Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Es evidente que el margen o la distancia que media entre lo que nos gustaría llevar a cabo en un momento dado y lo que, en realidad, somos capaces o nos permiten hacer es  amplio y, en ocasiones, infranqueable. El excelso poeta sevillano lo supo en carne propia, pero transformó toda su frustración vital en una maravillosa obra de arte, en un monumento poético de primerísima línea. Los sueños rigen lo mejor de nuestras vidas, nos acompañan durante los días claros y las noches oscuras, nos otorgan el ánimo suficiente para persistir en la batalla, nos justifican el esfuerzo árido, las continuas caídas, la derrota perpetua, y tornan a insuflarnos el oxígeno preciso para que nos levantemos y porfiemos en la lucha.

Luego está quien sueña en voz alta y sabe que es mentira, quien fantasea con castillos en el aire, ganancias vanas de lechera torpe y despistada, o esconde la verdad que no sólo conoce él, sino que saben muchos y, hasta es posible, que también nosotros, los más ignorantes, los más ajenos, nos lo figuráramos, mientras se nos aseguraba que era posible el sueño, que se podía realizar la proeza, que confiaran en él y en su equipo, porque todo cambiaría de un modo radical y para siempre.

Y ahora aquello ha resultado falso de nuevo, un envite más en vano, un farol desde las altas instancias de la política peor entendida, esa fiebre demagógica que ataca a unos pocos en tiempo de elecciones y que produce los peores argumentos, aquellos  en los que nos gustaría creer tanto, mientras tenemos la certidumbre de que son tan falaces como los otros, tan oportunistas como los de todo el mundo, tan jodidamente insinceros e hipócritas como los de cualquiera que pretenda llegar al poder mientras juega con nuestras ilusiones de salir, en algún momento de esta capa gruesa y sucia  que nos tiene atrapados, y contemplar, la luz del nuevo día.

Escribía Serrat: no es triste la verdad, lo que no tiene es remedio; y yo añado que lo peor es el embuste, la falsificación y la patraña de los que procuran conformarnos, adormecer nuestras conciencias y mantenernos en silencio, a sabiendas de que todo es mucho más grave de lo que ellos dicen, aunque nosotros no debemos enterarnos, sino permanecer en las sombras de la caverna platónica, a la espera de un guía que nos conduzca hasta la claridad.

Claro que todos empezamos a sospechar hace ya mucho que la sagacidad de la clase política se asentaba en una mera ficción, como si la ausencia de ética no procediese de ese cuerpo de valores de la honradez humana, tan respetable como necesario, sino que cada cual por su cuenta debía combatir esa tozuda, indeseable y terrible realidad, aunque para ello erigiese en su sitio una chapuza semejante, más dulce sin duda, pero igual de  putrefacta.

No me quejo de la realidad, pues como cantaba Serrat, no tiene vuelta de hoja y sería estúpido negarla, pero no quiero que nos cuenten camelos.  Las cosas están mal y, como no hay más remedio, vamos a luchar por mejorarlas, cada uno desde su lugar en el mundo, aunque nos paguen menos por ello o debamos afrontar un trabajo extraordinario y el invierno se nos presente más oscuro y frío de lo habitual. Otra cosa es que los que más tienen (los bancos, verbigracia) pongan bastante más de su parte.   Todos somos capaces de soportar las malas noticias, de hacerles frente y sacar fuerzas de flaqueza. Somos duros, sin duda, pero no somos idiotas. Mi consejo es que no vuelvan a votarle a quien prometa lo que no podrá cumplir, sino que voten a quien elijan en conciencia, a quien les diga la verdad, aunque les haga daño, a quien, en suma, les dé la real gana.