Ya en la calle el nº 1047

La simpatía de Max Scheler

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

FÉLIX MARTÍNEZ/FILÓSOFO

Nos decía el bueno de Max Scheler (1874-1928) en su obra Esencias y formas de la simpatía que: “el amor no es un «sentir» (es decir, una función) sino un acto y un «movimiento»”. Con una sentencia tan clara el alemán parece tirar por tierra toda la cosmogonía del amor romántico, le acaba de dar una buena patada en… a Paulo Coelho y compañía. Sin embargo, no estoy aquí para hablar sobre sentires ni sobre amor, sino, más bien, para hacer frente a la segunda parte de esta máxima; la que hace referencia al acto y al movimiento. Para este propósito lo importante será el movimiento. 

El movimiento implica cambio, devenir, pero, ¿de qué? ¿Para qué? En esto, como en casi todo, partimos de un ‘yo’, un ‘yo’ que soy yo mismo, como si fuéramos una esfera impenetrable. El problema reside, por tanto, en concebir que no estamos solos, es decir, no somos aquel triste Descartes que se vio solo en el mundo y no supo salir de una concepción solipsista de la realidad. Intentemos huir del racionalismo, por favor.  

Aceptamos como una realidad la existencia de un ‘tú’, esto es, de otros que no soy yo. Es ahora donde entraría el movimiento, pues en una suerte de trascendencia tenemos que pasar de un ‘yo’ a un ‘tú’, este es acto, este es el movimiento que implica el amor. Solo de la conjunción de un ‘yo’ y un ‘tú’ podremos posicionarnos en un ‘nosotros’. Como se puede apreciar el movimiento en que se instaura es en la cordialidad, en la tolerancia, en definitiva en la simpatía. Una de las claves de esta simpatía es tener consciencia de la realidad igual entre nosotros. De tal manera que el prójimo, es decir, el ser humano en cuanto ser en general, tiene exactamente el mismo valor que cualquier ‘yo’ particular, pues la existencia es verdadera y auténticamente idéntica. Todo esto nos remite a unos ecos machadianos, ya que el autor sevillano llegó a expresar en alguna ocasión que el más hondo sentir hacia la humanidad lo había escuchado de boca de un cabrero: “nada es más que nadie”. Este es un viejo adagio que queda relacionado con la vieja Castilla. Al menos, la Castilla que podía llegar a ser por aquel entonces. 

         Considero que es bastante acertado tratar de entender el amor como un acto de trascendencia, como un intento de salir de lo homogéneo y lo hermético de nuestro propio ser para arremeter con la obertura que nos lleve hacia el otro, hacia el otro ser al que va destinado el movimiento, mas no siempre esto es posible, lo que convertiría al eros en trágico. Aunque más allá de la culminación del movimiento o no, la fundamentación de el otro en una realidad con valor igual a la propia es crucial para cualquier bien funcionamiento de pares. 

         El problema de la otredad, como se ve, da para mucho, es una de las problemáticas más emblemáticas de la filosofía. Algunos la sitúan sus inicios en el diálogo platónico Parménides, llegando hasta nuestro días. 

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