Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Tenía ocho o nueve años, ya lo he contado alguna vez, cuando mi vecino Jesús, El Caramelo, me regaló mi primer libro, una colección de relatos titulada Flores sin espinas, de Lorenzo F. de Retana. Por fortuna se encontraba entre los libros que no han sucumbido a la última inundación de Murcia, entre otras cosas, porque no ocupaba los estantes más cercanos al suelo, puesto que el agua entró en todos los bajos y subió al menos un palmo, así que todo lo que estaba a esa altura hubo de mojarse ineludiblemente, entre otras cosas, todos los volúmenes que yo había colocado en las baldas de abajo y los que había en cajas apoyados en el suelo y que servirían como regalo para algunos amigos y conocidos, pues tengo a mucha honra no ganarme la vida con la palabra escrita y, a cambio, distribuir entre la mayor cantidad de personas ejemplares de todos mis títulos. Por supuesto que también se mojaron otros libros muy queridos para mí, como los siete magníficos volúmenes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y algunas docenas más que todavía no he contabilizado, de una colección que fui comprando con mucho esfuerzo y mucho cariño durante más de cuarenta años y que casi alcanzaba los diez mil títulos.

Todavía no me he recuperado de su pérdida. Todavía no he hecho el recuento definitivo de los caídos en el combate. Siempre fueron los peores enemigos del papel el fuego y el agua. Yo los tenía resguardados en mi biblioteca, a salvo de cualquier intemperie, pero de repente el agua entró por debajo y los mojó con saña y a traición.

Me queda el alivio de haberlos leído todos, algunos en varias ocasiones y la certeza de que el papel no duraría para siempre, pues más de sesenta años resulta una cifra casi inalcanzable para la escasa calidad con la que ahora se editan la mayor parte de los libros. A pesar de eso, las paredes de mi despacho estaban forradas con mis sueños de toda una vida y, de momento, tengo que armarme de valor y volver al campo de batalla para llevar  a cabo el último y definitivo cómputo de bajas.

Yo he sido siempre un pésimo bibliófilo y un buen lector, tal vez porque lo que me interesaba en realidad del libro era la emoción que contenía, así que me he ido limitando a acumularlos conforme los devoraba más o menos ordenados sin una catalogación precisa hasta perder casi la noción  de su número y la estructura de su  orden.

Todo este tiempo lo he dicado a guardar el duelo de una pérdida que he sentido con mucha intensidad, mientras  se iban secando a su aire y algunos adoptaban deformidades producidas por la humedad. Tengo que volver a revisarlos, tengo que buscar aquel primer libro, el alfa de mi biblioteca y de mi existencia lectora. Echo de menos las obras completas de escritores tan queridos para mí como el uruguayo Juan Carlos Onetti, el norteamericano William Faulkner o el jienense Antonio Muñoz Molina.

Para colmo de adversidades ya no vivo en la misma casa que ellos, porque mi reciente separación me ha deparado un lugar diferente, pero entre mis proyectos de futuro se halla el de una biblioteca que ha de disponer de un   sitio para los libros que pueda salvar al fin y para los que vayan a venir después hasta el punto de que esta pequeña contrariedad acabe siendo tan solo una anécdota borgiana, digna de una fábula literaria. A lo mejor descubro que se me han mojado los libros que debía haber eliminado desde el principio o que el temporal ha obrado al modo de aquel célebre escrutinio de El Quijote llevado a cabo con ciertos libros de caballerías por los amigos del insigne hidalgo.

Vendrán más libros sin duda y seguiré celebrando con gusto la ceremonia gozosa del enigma de las palabras.  Pasará el disgusto del agua y el tiempo atenuará el dolor. Pero nada ni nadie me impedirá seguir con el empeño placentero de la lectura.