GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Eso pensé yo cuando la ví en aquella portada ¿quién era esa mujer, vestida de rojo, sentada en un sofá rojo, lleno de cojinesDiana Vreeland rojos y sus labios pintados de rojo?
Un personaje, sin duda… y atrevida.. y rica por supuesto. Porque mi vecina del 5 tiene todo en naranja albero, incluidas las uñas y no sale en la portada del Harper’s Bazaar. La de la portada bien podría ser la protagonista de cualquier novela de J. Scoot FScott Fitzgerald, pero no es otra que la editora más famosa vestida por Prada.
Nació en París, de madre americana y padre británico. «De su padre sacó una reserva puntuada por su apetito por el drama. De su madre, una cazadora y notoria adúltera, un espíritu de conquista», cuenta la periodista Judith Thurman en el libro The eye has to travel (Abrams). Nunca se llevaron bien, una era demasiado guapa para ser madre, y la otra demasiado fea para presumir de hija.
En 1914, toda la familia se traslada a Nueva York y mira tú por donde, la suerte de la fea, la guapa la desea, porque el banquero rico vino a enamorarse de Quasimodo en vez de Esmeralda y se casó con ella. Reed Vreeland le dio la vida que cualquier Anastasia del momento desea, pero sin latigazos: viajes por Europa y EE UU, todo lo que se pudo mantener hasta el crack del 29, que los hizo volver a Nueva York con dos hijos y muchas facturas. Planteo ponerse a trabajar, pero mientras se lo planteaba, no paraba de ir a las mejores fiestas de la ciudad. Fue en una de esas fiestas, donde su traje blanco de encaje llamó la atención de Carmel Snow, por entonces directora de Harper’s Bazaar. Al día siguiente le ofreció trabajo. «Nunca he estado en una oficina, ni me he vestido antes de mediodía», Pensaron en algo que no le afectase tanto. Así nació, en 1936, la columna Why don’t you?, un reflejo de la mente diferente de la autora.

de su carácter. Un carácter despótico con los empleados y con la vida en general, de la que reclamaba la atención que ella misma le prestaba. Según Richard Avedon «Lo que presentaba no era lo que era. Prefería ser percibida como frívola. Trabajaba como un perro, pero no quería que se supiera. Vivió para la imaginación, regida por la disciplina, y creó una profesión nueva. Vreeland inventó la editora de moda. Antes eran señoras de sociedad que les ponían sombreros a otras como ellas».
Diana fue editora de moda de Harper’s Bazaar entre 1936 y 1962. Original, fantastica, déspota, elegante, abundante, exagerada en todo lo que hizo, convirtió las revistas femeninas en un reflejo de lo que ella era: puro espectáculo.
Cuando Carmel Snow se fue, ni siquiera pensaron en ella para sustituirla, así que cogió sus aperos rojos y se fue a Vogue para empezar de nuevo. La revista, poco conocida hasta ese momento, explotó en sus manos como el rojo de sus uñas, como el icono de todo lo diferente que dieron los años sesenta: Mick Jagger, Anjelica Huston, Twiggy o Ve­rushka.
Pero la imaginación tiene un coste, y vogue no pudo hacer frente a tanto derroche, así que en 1972 se vió de nuevo en la calle y en el paro. Pronto fue contratada como consultora del Costume Institute del museo Metropolitano, donde trabajó hasta su muerte el 2 de agosto de 1989.
«Un vestido nuevo no te conduce a ninguna parte. Lo que importa es la vida que llevas con ese vestido».