibir tantas patentes tecnológicas ni complicados sistemas de pensamiento materialista: “jóvenes que trabajáis a la europea, con método y crítica…científicos, haced riqueza,….o más bien traducid sobre todo Kultura, que así mataréis a la vida y a la muerte. ¡Para lo que ha de durarnos todo!”. Según Unamuno, las Coplas de Jorge Manrique o la Subida al Monte Carmelo implican una “intuición del mundo y un concepto de la vida… ¿No es eso una gran aportación a la historia del pensamiento, al avance de la humanidad, acelerando su paso, enderezando sus caminos hacia la otra vida, que es la verdadera y que nos permite llenar esta peregrinación por el mundo de esperanza en la lucha y de caridad verdadera en este camino de agonía?”. Unamuno siente gran entusiasmo por estas almas retiradas que, gracias a la transmisión de sus vivencias en soledad humana, han invadido nuestros corazones de sabiduría e inmortalidad, por ello se justifica para él todo la vida claustral que viviera una Santa Teresa, sin ser nuestro autor un gran defensor de lo conventual. Y es aquí donde Unamuno, tan vasco, tan castellano y, sobre todo, tan español, se llena de orgullo por haber sido la Reforma del Carmelo obra de santos españoles: “sí, española fue, y en ella se busca la libertad”. Nuestra mística solo la concibe en el alma de un pueblo como el español, cuya literatura es el vehículo de expresión de estas vivencias y, al igual que en el Antiguo Testamento la poesía del salmo y del canto son las mejores vías para que el profeta nos pueda revelar su arcano, también nuestra lengua se convierte en la madre y camino ideal para transmitirnos el mensaje de las moradas místicas, tan necesitadas de la fuerza de las imágenes, de la expresión y del sentimiento: ” la filosofía española, está líquida y difusa en nuestra literatura, en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística, sobre todo, y no en sistemas filosóficos”. Venera a la santa doctora por su ciencia y su pluma, porque puede extasiarnos una mujer que no solo piensa con el cerebro, sino “con toda el alma, con todo el cuerpo”. De ahí que le subyugue tanto a Unamuno cómo describe esta humilde monja del XVI el gozo que irradia el encuentro con el Amado en sus éxtasis, ” Cuando el dulce Cazador/me tiró y dejó herida,/en los brazos del amor/mi alma quedó rendida;”(Santa Teresa, Poesías, Ya toda me entregué en ti), pues aún en los momentos de mayor arrobamiento, están presentes los sentidos, porque nuestra mística está lejos de “ese amor frío, intelectual, ese goce de pura comprensión, sin el afecto del deleite”, lejísimos también de ese Dios frío, nunca vivido, nunca sentido, traído exclusivamente como pieza imprescindible para apuntalar los sistemas de pensamiento de un Aristóteles, un Spinoza o un Kant. Unamuno agradece que la doctora mística en ese su buscar, sentir y saber expresar la unión del alma con Dios, nos ha dulcificado el paso por un mundo que siempre nos es ajeno por la clara conciencia de su transitoriedad, con la firme certeza de “que creer en un Dios vivo y personal, en una conciencia eterna y universal que nos quiere y nos conoce, es creer en un universo hecho para el hombre”. “¡Y Dios no te de paz y sí gloria!”(Despedida de su obra Del Sentimiento Trágico de la Vida).

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