Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

No es fácil para nadie, a no ser que no le importe caer en el tópico, la superficialidad y la sensiblería patriotera y barata, decir algo con cierto sentido sobre la fiesta del tambor de Moratalla, que sucede, no por casualidad, y seguramente mi amigo Marcial García lo ilustrará dentro de muy poco, en las fechas de Semana Santa, pero con la que tantas divergencias tiene, al menos en el modelo habitual que todos conocemos.


Ni el silencio, ni la solemnidad, ni el recogimiento tienen nada que ver con esta barahúnda de relámpagos y truenos acordados que estallan cada Jueves Santo, cada Viernes Santo y cada Domingo de Resurrección y que parecen, me lo han parecido siempre gritos de protesta, compases de heterodoxia y ritmos exclusivos de la otra Semana Santa, la que no obedece el orden, el equilibrio, el fervor espiritual y el culto a un dios exclusivo y único, porque el toque de los tambores procede, acaso, de un tiempo y de un lugar más lejanos todavía, del origen del hombre y de su cultura, de los ritos ancestrales con que se celebraban el paso de las estaciones y los ciclos de la luna (siempre tenemos luna llena en Viernes Santo y resulta raro que no llueva vez en esta fecha.
Del mismo modo que me aburro contemplando el paso cansino y repetitivo de las procesiones, sea el lugar en el que sea, me embelesan los tambores de Moratalla con su variedad de cadencias dentro de un orden concertado más o menos uniforme e identificable, es decir que cada tamborista toca a su aire, mejor o peor, pero todos tocan de acuerdo a un parámetro regular, único y cercano que seríamos capaces de reconocer en cualquier parte del mundo, porque lo llevamos en la sangre y tal vez sea la figura de nuestros latidos del corazón. Pero hay más, porque ningún tambor es igual a otro, ni en la medida, ni en el sonido, ni el color de las pieles, y, por supuesto, cada túnica es un festival de colores y formas que se asemeja más a un carnaval que a la gravedad funeral de Semana Santa.
Así somos en este pueblo, irreductibles, libérrimos, caóticos, un punto salvajes y primitivos, pero muy auténticos y muy diferentes al resto del mundo, para bien y para mal, claro, aunque ahora estamos en lo bueno, en esa exacta emoción de los palillos contra las pieles tensas, del redoble, sí, pero sin exageraciones y efectismos, porque el toque de Moratalla tiene también sus escuelas y sus tendencias y de un tiempo a esta parte lo único que hacemos es redoblar, como lo hace, por otro lado el músico que porta la caja en una banda, aunque lo nuestro es bastante más difícil, porque las baquetas son dos mazas de cuidado y las pieles no son sintéticas, sino de cabra y de oveja, y todo el proceso resulta más complicado.
Reconozco mi predilección por el toque antiguo, menos florido, menos llamativo pero más sobrio, más verdadero y con mucho más sentimiento, y el arte es sentimiento por encima de la técnica, por encima de todo, aunque necesitemos de la técnica para expresarlo en su medida adecuada.
Escucho los tambores de Moratalla cada año más regocijado, vestido de calle y sumergido en el río de la vida, aunque mi amigo Elías me recuerde con esa repajolera gracia que se gasta que parezco un torero retirado, porque hasta el año anterior toqué el tambor como un rito y como una necesidad, últimamente acompañado de mi hijo, que aunque no ha nacido en Moratalla, le tira la pasión y la sangre como a su padre y tiene buen oído, pues no en balde toca el violín desde hace años.
Si todo esto es algo importante, los tambores, el jolgorio y el ruido bien acordado no puede ser otra cosa que pura emoción.