Carmen M. Martínez Asturiano. Maestra de Pedagogía Terapéutica e Inglés en CEIP Los Rosales (El Palmar)

¡En la mochila!

¿Tenemos algo más seguro que la certeza absoluta de que un día ya no estaremos? ¿por qué nos cuesta tanto sostener el dolor que causa la pérdida de un ser querido?  El peso cultural es enorme, pero sigue existiendo una resistencia generalizada a saber lidiar con el dolor que queda intrínseco en nuestro corazón. Naturalizar y aprender a expresar esa tristeza, aceptando todas sus fases, es aún una asignatura pendiente.

Desde que comencé a trabajar como maestra, uno de mis muchos “puntos flacos”, en el cual intento trabajar cada día, es el abordaje de la pérdida de un ser querido dentro del aula. Cada cierto tiempo, suele darse algún caso de muerte de un familiar entre los alumnos (ya sea un abuelo o abuela, un tío o incluso en ocasiones, el papá o la mamá). Tristemente he tenido que vivir esa experiencia con alguno de mis alumnos y, reconozco no haber encontrado el camino adecuado para consolarlo y ayudarlo, quedándome con la sensación de que algo más estaba en mi mano sin saber muy bien el qué.

Como adultos, tendemos a sobreproteger de todo aquello que creemos que puede hacer daño, sin darnos cuenta de que, probablemente, lo que necesita un niño es expresar su tristeza, su rabia, su incomprensión y dejar fluir sus sentimientos, sintiéndose arropado y encontrando en la escuela un respaldo ante tan inmenso dolor.

La muerte de un ser querido conlleva una gran carga emocional. Por ello, es vital llevar a cabo en las aulas un soporte, a través del cual se pueda hablar sin “tabú” sobre lo ocurrido, siendo la comunidad educativa uno de los pilares fundamentales para el sostenimiento de ese dolor. Siempre he creído efectivo y necesario un plan de actuación para que el profesorado pueda afrontar tan delicado tema desde el aula; un plan dotado de los recursos necesarios, ya sea a través de formación en gestión emocional, ponencias de psicólogos infantiles, intercambio de experiencias con otros docentes, etc.; todo ello a través de un diálogo cercano y que ayude a ese niño a entender, o al menos, a llevar de una forma menos dolorosa, una pérdida tan importante. Además, cada caso debe ser abordado en función de la edad del niño, puesto que no es lo mismo trabajar con un alumno de tres años, que con uno de sexto curso, (en plena preadolescencia y cuyas emociones van a conformar una red mucho más compleja). Por esto y por otros muchos motivos, apuesto por un currículo donde la gestión emocional vaya de la mano con el resto de asignaturas, tratándose como un contenido transversal, sin ser encasillado en un determinado día del calendario o en una asignatura en concreto; sino, a través del proceso de enseñanza-aprendizaje de una forma más flexible. Con una adecuada formación, podremos incentivar a ese niño a expresar sus sentimientos, teniéndolos en cuenta a la hora de planificar el resto de contenidos curriculares. Además, podremos hablar en gran grupo sobre lo ocurrido, fomentando la empatía en el resto de compañeros, respetando las etapas del duelo, así como estableciendo ciertas rutinas que lo hagan sentir más seguro; y, sin duda, manteniendo una constante comunicación con la familia para poder trabajar como un gran equipo.

Afortunadamente, es cada vez más común ver cómo los centros educativos dan un lugar privilegiado a la gestión emocional, luchando por una sinergia entre familias y escuela, pues juntos podemos llegar mucho más lejos. Intentando que los niños de hoy se conviertan en personas emocionalmente más fuertes en su etapa adulta.

Llorar es hacer menos profundo el duelo”. William Shakespeare

Dando voz a tantos maestros que luchan por una mejor y más bonita educación