ANA MARÍA VACAS MARTÍNEZ-BLASCO

Quizás no debería ser yo la que realizara este artículo, debido al parentesco que me implica con la persona a la cual realizo la reseña; o quizás sí, pues también conozco otra cara de Mercedes, diferente a la que pueda tener una persona ajena a la familia, (con el permiso de Juan Fernández que fue siempre su mentor en el ámbito periodístico, al cual ella admira y en el que confía plenamente .
Me recuerdo diminuta, sentada en el suelo de la salita de estar de la casa de mi abuela María, escuchando atentamente las fascinantes conversaciones, que para una niña de mi edad eran como habladas en otro idioma, pero me gustaba escucharlas, observar las facciones de las cuatro hermanas riéndose de las innumerables bromas que continuamente gastaban: Eran cuatro mujeres y dos varones, pero el territorio de la salita era lugar exclusivamente femenino( incluso mis propios hermanos se abstenían de entrar , no lo entendían como un lugar mágico, sino aburrido; el concepto masculino de la vida los diferenciaba). Allí cada una de ellas trabajaba en su faceta creativa, todas poseían algo por lo que reconocerlas. Mientras se realizaban labores de todo tipo, una leía un libro que todas escuchaban; entre costura y lectura, la merienda, momento en que la distensión se hacía evidente mojada magdalena en leche. Parece una estampa común de esos años por lo costumbrista, pero me encantaba saborear ese ambiente na un tiempo tan particular; allí se fraguaban numerables proyectos, cada cual más apasionado: Así empecé a ser atrapada por esta manera de soñar, aprender y disfrutar los momentos familiares de las Valdivieso.

Viven en mi esos recuerdos infantiles en los cuales siempre veía a mi tia Mercedes rodeada de lápices, carboncillos, pinceles; me asombraba enormemente su maestría para plasmar con precisión los dibujos iniciales, los bocetos que luego desarrollaría en su obra. Ella posee ese don natural que le hace ser una maestra del dibujo de manera autodidacta, pero sin dejar de preocuparse durante toda su vida de aprender de su propio trabajo llegando a conseguir un realismo absoluto en todos sus retratos.
Sus padres, valorando su destreza decidieron darle la oportunidad de que viajara siendo adolescente a Madrid para ser copista en el Museo del Prado, viviendo durante un tiempo en una residencia, donde conoció muchas otras personas destacadas en otras disciplinas artísticas y musicales, el sueño de todo artista. Mi abuelo José no era una persona adinerada pero sí consciente y amante de todo aquello que estuviera relacionado con la cultura; sus horas de recreo las pasaba leyendo obras de Historia, enciclopedias, diccionarios, siempre lo podías observar con un libro entre sus manos, por ello para Mercedes no fue difícil conseguir viajar a Madrid a mejorar su formación pictórica, muestra de ello quedan sus magníficas obras copiadas a tamaño natural que alberga en su casa, un regalo para cualquier persona que pudiera poseerlas.
Cuando se casó, después de realizar muchas obras donadas para diversos actos públicos, sin darse cuenta ella misma eligió ser madre antes que pintora delegando esta faceta a un segundo plano, aunque siempre sin parar de realizar encargos que desarrollaba en el poco tiempo que sus cuatro hijas dejaban para ello. Admirable, pues la cantidad de obras realizadas y mostradas en sus innumerables exposiciones reflejan que por encima de sus obligaciones siempre estaba su faceta artística que aún con su edad continua realizando con precisión irreprochable.
Es evidente mi admiración, mi respeto por mi tía Mercedes, amante de su familia y esposo Juan Anselmo Olivares, pero sobre todo por la artista que lleva dentro. Incansable, reconocida en numerosos medios como un icono de la pintura realista murciana, ejemplo de constancia y saber hacer para todas las personas que estamos a su alrededor: sus hijas, sobrinas y amigos, a las cuales, dentro y fuera de nuestra familia se nos ha enseñado a amar la cultura, el arte e intentar entenderlo dentro de la sociedad en la que sobrevivimos.