Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Una de las más destacadas delicias gastronómicas caravaqueñas son sin lugar a duda sus afamadas “Yemas”. Consideradas como uno de sus dulces típicos, poco sabemos de su historia y arraigo en nuestra población, por lo que en estos días previos a la navidad, en los que este tipo de productos adquieren un protagonismo especial, he intentando hacer algunas averiguaciones, aunque con escasos resultados, como se verá más adelante.
Las “Yemas”, como es sabido, es un exquisito manjar elaborado con yemas de huevo y azúcar que, con algunas variantes encontramos en diferentes lugares de España. Aunque se le atribuye un origen árabe o morisco, no parece ser este el de su variedad caravaqueña, si bien es cierto que en su momento la presencia de este grupo de población fue muy numerosa, alcanzando su cota más elevada en 1603 en que llegaron a constituir la cuarta parte de los vecinos de Caravaca. Por otra parte, la tradición relaciona este producto con la repostería conventual pero, aunque en nuestra ciudad existieron dos conventos de religiosas, tampoco parece probable que fuera esta su procedencia.


Entonces… ¿cuál pudo ser? Un posible indicio lo encontramos en su elaboración e ingredientes, ya que solo se utilizan las yemas de los huevos, desechándose las claras, lo que puede indicar su relación con obradores de confitería, donde se podrían aprovechar en otras preparaciones, salvo que se utilizasen para otra cosa distinta. En este sentido hay que señalar que en ciertos lugares, algunos relativamente cercanos, se usaron para la clarificación del vino, lo que sucedía cuando la cosecha resultaba turbia, bien como consecuencia de la mala vendimia, elaboración defectuosa o de algún accidente ocurrido durante el proceso. En estos casos las claras se añadían al vino para mejorar su aspecto, consiguiendo aumentar su brillantez y transparencia al separar todas sus impurezas. Aún considerando la importancia del vino en la economía local durante varios siglos, no creo que este fuera tampoco su origen. Así pues, a tenor de todo lo expuesto, sospecho que este producto se generó en las distintos obradores de confitería que abastecían a la elegante sociedad caravaqueña, de cuya existencia hay constancia documental al menos desde el siglo XVII, comercializándose de manera mas intensa a partir de los años centrales del siglo XIX.
Como ya se ha dicho, en España hay varias elaboraciones, siendo las más célebres las de Santa Teresa en Ávila y las de San Leandro en Sevilla; sin embargo, existen diferencias más o menos evidentes según los casos, que constituyen la nota diferencial de cada una de ellas, siendo en el caso de Caravaca la ausencia de especias, frutas o cualquier otro ingrediente distinto a los citados, y sobretodo la cobertura de caramelo, que las hacen diferentes y únicas.
Siguiendo la hipótesis formulada, las “Yemas” elaboradas en los obradores caravaqueños tuvieron que tener durante mucho tiempo un consumo exclusivamente local, extendiéndose progresivamente su conocimiento, bien fuera durante la visita de forasteros a nuestra ciudad o mediante su obsequio, ya que desde antiguo este dulce se convirtió en uno de los regalos preferidos por los caravaqueños para cumplimentar a sus amistades y conocidos. Un ejemplo de este proceder lo encontramos en el que es el testimonio más antiguo que conozco y que proviene del actor Emilio Thuillier, a quien está dedicado el teatro de nuestra ciudad. En una entrevista publicada en el “Heraldo de Madrid” el 11 de febrero de 1917, el célebre actor recuerda como conoció esta exquisitez durante su primer viaje a Caravaca, realizado en su época estudiantil, es decir entre 1885 y 1890, invitado por el caravaqueño Eduardo Mata, con quien compartía hospedaje en Madrid, resultándoles tan excelentes que a partir de entonces comenzaron a serle regaladas regularmente por su amigo, demostrándolo al ofrecerselas al periodista durante la entrevista: “Pruebe usted estas yemas de Caravaca. Verá usted que pueden competir con las de San Leandro”.
La referencia publicitaria más antigua que conozco está datada en 1901 y corresponde al anuncio de la Confitería de Juan Martínez Ibáñez, ubicada en la Calle Mayor (esquina a la Canalica), publicado en el semanario local “El Siglo Nuevo”, en el que junto a su autocalificación como “La casa más antigua, la que mejor elabora sus productos y la que más barato vende”, detalla que tiene “como especialidad los turrones de almendra y las sin rivales yemas acarameladas”. A partir de esta fecha es relativamente habitual su publicidad en las publicaciones locales. Así en 1914 encontramos la Gran Confitería de Felipe Sánchez Guerrero en la Plaza de la Constitución, hoy del Arco, con “las clásicas yemas”, en 1922 la Confitería de José María Rodríguez en la Calle Mayor, entonces de García Alix, con “la célebre yema caravaqueña” y en 1925 “La Royal” con sus “dulces yemas” y la Gran Confitería de Cecilio Jiménez, también en García Alix, donde aparece ya la expresión “Yema de Caravaca”, que terminaría por denominar el producto, indicándonos asimismo su difusión más allá del ámbito local, al tiempo que la diferencia y distingue de otros productos similares.
Estos años son también en los que comienzan a popularizarse sus cualidades fuera de los límites de nuestra ciudad, en lo que jugó un papel importante la prensa regional. En noviembre de 1919, “El Liberal de Murcia” le dedicó elogiosos comentarios en un artículo titulado “Dulce exquisito”: “las ricas yemas de Caravaca, tan anchas, tan brillantes y tan dulces”. Al año siguiente, encontramos otro ejemplo en algunos versos de una composición poética publicada el 13 de junio en “La Verdad de Murcia”: “yemas labradas con mieles / por diosas caravaqueñas: / tómalas, serán pequeñas, / pero sabrán á quereles. / Paladead su sabor; / encantaos con su color: / son gotas de luz da España, / de esa luz que al mundo baña / con matiz encantador”. Aunque hay varias muestras más, concluiré con la reseña del texto publicado en “La Verdad de Murcia” el 2 de diciembre de 1921, en donde se comparan sus cualidades con las de la ciudad de procedencia: “Famosas y dulcísimas son tus yemas áureas, si: pero mas famoso, dulcísimo y áureo es tu corazón”.
Durante los últimos años de la década de 1920 y primeros de la siguiente, la producción fue en aumento surgiendo las primeras marcas comerciales. En el programa de las fiestas patronales de 1930 encontramos la publicidad de “La Pilarica” creada por el referido Juan Martínez Ibáñez y “La Alegría de la Huerta” del también citado José María Rodríguez, ampliándose la nómina posteriormente con “La Paz”, con sede en la Plaza del Arco. La popularidad fue ampliándose, llegando a poder degustarse hasta en la capital. El diario “Levante Agrario” publicó en su edición del 27 de noviembre de 1929 un artículo dedicado a la Casa Regional de Murcia en Madrid y a los excelentes productos típicos murcianos que se ofrecían en ella citando, entre otros, “las exquisitas y acarameladas yemas de Caravaca”. Asimismo, las “Yemas” fueron el producto elegido por nuestro ayuntamiento para agasajar a los invitados al viaje inaugural del ferrocarril de Murcia a Caravaca en 1933; en el que cada uno de los municipios por donde transcurría la línea ofreció sus productos típicos.
Tras la guerra civil, la producción se recuperó, surgiendo algún tiempo después la marca “Supremo”, perteneciente a la fábrica de chocolate del mismo nombre fundada por Enrique López Bustamante en 1913. Esta empresa fue la responsable de la modernización del sector, siendo la primera en automatizar algunas partes del proceso para aumentar la producción, pero sin perder nunca su carácter artesanal. En una entrevista publicada en la Revista de Fiestas de 1954 el gerente de la empresa declaraba que “en especial la verdadera creación de la Casa en la sección de Confitería es la exquisita Yema de Caravaca Supremo, con la cual hemos realizado una verdadera revolución en el mercado”. La revolución a que se refería era la comercial, ya que su sistema de producción le permitía abastecer a numerosos establecimientos, no solo en Caravaca, sino también en Murcia y otros lugares. Pero esa no fue su única revolución, pues a principios de la década de 1950 comenzaron a elaborar “Yemas de Chocolate”, de lo que al parecer fue responsable la esposa del entonces propietario. Según testimonios orales, la empresa llevaba algún tiempo buscando como solucionar el problema causado por la cobertura de caramelo durante los meses de verano, ya que con el calor se incrementaba extraordinariamente la pegajosidad del producto, dificultando su manipulación. Pues bien, esta señora tuvo la brillante idea de recubrirlas con chocolate, lo que les resultaba muy fácil ya que ellos mismos fabricaban el producto y lo comercializaban en diversas presentaciones. El éxito fue enorme y, aunque en su origen la auténticas “Yemas de Caravaca” eran las cubiertas de caramelo, con el tiempo también las de chocolate pasaron a formar parte de la denominación referida.
Además de las marcas citadas, partir de los años 60 fueron surgiendo otras nuevas, entre las cuales figuran “Yemas Reina”, formada por una escisión de las Industrias Supremo, “Yemas Cristina” creadas por Bartolomé Cifuentes para su confitería de la Calle Mayor, “Yemas El Bolo”, “Yemas Espejo”, “Yemas Brocal”, “Yemas La Floreta”, etc., convirtiendo a este exquisito bocado en uno de los productos indispensables en cualquier confitería de la localidad, y cuyo disfrute recomiendo vivamente, no solo en estos días, sino en cualquier fecha del año.