Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

En diversas ocasiones se ha tratado del esplendor que alcanzó la Semana Santa en nuestra ciudad durante ciertos años de la segunda mitad del siglo XIX, situando su inicio en el año 1866 en que D. Fernando Díaz de Mendoza, Marqués de San Mamés, fue nombrado presidente de la Cofradía de San Juan; sin embargo como este nombramiento no se hizo público hasta el 15 de mayo de ese año, la renovación y empuje que supuso su llegada, compartido con la de D. José María López Sánchez al frente de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, no pudo producirse hasta las celebraciones del año siguiente, es decir de 1867. Hace dos de años, en estas mismas fecha, publique un artículo referido a la Semana Santa de 1867 en el que se incluía una descripción de los pasos o representaciones de escenas bíblicas sin saber que eran los primeros de este tipo en nuestra ciudad: “Entre las numerosas filas de nazarenos, se han representado varios pasajes de la Biblia, como La prisión de los cinco reyes, La venta de Josef, El sacrificio de Abraham, Moisés en el Sinaí, y otros muchos que no recordamos; y además algunos de la pasión de Jesucristo, como La calle de la Amargura, La prisión de Jesús, Los doce Apóstoles, y otros. Estos pasos eran representados con mucha propiedad por jóvenes de ambos sexos. También acompañaba una comparsa de niños hebreos en cada cofradía y además cerraba la procesión un escuadrón de soldados romanos a caballo, pertenecientes a los blancos o Sanjuanistas”. Otro suceso digno de mención ese año fue la compra de una nueva imagen de San Juan por el Marqués de San Mamés.

Hace algunos meses tuve la fortuna de encontrar entre los documentos digitalizados en el Proyecto Carmesí tres ejemplares del periódico “El Faro Murciano”, fechados los días 16, 18 y 19 de abril de 1868, en los que se ofrece una completa y detallada reseña de las celebraciones de ese año. La edición del 16 publica una crónica general, firmada por su corresponsal en nuestra ciudad D. Diego Sánchez Olmo: “Lucidas y solemnes fueron este año las procesiones de Semana Santa en esta ciudad, atrayendo crecida afluencia de forasteros y excediendo con mucho a las del anterior”, en la que destaca la “la procesión del santo Entierro, que costea la Excma. Sra. Marquesa del Salar, llegando a retirarse a las diez de la noche, después de atravesar una larga carrera, ocupada, como en las demás, por un concurso numeroso de fieles”. Sin embargo, el verdadero hallazgo es la colaboración que el caravaqueño D. Manuel Torrecilla del Puerto envió a periódico, describiendo minuciosamente las celebraciones de ese año y que con el título de “Las procesiones de Semana Santa en Caravaca”, fue publicada los días 18 y 19 de dicho mes. Desgraciadamente a uno de los ejemplares le falta parte de una página, dejándonos sin conocer algunas cuestiones.
D. Manuel Torrecilla del Puerto y Melgares (1822-1877), pertenecía a la alta sociedad ilustrada caravaqueña; dejando amplias muestras de su afición por la literatura en las múltiples colaboraciones que realizó en diversos periódicos locales y provinciales, generalmente poéticas, existiendo también algunas en prosa, como el caso que nos ocupa y otro referido a la Vera Cruz de Caravaca, perteneció asimismo al Círculo Literario Argos. De ideas liberales tuvo una destacada actividad política siendo concejal de nuestro ayuntamiento en varias ocasiones, llegando a ocupar la alcaldía durante un año, de agosto de 1855 a septiembre de 1856, al quedar vacante por el fallecimiento víctima del cólera de titular, D. José María Aznar y Reina.

Según Torrecilla del Puerto, cinco eran las procesiones que tradicionalmente se celebraban en Caravaca, las mismas que se llevaron a cabo ese año participando en ellas solamente dos cofradías: la de “los morados” y la de “los blancos”, ambas con el mismo título que ostentan en la actualidad: “El lujo, la animación, la oportunidad y propiedad de los grupos bíblicos, el brillante desempeño de las bandas de música, la buena armonía entre las Cofradías y hasta la gran afluencia de forasteros y benignidad de la temperatura, todo ha contribuido poderosamente a completar la solemnidad de los actos que vamos a describir, tanto mas sorprendentes cuanto que se había hecho cundir la noticia de que nada notable se haría en este año”. La primera procesión, llamada de Nuestra Señora de la Angustias, tenía lugar Domingo de Ramos por la tarde, siendo la mas sencilla y la de menor participación: “abriendo la marcha los morados, en escaso número, con su banda de música únicamente, y siguiéndoles los blancos con la suya y tres o cuatro pasos o representaciones vivientes de algunos hechos de la Biblia de escaso mérito y escaso personal”. La única imagen que procesionaba era la Virgen de las Angustias, que Torrecilla atribuye José López Pérez “natural de Caravaca y uno de los dos más aventajados discípulos del célebre Salzillo”. Conviene señalar que tanto esta afirmación, como otras contenidas en el artículo relativas a la autoría de ciertas imágenes difieren de modernos estudios, pero dejaremos este tema para una futura ocasión incorporando asimismo algunas noticias y curiosidades en torno a este escultor caravaqueño. Esta imagen “de la afligida Madre de las Angustias con su Santísimo hijo muerto sobre su regazo” se conserva, participando en la actualidad la noche de Viernes Santo.

La segunda procesión, llamada del Prendimiento, salía “al toque de oración” de la iglesia de El Salvador. Este año la abrió la Cofradía de San Juan, encabezando “la marcha, dos guerreros romanos de la guardia pretoriana, armados de lanzas, en caballos enjaezados al estilo de su época, con su jefe que enarbolaba la bandera romana”, seguidos por la infantería. A continuación “el estandarte y cetros del Rosario bajo cuya advocación se congrega la cofradía blanca” y un elevado número de nazarenos que daban paso a diversas representaciones del Nuevo y Viejo Testamento. Lamentablemente, y por la causa antes indicada, no conocemos la nómina completa de estas representaciones, estando entre las 14 que se conocen escenas tan diversas como “La degollación de los inocentes”, “El Apostolado”, “La Samaritana”, “El triunfo de José”, “La valerosa Judith” o, textualmente, “Un grupo de israelitas de ambos sexos en el acto de coger el maná enviado por Dios”. Seguía su banda de música, con el instrumental totalmente renovado el año anterior por cortesía y generosidad del Marqués, y “en hombros de nazarenos blancos el paso del Prendimiento de Jesús”. Este paso, atribuido igualmente por el autor del artículo, a José López no se conserva en la actualidad, por lo que la descripción que hace del mismo tal vez sea el único vestigio de su existencia: “Este bellísimo paso es un grupo en el Huerto de las Olivas y consta del Divino Jesús preso entre dos jóvenes sayones y a su espalda el ingrato Judas contemplando con avariento gozo la bolsa que contiene el precio de su impía venta”. Impresionante paso que no ha llegado hasta nuestros días, excepción hecha de la posibilidad de que la figura de Jesús sea la misma que se conoce en la actualidad con el nombre de “El Prendimiento” y que solo hayan desaparecido las otras tres imágenes. Los blancos cerraban su paso con “la elegante bandera de su cofradía”.

Los morados siguieron una disposición similar “guardando el mismo orden que su predecesora, aunque sin caballería. A su vanguardia se destacaban cuatro guerreros romanos de infantería armados con lanzas, seguía el estandarte de Jesús” y 15 pasos, entre ellos “Los exploradores de las tierras de Canaán”, “La venta del casto José”, “El viejo Tobías”, “El sacrificio de Isaac”, “El juicio de Salomón”, “El bautismo de Jesús” y hasta “Una enorme bocina sobre la cual se destacaba un templete bien adornado, con un ángel en su fondo”. Seguía la bandera la cofradía y su banda de música “que agradaba los oídos con escogidas y bien ejecutadas composiciones”. La imagen que portaba esta cofradía era la Virgen de los Dolores, según Torrecilla “obra de gran mérito ejecutada por D. Francisco Fernández Caro, natural también de Caravaca, que alcanzó una buena parte de nuestro siglo”. La procesión la cerraban las autoridades locales y religiosas, así como “una brillante escolta o decuria de guerreros romanos de caballería con su elegante estandarte pertenecientes a los blancos”.

La tercera procesión, conocida como la del Cristo de la Misericordia, tenía lugar Jueves Santo y salía “al declinar la tarde” de la Ermita de Nª. Sª. de la Concepción, participando en ella las dos cofradías penitenciales existentes, si bien también estaba representada la Cofradía de la Concepción “a quien pertenece la procesión”, cuyo estandarte ese año iba guiado por un diputado y los cetros por “un simple cofrade y un forastero”, lo que a criterio de Torrecilla del Puerto resultó bastante inapropiado, al tratarse esta cofradía de “las mas antigua de Caravaca y de seguro, la de mas privilegios”. Siguiendo la alternancia en la presidencia de ambas cofradías, correspondió la apertura de la procesión la a los morados, quienes dispusieron en primer lugar el desfile de varios pasos bíblicos, aumentados en esta ocasión con cuatro nuevos: “La Samaritana”, “El hijo desobediente”, “El Altar de los perfúmenes”, donde un sumo sacerdote quemaba sin cesar incienso ante la presencia del rey David tocando la lira, y que era conducido sobre ruedas, y “El Arca de la Alianza”, marchando a continuación sus nazarenos, llevando “dos sagradas imágenes de Jesús, la una lo representaba amarrado a la columna, y la otra en el balcón de Pilato”. Estas dos imágenes continúan siendo utilizadas en las procesiones actuales, participando la primera de ellas el Miércoles Santo y la segunda el Viernes Santo por la mañana, ambas con los Encarnados.

Tras los morados, desfilaron los blancos, con una disposición similar, situando al frente de la misma una representación de la última cena colocada sobre un carruaje cubierto, con los apóstoles “alrededor de una alajada y abundante mesa” mientras “San Juan dormía profundamente sobre los hombros de su Divino Maestro”, seguida de otros dos pasos nuevos: “La coronación de la reina Ester” y “Los triunfos de Mardoqueo, sabio príncipe de tres sinagogas”, continuando los nazarenos, que llevaban en hombros el Cristo de la Misericordia “en cuyo monte y cruz lucían diversas y abundantes flores”, la Virgen de los Dolores y la nueva imagen de San Juan, donada el año anterior por el Marqués de San Mamés. El grupo de caballería participó también en todas las procesiones, situándose indistintamente en “la vanguardia o retaguardia”, según el día.

El Viernes Santo se realizaban dos procesiones: una por la mañana y otra por la noche. La primera de ellas, conocida con el nombre de Jesús Nazareno, salía a las 10 de la mañana de la popular ermita del mismo nombre, encabezándola los blancos, que “presentaron en ella las novedades de “La calle de la amargura” y “La cautividad de los judíos”, ambos pasos de bastante mérito por la propiedad de sus trajes, constando el primero de 32 personas”. En esta procesión matinal, los blancos emplearon las mismas imágenes que la noche anterior habían sacado los morados: “las efigies de Jesús, amarrado a la columna, y el mismo en el balcón de Pilato”; cerrando la procesión los morados, “que nada nuevo expusieron”, aunque hicieron procesionar cuatro imágenes: “La Mujer Verónica, El Santísimo Cristo con la Cruz a cuestas, obra del mismísimo señor López que tenemos mencionado; San Juan y la Soberna Virgen de los Dolores”. Llama la atención la atribución de la autoría de esta imagen, que Torrecilla hace recaer en el mencionado escultor caravaqueño José López, en contradicción con modernos estudios histórico-artísticos, pero de eso trataremos en otra ocasión, como ya queda dicho.

La última de las procesiones, titulada con el nombre del Santo Entierro de Cristo, tenía lugar en la tarde del Viernes Santo y estaba costeada por la Marquesa de Salar, “cuya antigua casa sufraga esta carga propia”. Esta era la única procesión donde se permitía la participación de los fieles ajenos a cualquiera de las dos cofradías penitenciales existentes, encabezándola ese año “un considerable número de labradores decentemente vestidos a la usanza del país con hachas de cera”, cuyo gasto corría a cargo de la referida aristócrata. La procesión partía de la Ermita de Nuestra Señora de la Soledad, siendo los morados los encargados de iniciar el recorrido.

El cortejo de los morados comenzó con dos representaciones: “La Magdalena” y “El descendimiento de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”, “respetable y bien coordinado paso, en el que dos eclesiásticos desempeñaban los papeles de Josef y Nicodemus”, seguidos por los nazarenos, entre cuyas filas marchaban cuatro sacerdotes llevando “el sagrado Cadáver en un Sepulcro acristalado y lleno de flores y elegantes bombas de luces”. A continuación seguían los blancos, que presentaron, en sustitución de los que habían estrenado en la procesión de la mañana, tres nuevos y espectaculares pasos (representaciones): “Moisés con las tablas de la ley”, “La desconsolada Virgen María acompañada en su duelo de San Juan, la Verónica y la Magdalena” y, especialmente, “El Padre Eterno en su esplendente trono de gloria”, que impresionó a los espectadores, incluyendo al mismísimo Torrecilla: “rodeado de bellísimos ángeles, sobre un pedestal de nubes, todo colocado en un lujoso carro triunfal; costosa y atrevida exposición que calificaríamos como lo mejor de todo cuanto hemos visto si no se presentase la gloria de Dios a los ojos de nuestra fe de una manera superior a cuanto alcanza el mas refinado gusto y por consiguiente imposible en lo humano su imitación”, seguidos por sus nazarenos, que portaban “la afligida imagen de Nuestra Señora de la Soledad”. La procesión la cerraban una numerosa representación del clero y las autoridades y miembros del ayuntamiento, “precedido de sus maceros y con sus guardias municipales de uniforme a la espalda”.

Un elemento diferenciador entre ambas cofradías era la luminaria usada por los nazarenos, consistiendo en el caso de los blancos “en bombas de cristal que llevaban sobre unas astas” y en hachas de cera en el de los morados, el clero, las autoridades y los fieles. También diferían en el modelo de alumbrar a los músicos: los morados formaban en dos filas, colocándose entre ambas “otra hilera central de hombres con su traje usual, inconveniente para el caso, y unos candelabros o grupos de bombas ardiendo”, mientras que los blancos “llevaban entre los músicos varios nazarenos con túnicas cortas con candelabros que sustentaban estrellas de cristal de colores”; no obstante, ambas coincidieron en la utilización de los llamados “alzacolas”, que no eran otra cosa que varios jóvenes vestidos “con trajes adecuados a la época y color de sus respectivas cofradías que se dedicaban al servicio particular de los individuos de ellas, encendiendo las luces que se les apagaban y componiendo las colas de las túnicas. Las de los blancos dejaban ver bajo sus cortas túnicas, el pantalón de nuestra época con impropiedad”. Para dar mayor realce al suceso se dispuso la iluminación de la calles de la carrera: “Los balcones de las calles por donde han transcurrido las procesiones estaban profusamente alumbrados hasta las diez de la noche en que llegaban estas al término”.

Las procesiones de 1868 sorprendieron a propios y extraños, asistiendo a ellas gran cantidad de público que, según Torrecilla del Puerto, contribuyó al lucimiento general: “las hermosas jóvenes que han contribuido personalmente a la mayor solemnidad, por el esmerado gusto con que llevaban sus respectivos trajes y por sus buenos modales y demás prendas que las hacían dignas de elogio”. Los esfuerzos de los presidentes de las dos cofradías consiguieron que ambas rivalizaran “en lujo y ostentación”, involucrando al mismo tiempo a un amplio sector de la población que participó activamente en ellas: “Los nazarenos morados han escedido en número a los blancos, al paso que estos han presentado en el personal de sus alegorías y representaciones 155 individuos de diferentes sexos y edades y los morados 108”, si bien en el éxito final hay asimismo que registrar, en palabras del corresponsal Diego Sánchez Olmo, “el constante celo y tacto esquisito de nuestras dignas autoridades locales, que en todas partes y a todas horas, se les ha visto vigilar e intervenir, para que no se diera el más mínimo disgusto, ni se turbara en lo mas mínimo el recogimiento y compostura, propios de los augustos misterios de tan señalados días y de una culta población”.

Hasta aquí el relato de lo sucedido en la Semana Santa de 1868; el modelo presentado durante las mismas, si bien resultó exitoso, no arraigó suficientemente como para mantenerse mas allá de los artífices de esta renovación: el Marqués de San Mamés y el señor López Sánchez; de no haber sido así tal vez tendríamos en la actualidad celebraciones similares a las de Lorca o Cartagena. Pero la realidad fue que su retirada dio paso a una época de crisis llegando a desaparecer todas las procesiones, excepto la del Santo Entierro porque estaba sufragada por un particular, recuperándose en 1897 tras la refundación de todas las cofradías caravaqueñas, diseñándose un modelo que se mantendrá sin grandes cambios hasta nuestros días