Ya en la calle el nº 1032

“Los dos sabemos que vinimos a contar nuestra historia, nuestras historias, y que después nos iremos como si tal cosa”

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Nuestros colaboradores, Rubén Castillo y Pascual García, nos permiten en esta entrevista, ahondar en su obra y vida.Rubén Castillo y Pascual García (fotografía de Toñy Riquelme)

Rubén: Te conocí a finales de noviembre de 1990, en un encuentro de escritores jóvenes que se celebró en Cieza. Recuerdo que llevabas un foulard de color plateado al cuello y que, cuando leíste, me di cuenta de que estabas muy por encima de los demás…
Pascual: Recuerdo que en un debate sobre escritores y lecturas preferidas te referiste a Julio Cortázar y a una de sus novelas más enigmáticas, “62, modelo para armar” y en ese momento yo supe que eras un lector atípico, lo que me llevaba  a suponer que tu literatura sería también especial…
R.: ¿Qué queda en ti, como escritor, de aquel muchacho de 1990? Porque a los cuentos y la poesía que cultivabas entonces has unido después los artículos periodísticos, el ensayo, la novela, las conferencias…
P.: Tengo la impresión, no sé si para bien o para mal, de que sigo siendo la misma persona y de que me sigue interesando el mismo tipo de literatura; he profundizado en mis lecturas y en mi vida y creo seguir  profundizando en mis libros. Mi única obsesión continúa siendo el ser humano y su condición torcida. Recuerdo que por aquel tiempo tú eras un escritor premiado, muy joven y muy brillante y que llevabas cierta aureola de narrador poderoso, pese a tus pocos años. Has publicado desde entonces un buen puñado de libros, ¿cuánto de todo lo que deseabas ya se ha cumplido?
R.: Realmente, todo se ha cumplido en su esencia. Yo quería escribir libros y que fueran publicados. Nada más que eso. No soñaba con premios o con otro tipo de reconocimientos. La mayoría de la gente se queda en el cementerio, pero yo desde niño soñaba con la idea de quedarme en las bibliotecas. Me parecían mi lugar natural. El paraíso. Tengo 47 años y he publicado 13 libros. Me siento feliz por la indulgencia que han demostrado conmigo lectores y editores. Pero tú has publicado también mucho desde 1990. ¿Algún género predilecto? ¿Algún libro tuyo por el que sientas debilidad?
P.-  Como siempre, tienes razón en lo que dices, es verdad, la mayoría se queda bajo tierra, y los escritores, los artistas tenemos la opción de legar una parte de nosotros a quienes sientan curiosidad y se acerquen a nuestras obras, pasen las páginas de un poemario o se atrevan a leer una de nuestras novelas. Como tú, me siento un privilegiado por haber podido editar una docena de títulos desde entonces y que la crítica especializada, algunos lectores y gente a la que le otorgo  toda mi credibilidad hayan disfrutado y hayan escrito palabras de elogio sobre ellos. No sabría decirte qué libro preferiría; tal vez el primero, el libro de cuentos “El intruso”, o el último, el poemario, “La fatiga y los besos”. Reconozco que tu labor como novelista ha sido la faceta más constante en tu obra, pero has publicado cientos de artículos en prensa y otros tantos de crítica literaria, has dirigido un programa de radio y has intervenido en televisión. ¿Te quedas con alguna de estas vertientes en particular o todo te enriquece como escritor?
R.: Me enriquece todo. O procuro que lo haga. Pero tengo que reconocer que, en la actualidad, me siento mucho más inclinado a la novela que a otros géneros. Me permite jugar más largo y más hondo, dibujar a los personajes con muchos más matices, trazarles vidas y traumas… Pero eso no me hace renunciar a lo que para mí es prioritario: comunicar con los demás, ponerles ante los ojos una buena historia. He escrito obras con intención psicológica y hasta lírica, pero me parece que ahora me voy a adentrar por otros caminos. Creo que un novelista sí que puede planificar ese tipo de cosas. No sé si será posible en poesía. Tú has compuesto una poesía excelente. ¿Cómo acuden a ti ese lenguaje y esos temas?
P.: Tú sabes que ambos escribimos porque sentimos la vida de un modo particular y porque la palabra es nuestro mundo y nuestro modo de vida. Ambos sentimos y pensamos con palabras, y no con cualquier palabra, sino con palabras literarias. Tú hilas una trama, piensas en un personaje, trazas unos apuntes de un lugar o de un tiempo sin una conciencia exacta de lo que estás haciendo, un poco a oscuras, tanteando, como quien juega y, de repente, sale un capítulo y, tal vez, solo tal vez, ya tengas una novela en ciernes o, en otro caso, el fermento de un relato. A mí con la poesía también me ocurre un poco esto. Procuro, como decía Cela, que la inspiración, si viene, me pille sentado a una mesa y delante de un ordenador. Yo te he venido observando todo este tiempo desde nuestro encuentro hace más de veinte años y te reconozco un personaje  barroco, chispeante, locuaz y de una retórica deslumbrante; dominas la conversación, improvisas un discurso con una facilidad pasmosa y seduces a quien te rodea; por eso eres un gran profesor y me doy cuenta de que dominas el lenguaje de la Red, como si en este gran espacio comunicativo hubieses encontrado tu lugar de hombre que maneja con brillo el idioma; mi pregunta es: ¿cuánto de bueno aportan las nuevas tecnologías de la comunicación a tu quehacer literario? Y no puedo olvidarme de una de tus novelas más recientes, “Las hogueras fosfóricas”.
R.: La tecnología me aporta rapidez. Yo pienso mucho más rápido que escribo, así que el teclado del ordenador me permite moverme a más velocidad. Raramente escribo ya a mano. Pero para la lectura prefiero la tecnología del papel: tocarlo, olerlo, pasar las páginas una a una. No me entusiasman precisamente los ebooks. ¿Tú tienes uno?
P.: No tengo tampoco, pero admito que no podremos luchar contra la comodidad y la economía, la necesidad de ganar espacio, ese mismo que tú y yo hemos invadido con millares de tomos, y que más temprano que tarde nos acostumbraremos a la revolución de las pantallas. Ahora recuerdo que fuiste tú quien me convenció, por fortuna, para que adquiriera un ordenador a principios de los noventa, y no me he arrepentido nunca.
Me alegro de haberme encontrado contigo en este nuevo espacio que compartimos, como hemos compartido tantas cosas: libros, editoriales, noches de café y tertulia y carcajadas y amigos. Veinte años después seguimos luchando ambos por decir lo que todavía no hemos dicho. Hay quien ignora por qué está aquí y necesita de falsos misticismos y filosofías de poca enjundia, pero los dos sabemos que vinimos a contar nuestra historia, nuestras historias, y que después nos iremos como si tal cosa. Un abrazo, hermano.
R.: Que sean dos.

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