Ya en la calle el nº 1039

Reparar o sustituir

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

FRANCISCO SANDOVAL / ARQUITECTO

Cuentan que allá por la Antigüedad navegaba un barco que sobrevivió por varios siglos a base de ir cambiando las piezas que se rompían tras hacer frente a batallas y vicisitudes varias. Una vez sustituidas todas las piezas, hubo quien se preguntó: “¿De verdad es este el mismo barco que zarpó el primer día?”.

La paradoja del barco de Teseo nos sigue haciendo reflexionar hoy igual que hace 2500 años, y en el campo de la conservación ha sido recordada en varias ocasiones. La cuestión es hasta qué punto resulta viable reparar la materia original antes que sustituirla.

En más de una ocasión he visto miradas de cierta desconfianza en los edificios antiguos que presentan puntales o apoyos que les dan estabilidad, o vigas de madera reparadas con tirafondos metálicos. Pareciera que la sociedad contemporánea tan acostumbrada ya a desechar aquello que presenta un defecto, no quiere ver edificios con muletas.

Sin embargo, no se puede conservar la autenticidad, si sustituimos sistemáticamente cuando encontramos un desperfecto. Hay reparaciones que dejan una inevitable cicatriz, pero son honestas pues, si algo presentó un problema ¿no es mejor mostrar a las generaciones futuras qué anduvo mal y cómo se trató de solucionar?

El respeto a los elementos originales y las partes auténticas lo recoge la Carta de Venecia y todos aquellos documentos reconocidos por ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), organización asociada a la UNESCO, y es una máxima que debemos seguir al intervenir el patrimonio en la actualidad. No obstante, es un principio que se ha seguido en muchas reparaciones anteriores a estos documentos del siglo XX, y la razón es bien sencilla: la economía de medios.

El pasado verano tuve la oportunidad de participar en un Workshop acerca del patrimonio subterráneo de Utiel, que se compone de grandes bodegas con numerosas tinajas para guardar el vino. Aquellas que se habían agrietado eran reparadas in situ con lañas (grapas metálicas) en vez de cambiarlas por una nueva. Había muchos condicionantes a favor para tomar esa decisión, como el coste o la dificultad de traslado de una nueva tinaja, e incluso la imposibilidad de hacerlo, si el hueco por el que habían sido metidas a la bodega se había cerrado. Se trata de reparaciones en su mayoría muy antiguas y que han resultado solventes hasta el día de hoy.

En Italia es común ver presillas metálicas en columnas de edificios tan antiguos como la basílica de San Apolinar de Rávena que fueron colocadas tras una lesión. En lugares mucho más cercanos las reparaciones periódicas también han permitido la pervivencia del patrimonio arquitectónico, por ejemplo, el casco histórico de Cehegín, que guarda su esencia, imagen y trazado, pues es uno de los que menos han sustituido sus elementos genuinos.

Estoy convencido de que, si miramos atrás, a muchas intervenciones de los años 60 y 70, hay consenso en que fueron perjudiciales. La iglesia de El Salvador de Caravaca perdió su cubierta original de madera al cambiarla por cerchas metálicas, y solo gracias a las fotos que se conservan sabemos el sistema y la forma tan interesante con el que estaba construida. En el castillo de Mula se sustituyeron paños de tapia original de época islámica (y que podrían haber sido reparados por especialistas) por otros de mampostería que desvirtúan su lectura y contexto.

Para cuidar hoy de nuestro patrimonio debemos tener presente que tan desafortunadas fueron esas intervenciones, en las que se cambió el tipo de material, como lo sería en la actualidad el hecho de cambiar un tejado de madera por otro también del mismo material. La cuestión está en la autenticidad, no en la apariencia. Por ejemplo, la mayoría de las cubiertas del antiguo convento de San José en Caravaca, aunque deterioradas, conservan un valor documental y etnográfico incalculable, porque gran parte de sus entablados y colañas fueron cortados y ensamblados con una técnica tradicional que es en sí misma patrimonio a conservar. Los tablones cortados con hachuela o las irregulares vigas nos cuentan una forma de trabajar de la época que se perdería para siempre si las cambiásemos por madera nueva al completo, hoy ya de producción industrial.

La honestidad del acto de reparar se ve hoy respaldado por procedimientos sofisticados, y además es mucho más sostenible que la sustitución. Es intervención mínima que se centra en la resolución de un problema y nos compromete con el debido mantenimiento. Tan en boga está la puesta en valor de antiguos edificios que debemos elegir con cuidado a los especialistas, verdaderos profesionales cualificados que conozcan la técnica y el método.

Recordemos que patrimonio es herencia, y solo se puede transmitir si conservamos su esencia.

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