Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Le da la impresión a uno de que el tiempo lo va complicando todo. Crecemos, adoptamos ambiciones ajenas, entramos en el fluir general de la gente, en lo que nuestros padres han querido para nosotros, quizás porque, si de nosotros dependiera, no tomaríamos ni una decisión durante años y permaneceríamos varados en una permanente atonía que no habría de llevarnos a parte alguna. Pero lo cierto es que con los años todo  aquello que resultaba fácil: vivir al día, jugar por las tardes y en los recreos, bañarse en los veranos en La Puerta o en las balsas de la huerta, comerse la merienda sin temor a engordar, destrozar aquellos bambos elementales y baratos a fuerza de carreras alocadas por la Calle Curato o por la Calle Castellar y puntapiés certeros a los viejos balones rotos de goma, levantarles la falda a las chicas y holgazanear durante horas en los poyos y en las baldosas del barrio, contarnos historias los unos a los otros encaramados en las cornisas de las Torres del Castillo o al borde del terraplén con vistas espectaculares a la sierra y a la huerta, matar el tiempo hasta altas horas de la madrugada con un par de familiares frías que nos vendía la Ascensión del estanco, dejar que el vértigo de un cielo lejano y estrellado fuera apoderándose de nuestra sensibilidad de adolescentes curiosos, porque al día siguiente y al otro y en el plazo de unos meses o de unos años todo permanecería igual, intacto, e incluso en algunos aspectos mejor, pues, por entonces, como cantaría años después Serrat, la vida nos besaba en la boca cada mañana y no teníamos nada que temer, aún.

Éramos inocentes y el tiempo no nos había cambiado todavía, los sueños permanecían incumplidos y eran posibles; porque, al fin y al cabo, uno vive de eso, de los deseos que tal vez nunca llegarán a materializarse, pero en nuestra cabeza sucedieron una vez y nos hicieron un poco felices.

La lección del tiempo es triste. El amor nos arrasa en nuestra primera juventud y casi nunca se acomoda a nuestros anhelos, es posible que pasemos de una a otra, que conozcamos a muchas y que en innumerables instantes consigamos algo parecido a la felicidad, pero un día u otro el sueño se desvanece y emergemos al tráfago tedioso de los días, porque de mayor se complica todo, aunque ahora dispongamos de algo más que aquellos dos reales con los que nos comprábamos dos polos de limón en la tienda de la María del Ginés o vayamos a la playa cada verano y nos instalemos en un hotel de muchas estrellas, que nunca serán tantas como las infinitas que nos cubrían cada noche en la Plaza de la Iglesia en las Torres, mientras hablábamos de muchachas, de los juegos del día o de las faenas del campo que nos aguardaban al día siguiente.

El caso es que entonces estábamos insatisfechos, porque nos faltaba todo, porque todavía no habíamos empezado a vivir y nuestra opinión no contaba en lugar alguno. Por no tener no teníamos ni siquiera un coche de segunda mano que nos levara a las fiesta del pueblo de al lado ni dinero para gastar en la fiesta, ni muchachas con las que divertirnos en el baile, ni casa propia a la que volver después, a las tantas de la madrugada, cargados de alcohol, riéndonos por cualquier cosa y es posible que hasta felices.

Hoy se ha ido todo eso. Nos hemos quedado solos con nuestras responsabilidades de mayores, nuestros trabajos que apenas dan para vivir y, en ocasiones, junto a la mujer equivocada, porque aquellos cuentos de nuestra infancia no tenían siempre un final feliz.

Nos reconcilia, al fin, aquella frase de Clint Eastwood en Los Puentes de Madison: Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido.