Pedro Antonio Martínez Robles

Hace unos veinte años que andan los toros trotando, por septiembre, desde la plaza de la Constitución hasta el coso de La Caverina, en un ejercicio que han dado en llamar “Feria Taurina del Arroz”. Las ferias que yo conocí de crío han cambiado su semblante, y aunque el espíritu que pretenden sea, en apariencia, el mismo de siempre, la corriente de este río imparable en que vamos navegando, arrastra continuamente de las orillas por las que discurre las novedades que va encontrando a su paso y saca a flote otras sumergidas de antiguo, las actualiza, las modela, y las ofrece hoy casi irreconocibles. De los conciertos en el Rosales, inaugurados cada feria con aquella exhibición que protagonizaban las damas y sus acompañantes con el vals de El Danubio Azul–acto desterrado, incompresiblemente, desde hace muchos años–, los bailes de las parejas que después llenaban la pista hasta altas horas de la madrugada, aquel trenecillo humano que deambulaba al compás de las canciones de la época, entonando sobre todo aquella de El conejo de la Loles,y con el que desde el escenario pretendía cerrar su actuación el grupo musical por agotamiento, o las conversaciones pausadas, con un cuba-libre en la mano, junto al frescor de la yedra que cubría los muros y la valla divisoria de cañizo del recinto, no queda hoy nada, trocado todo ello por una nueva manera de entender las cosas: ahora los bailes se reducen a una enseñanza de salón o de cochera y poco o nada salen de ahí; en los conciertos nos apiñamos alrededor del escenario, muy apretados, y sin conversación, ni pausada ni vertiginosa, nos bebemos el cuba-libre en un aislamiento cada vez más notorio en medio de tanta muchedumbre.

Queda todavía una vaga resistencia a perder los viejos símbolos de la feria: las casetas de tiro, la tómbola, los coches de choque, el tren de la bruja, aún perviven, pero solo con aglomeraciones puntuales, no como en aquellos tiempos en los que se debía aguardar turno hasta la desesperación para ocupar una plaza en cualquier atracción.

Unas competiciones deportivas más “moderadas” han acabado desplazando a aquellas de mi infancia y aun de la infancia de nuestros padres y abuelos, tal vez por considerarlas atávicas, poco atractivas o algo brutales para los usos de hoy: cucaña, carrera de sacos, carrera de cintas…

Pero lo que sin duda más despierta nuestra expectación en estos tiempos de ahora, es esa recuperada costumbre de correr los toros. Muchos creerán que es algo novedoso, algo nacido en Calasparra hace solo dos décadas; sin embargo, hace 80, 90, 100 años, y de ahí hacia atrás todo lo que queramos imaginar, ya se corrían los toros por trochas y veredas desde las ganaderías hasta la plaza de la Caverina, a campo abierto, sin vallas ni parapetos, con su séquito de pastores al frente, con una pacífica libertad en la que al toro, en la calle, a pesar de su bravura, no se le veía como ese enemigo que tanto nos amedrenta hoy; tan cierto es lo que digo, que tengo por absolutamente fieles las referencias que mi padre me daba acerca del comportamiento de aquel vecino que, cada vez que había corrida, sacaba a la puerta de su casa una silla de anea y se sentaba en ella para ver pasar el tropel del ganado como quien espera ver pasar la procesión de Viernes Santo camino de la iglesia de San Pedro.

 

12 de agosto de 2019