Ya en la calle el nº 1047

La troje rota

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Se va la tarde

PEPE FUENTES BLANC/ESCRITOR

Anclado —más bien apostado— en el reverso de la noche, anhelo impaciente otro amanecer que me inquiete, apelo a los hados de la memoria para verter sobre los guijarros de mi patio una centuria de imágenes salidas de las trojes de la infancia. Mi niñez tenía casa con granero; también tenía bodega, y huerto, y torreta. Muchas horas fueron llenadas con olores a maíz seco surgido de la tolva de una vieja máquina desgranadora. Sobre un colorista mosaico de pavimento de Nolla se acumulaban las perfollas desechadas a espera de ser empaquetadas en mallas de sogueta de esparto. Las trojes se alineaban a uno y otro lado del granero acogiendo la selección de cereales y legumbres que esperaban ser introducidos en ásperos sacos de yute: aquí el maíz de El Molino, aquí el arroz de Las Minas; en esta otra, la cebada que llegaba de Guadaperos; más allá, el trigo limpio de La Hoya y de Almaciles, y, un poco más adentro, los garbanzos y las alubias blancas de Benámor.

Un granero inmenso que se abría en uno de sus extremos hacia el huerto coqueto. Un gran portón de madera del color de la caoba consentía el paso al balcón nada discreto, pleno siempre de luz ajena que penetraba a bocanadas. El viejo nisperero formaba eterna guardia bajo la balconada. Cada primavera, el granero se embebía de la fragancia de los celindos que custodiaban el paseo y que competían, mañana y tarde, con los efluvios de cientos de rosas rojas, pequeñas, que se encaramaban a los hierros de un arco con vocación de pérgola. 

El granero era el escondite preferido en las correrías de la chiquillada. Cada troje significaba la guarida perfecta, el escondrijo ideal en nuestros juegos: quien buscaba no podía encontrarte hasta que no estaba encima de ti. Si eras espabilado lo podías sorprender saltando rápidamente por encima del entabicado y ganarle por piernas para alcanzar el bote de hojalata enrobinada que bien servía de señero —y de trofeo— en el juego. 

Hoy me encuentro ataviado hasta los trenques de recuerdos, evoco una pléyade de imágenes que hilvanan una ristra de pensamientos surgidos de ese rincón de la inteligencia en donde se acomoda la filosofía. El buen uso de la inteligencia consiste, al fin y al cabo, en administrar óptimamente las trojes de nuestra existencia. Compartimentos no estancos definen nuestra inercia en la cotidianidad. Hay trojes que hay que desalojar con prontitud: no soportan la espera. La troje de la mentira debe airearse cuanto antes.  Tampoco resiste mucho tiempo la troje de la soberbia: sus frutos quedan rancios en menos que te lo piensas. Cuando consumes los granos extraídos de la troje de la soberbia y del orgullo, estás asimilando la lentitud para entender qué es lo más importante que se ha de aprender. El orgulloso es lento para avanzar, focaliza su vida en algo poco consistente: la necesidad de gustar y de gustarse. Cuando esto se pretende, no hay más remedio que recurrir a la apariencia. La apariencia, empero, no es patrimonio de la realidad. 

Hoy los torpes reniegan de las enseñanzas del pasado. Atrincherados en zanjas colmadas de légamo sin sustancia, se sacuden sin remedio del saber. El saber se percibe como poco interesante. Por el contrario, la farfulla bien presentada se implanta como cosa sagrada, a veces solo por el hecho de ser estrambótica y rara, aunque no exprese gran cosa. Llevamos varias décadas de tontería dirigida, de tontería camuflada en apariencia de hecho sacro. La atención a lo auténticamente sagrado, sin embargo, está en desuso, no se lleva. 

Porque el saber se pierde entre las farfollas del granero, entre aquellas que tienen como destino ser pasto de las vacas y acabar en boñiga esclafada sobre los guijarros resecos del camino. En parte, el saber termina por diluirse porque ya no se le relaciona con el sabor. Saborear el saber es disfrutar actuando con sabiduría, es degustar la belleza, es olfatear la poesía, merodear por los entresijos del entendimiento para rastrear lo acertado, lo rico, aquello que nos hace sumar, no restar. Saborear el saber es ser sabio porque el paladeo de lo bello deriva en sabiduría. Sabio es aquel que tiene por oficio saborear. El husmeo en las entrañas de lo bello es propicio, nunca defrauda.

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