Mujeres en la historia de Caravaca

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José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Por encargo de la concejalía de la Mujer y Asuntos Sociales de nuestro Excmo. Ayuntamiento, y en concreto a  petición de la activa concejala titular de la misma, Carmen Ruiz Mulero, comparezco ante ustedes en esta tarde en que dan comienzo los actos conmemorativos del Día de la Mujer, en los estertores de este invierno crudo y largo que ha deparado el 2010. No es la primera vez que el Cronista aquí presente interviene en un acto similar, pues ya lo hice cuando se homenajeó a Isabel Bermúdez, nuestra Isabelica la manca, entonces en la Casa de la Cultura, y he de afirmar que es un placer hacerlo ante tan selecto y nutrido auditorio, y además con motivo de una fiesta laica, que nació con carácter reivindicativo, y con el paso del tiempo ha ido adquiriendo tinte festivo, aunque sin perder en algunos lugares su primigenio origen. El deseo de quien les habla es llegar a ver en vida la desaparición de esta fiesta, y ello porque deje de haber diferencias de cualquier tipo (sociales, laborales, económicas etc), que marquen contrastes entre el hombre y la mujer, y que comencemos a ver con total normalidad y sin nada de extraordinario la presencia de la mujer en todo. Cierto es, no nos llamemos a engaño, que la mujer ha luchado mucho a lo largo de la historia reciente, por encontrarse en igualdad de condiciones que el hombre en todos los niveles de la sociedad. Cierto es también, que se ha llegado a derramar sangre de mujeres inocentes, por la consecución de sus derechos; pero cierto es, también, que nuestra generación ha sido la más generosa de la historia con los derechos de la mujer, y que su lucha por conseguir igualarse al hombre, como ser vivo, como ejemplar humano, ya es imparable y muy poco queda, si es que queda algo aún, para que no tenga sentido la celebración de esta fiesta, sino es tan sólo con carácter conmemorativo, y para que las generaciones futuras no crean que todo fue un camino de rosas a lo largo de la historia, hasta llegar al punto en que nos encontramos.

Tras esta reflexión en voz alta, en la que espero estarán más o menos de acuerdo conmigo, mi misión esta tarde es la de presentar el libro que lleva por título Mujeres en la Historia de Caravaca, en el que se recogen breves pero significativas y elocuentes biografías de mujeres que han significado o siguen significando algo en la Caravaca de antes y de ahora. Es cierto que no están todas las que son, pero también es cierto que son todas las que están en el libro, desde los finales del S. XIX a nuestros días. Se trata de un puñado de mujeres que, con su actividad, unas veces de manera pública, y otras en el silencio del anonimato, han colaborado a que la Caravaca de hoy, de la que con sus defectos aún por subsanar, nos sentimos orgullosos, esté a la altura y en la consideración que nos tienen las demás gentes de la región de Murcia y del resto de España. Como su actividad está muy bien explicada a lo largo de las páginas del libro que enseguida tendrán en sus manos, me van a permitir que les traslade algunos de mis sentimientos relacionados con las que ya no están entre nosotros, y por tanto su actividad terrena ya ha concluido; puesto que a las vivas, a todas ellas sin excepción, aun les queda mucho por hacer, y su currículum al servicio de Caravaca y de la sociedad en general, ha de engordar aún mucho a lo largo de los años que les restan de vida, que deseo sean muchos en beneficio de todos. Me propongo, pues, reflexionar en voz alta, recordar para la conversación al término de este acto y en los días sucesivos, anécdotas, vivencias y situaciones que todos ustedes, sobre todo quienes ya van entrados en años, como yo mismo, ya conocen. Por todo ello, perdonen mi silencio las que están vivas y sus familiares y amigos, porque tiempo habrá de hablar de ellas, y recordemos juntos a quienes en otra dimensión, estoy seguro nos escuchan desde el más allá y están presentes hoy entre nosotros.

Poco sabemos los de mi generación, además de lo que dice el libro, de MARÍA GIRÓN. Sí que sabemos que durante muchos años la vieja calle de la Puentecilla estuvo dedicada a su memoria, y que una lápida conmemorativa en la calle del escritor Gregorio Javier, recuerda su paso por la vida como una ilustre dama que dedicó su tiempo y su fortuna a socorrer a los más necesitados. La Madre de los Pobres la llamaban sus contemporáneos. Y, según cuentan, su emblemática figura recorría con asiduidad los barrios más necesitados, ayudando en la medida de sus posibilidades económicas a los más humildes de la población, en tiempos ya pasados, en que no había seguridad social, ni alimento cuando escaseaba el trabajo.

De la MICHELENA, como popular y cariñosamente se conocía a Dª. Dolores Michelena Olano sabemos más- Muchos incluso recuerdan su destartalada figura, siempre con prisa, por las calles de Caravaca. Era natural del país Vasco, de San Sebastián concretamente, de donde  atraída por el halo de la Stma. Cruz, vino viuda a Caravaca, en donde se quedó entre nosotros por amor a un hombre que la encandiló: Miguel Martínez Asensio.

La Michelena es, posiblemente, la primera mujer a quien correspondería denominar FESTERA en el amplio sentido de la palabra. Trabajó sin descanso por y para la Fiesta, escribió sobre al Fiesta y dio ejemplo de entrega militante al mundo de la Fiesta. Dignificó la presencia de los moros y cristianos en el cortejo de la Cruz, sin dejar de lado a los Caballos del Vino. Hace años, recuperamos del olvido al que se la había condenado, gracias a un ciclo de actividades dedicadas a su persona y obra, organizado por el Centro de Estudios Históricos e investigaciones locales de la región de Murcia. Luego se escribió largo y tendido sobre ella y, gracias a la gestión de la concejala Carmen Ruiz Mulero, hoy tiene dedicada una calle a su memoria. Seguro que su familia, de haber sabido el interés que con los años tendría su vida y su obra para los caravaqueños, no se habría llevado sus restos mortales a Euskadi, como hicieron, en silencio, hace ya años. Recuerdo, y seguro que muchos de ustedes también, que el día en que se inauguraba el ciclo de actividades culturales a ella dedicado por la institución mencionada, el alcalde Domingo Aranda llegó con demora al acto. Cuando se hizo presente, su semblante rezumaba satisfacción. En su intervención nos dijo que su tardanza había estado motivada por la formalización con el ministerio correspondiente, de la declaración de Fiestas de Interés Turístico Internacional, de nuestras Fiestas de la Cruz. Seguro que la Michelena se removió esa tarde en su tumba, ilusionada y satisfecha a la vez. Feliz coincidencia la de aquella tarde, en que se desempolvaba su memoria de la alacena del olvido y nuestras Fiestas de la Cruz eran consideradas al más alto nivel en la consideración turística europea.

La brevedad que se me impone, no me permite extenderme en la preocupación de la Michelena por el barrio de Santa Elena y su ermita, que los habitantes del lugar conocen perfectamente.

De SOR EVARISTA, la Madre Sor Evaristo como le llamábamos sus alumnos, guardo especial recuerdo, como muchos de ustedes, seguro que también lo guardan. Su evocación, particular o públicamente, siempre se hace con ternura, respeto y agradecimiento.

De figura menuda y arrugada por los años, fue maestra de primeras letras de tres generaciones de caravaqueños, entre los que se encontraron mi abuela Herminia Cuevas, mis padres y yo mismo junto a mis dos hermanos. En el libro se hace alusión a su peculiar forma de enseñar, en tiempos en que la docencia era muy diferente a la actual. Recuerdo, e insisto, en que muchos de ustedes también, sus REMENIONES cuando nuestro comportamiento infantil no era el adecuado. La CHASCA, con la que hacía el silencio y atracaba las pautas de actuación. La BANDA con que premiaba, cada sábado, (pues había clase los sábados, incluida la tarde de los mismos), a quien mejor se había portado y mejor había cumplido con los deberes escolares. La SOTANA azul, de monaguillo, con que vestía, durante los días del mes de mayo, a quien de nosotros aportaba el más vistoso ramo de flores para el altar de aula, dedicado a la Virgen durante ese mes a Ella dedicado.

Recuerdo, y ello se destaca también en el libro, la cucharadita de AZUCAR con que premiaba el estímulo en la presentación del trabajo diario, y cómo los demás abríamos la boca a la vez que el premiado, esperando ser los mejores al día siguiente, y conseguir aquel dulce premio.

Y recuerdo, finalmente, cómo, para salir al baño, había que pedirle una pequeña pelota de goma (que constituía el salvoconducto para salir del aula), la cual entregábamos a quien hacía de portero, franqueando el paso a quien se la entregaba y a nadie más por orden de la religiosa y maestra.

No puedo dejar de recordar cómo entrábamos al aula, en fila, a las 9 de la mañana y a las 3 de la tarde. Quien lo hacía después de manera impuntual, desde el dintel de la puerta cantaba a voz en grito: Ave María Purísima. El resto del aula contestaba: Sin pecado concebida María Santísima. El alumno impuntual seguía cantando: Se puede pasar. Y el resto respondía: Adelannnte. Finalmente el alumno tardón decía, elevando aún más la voz: Viva Cristo Rey. Y los demás respondíamos: Viva.

De DOÑA GUILLERMA muchos de nosotros tenemos la primera percepción al llegar a este mundo. Comadrona de profesión y vocación, nació en Águilas, pero optó por Caravaca cuando pudo decidir, y aquí dejo su obra, su familia y su recuerdo.

Su gran corpachon, siempre vistiendo (seguramente por alguna promesa) el hábito del Carmen (cosa muy usual en los años de su actividad física entre las mujeres españolas), era habitual en la calle, siempre con su maletín de curas en la mano.

Su presencia era requerida, desde su domicilio en la C. mayor, a todas horas del día y de la noche, pues los partes, entonces como ahora, no siempre se presentan en horario laboral.

De semblante y aspecto bondadoso, poco dada a la cháchara ni a la lisonja social. Ausente siempre de los saraos sociales y festivos, fue siempre una mujer volcada completamente al trabajo y a la labor social, facilitando incluso que algunas familias comieran el día de su presencia en hogares donde reinaba la pobreza. Nunca puso mala cara cuando se requería su presencia en el domicilio de una parturienta, en la ciudad o en los pueblos y aldeas del campo, a altas horas de la madrugada. Siempre tuvo una palabra amable y de ánimo para la madre durante el parto. Jamás se exasperó con nadie ni pronunció una palabra más alta que otra.

Doña Guillermo era, en la ciudad, tan conocida como el Castillo o el sonido de la Campana Mayor del Salvador. Y, como acabo de decir, apacible imagen la que primero percibieron los ojos de muchos caravaqueños de tantas generaciones, al llegar a este mundo.

De doña ASCENSIÓN ROSEL se podría escribir un libro de muchas páginas. Sus alumnas cuentan y no acaban sobre ella y sobre su actividad como docente y también como maestra de la vida. Siempre ubicada en la calle de las Monjas, fue durante muchos años figura imprescindible en aquel espacio urbano donde vivió y desarrolló parte muy importante de su actividad profesional y humana.

Mujer enérgica a la par que bondadosa, para quien no había límite ni frontera entre el día y la noche, poniendo a disposición de los demás cuantos talentos le había concedido la naturaleza.

Durante el horario laboral enseñaba a sus alumnas en lo que se denominó durante lustros la Escuela de Doña Ascensión que, como se afirma en el libro que hoy presentamos, se ubicaba en la actual Casa de la Cruz, otrora destartalado palacio de la familia Muso Muñoz de Otálora. Y cuando concluía el horario lectivo daba comienzo el otro horario, sin hora de conclusión, en el que enseñaba a bordar, habiendo creado una escuela de bordadoras locales que ahí están, con sus nombres y apellidos, integradas en el seno de la sociedad actual. Si hubiera que mencionar a una persona, como discípula predilecta de Doña Ascensión, me viene al pensamiento y también a los labios el nombre de Delfina Clemente, quien, agradecida, cada vez que se le menciona su nombre, se le humedecen los ojos a su recuerdo.

Devota Dª. Ascensión de la Virgen del carmen, tuvo el privilegio de morir un 16 de julio y presentarse a la Madre del Cielo en tan emblemática fecha. El comentario generalizado del pueblo ese día identificó su muerte con el encuentro con la Madre de Dios en fecha tan señalada, mientras por las calles del barrio del Carmen, tenía lugar la procesión anual con la imagen de la Virgen.

Me referiré a continuación a MARAVILLAS MARÍN FUENTES,a quien hace muy poco tiempo dediqué una página en EL NOROESTE, y de quien también haría falta un libro para comentar su actividad, siempre al servicio de Caravaca, desde su propio planteamiento ideológico y desde la coherencia con sus pensamientos políticos.

A Maravillas se le ha vinculado siempre, con toda razón, a la Sección Femenina. Tanto es así que ni se concibe a Maravillas sin la Sección Femenina, ni a la Sección Femenina Caravaqueña sin Maravillas

Su imagen, siempre presente en los acontecimientos públicos locales era habitual y un tanto destartalada en su aspecto. De personalísimo andar, voz sonora, amiga de todos sin distinción de clase social ni pensamiento político, siempre presumió de su amistad con Paco Liceo, de quien le separaba ideológicamente todo un sin fin de kilómetros, y con quien compartía a diario gratos ratos de charla en su librería de la Gran Vía.

Luchadora empedernida por la formación y promoción de la mujer, y también por la defensa de sus derechos, desde el lugar y el momento histórico que le tocó vivir, fue la impulsora de las denominadas Cátedras Ambulantes, que llevaron a los más alejados lugares desde normas de higiene personal hasta la formación intelectual.

Junto a un equipo de mujeres dispuestas a la lucha contra la marginación social, rescató del olvido el folclore popular de la Comarca Noroeste de la Comunidad de Murcia, y en concreto del término municipal de Caravaca. Propició el funcionamiento del Círculo Medina, instalado en la Plaza del arco, sobre el cuartelillo de la Policía Municipal, en el que tuve la oportunidad de colaborar con ella en la organización de exposiciones de mujeres pintoras locales, en los años setenta, junto a mi amigo Luís Miguel Orrico. En su mente no hacían más que bullir ideas y proyectos, siempre encaminados a la promoción de la mujer.

Su disponibilidad al bien común fue meta de aspiraciones en su vida, compatibilizando todo con su labor docente, de cuyo éxito dan fe sus antiguas alumnas, hoy venerables madres y abuelas caravaqueñas.

Cuentan de Maravillas que, en cierta ocasión en que hubo dificultades para formar una terna para el nombramiento de alcalde, cuando ello se hacía por el Gobernador Civil, antes de la llegada de la Democracia a nuestra sociedad, afirmó rotundamente ante el Concejo: Si no hay hombres en Caravaca que quieran servir al pueblo como alcalde, aquí hay una mujer dispuesta a ello. Ignoro la veracidad de tal afirmación y en el contexto histórico en que la situación aludida tuvo lugar, pero ello es significativo de su vocación social al servicio de Caravaca.

Finalmente me referiré a mi profesora de Historia, DOÑA ENCARNA, Encarna Guirao García, maestra de maestros, que ejerció la docencia en el viejo Colegio Cervantes de Los Andenes, y luego en el Instituto de Bachillerato San Juan de la Cruz.Que enseñó la Historia a varias generaciones de alumnos, y no sólo desde el punto de vista de una asignatura más del currículum académico, sino enseñándonos a interpretarla y sacar conclusiones de la misma, motivándonos a la investigación.

Al margen de la docencia, de Doña Encarna hay que afirmar que formó parte del círculo de intelectuales locales, no muy numeroso por cierto, con los que, durante la posguerra se contó para todo en la vida caravaqueña. Entre otros muchos recuerdos de ella, me viene a la memoria la tertulia callejera que, a las puertas de su domicilio, en la calle del poeta Ibáñez, muy cerca ya de la Glorieta, se reunía durante las noches de verano para hablar de lo divino y de humano cuando las calles de la ciudad eran todavía de los transeúntes, antes de ser tomadas por los vehículos que las convirtieron en almacenes permanentes de chatarra, y peligro para aquellos.

De la familia conocida popular y cariñosamente por los Coloraos, Doña Encarna dejó su huella en sus alumnos, quienes la recordamos con respeto y admiración.

El libro que van a tener en sus manos enseguida, trata de otras muchas mujeres, aún por fortuna vivas. A quienes queda mucho por hacer en y por la sociedad local; por lo que, como antes dije, no me voy a referir a ellas. Tiempo habrá de hacerlo en el futuro, por este u otro cronista.

La iniciativa de la Concejalía de la Mujer y Asuntos Sociales de nuestro Ayuntamiento, es muy loable al publicar este libro que habla al futuro de un pasado y un presente que es el nuestro. Con sus luces y sus sombras peo el nuestro y el de nuestros hijos.

Animo a la Concejalía organizadora de este acto y mecenas del libro, a seguir en la línea de actuación abierta, para que en años sucesivos siga publicándose la biografía de otras personas, mujeres en este caso, que en el pasado dedicaron parte de su vida y de su actividad a Caravaca, y lo hacen en el presente para un porvenir que esperamos y deseamos mejor que el que a nuestra generación ha correspondido vivir.

No quiero terminar sin recordar una efemérides de la que he tenido noticia esta misma mañana, y que viene muy bien recordar en estas fechas en que se conmemora el Día de la Mujer. Este año 2010 se cumple el centenario de la Real Orden de 8 de marzo de 1910 que autorizó el acceso de las mujeres a la Universidad Española, a poco de ser nombrada Consejera de Instrucción Pública Emilia Pardo Bazán. Antes de esto, sólo 36 mujeres habían logrado en España una licenciatura, tras superar barreras que incluían la autorización por el Consejo de Ministros, disfrazándose de hombres, como hizo Concepción Arenal, para estudiar Derecho en la Universidad Complutense. Como ven, las cosas han cambiado, para bien, con el paso del tiempo.                     

 

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