Juanmi Férez / Guía Oficial de Turismo

Lo nuevo nos da miedo. Comprobadísimo. La vanguardia siempre ha arrojado una sombra de amenaza a todo lo que es bueno y justo, que viene a ser lo que conocemos “de toda la vida” y no nos toquen las palmas, que nos conocemos: que lo que está bien, bien está, y la decencia es cosa vieja, no nueva. Algunos de los primeros que entraron al cine salieron aterrados (literalmente) creyendo que era un invento del demonio. Y con razón: les habían echado un tren en movimiento encima. A quién se le ocurre.

Con el asunto de las puertas del Santuario de la Vera Cruz de Caravaca se viene repitiendo lo mismo que hemos visto incontables veces, el miedo atávico a que algún fulano venga a alterarnos el ‘statu quo’, aunque el statu nos importe tres ciruelos fuera de las dos o tres citas anuales de rigor. ¿O es que hasta ahora nadie se había percatado de que la chapa de los años 50 que cubre las puertas tiene más robín que las bisagras del Titanic? Nos ha jodido.

Cuando revelaron el proyecto de Plensa, creo que todos esperábamos algo más clásico, más inconscientemente anticipado; una suerte de tablas de Hernando de Llanos en bronce, o una (otra) Cruz de Caravaca de proporciones titánicas en altorrelieve dando la bienvenida al fiel y visitante. Cosas que ya hemos visto mil veces en otros lugares y que han echado raíces en nuestro subconsciente, en ese rincón seguro del imaginario donde guardamos lo que nos hace sentir cómodos. Propuestas como estas o similares desde luego hubiesen arrancado vigorosos aplausos y entusiastas elogios, y un apoyo unánime de público y ciudadanía. Bellísimos falsos históricos que hubiesen atraído la atención de todos, y los “ay qué cosa más bonica pordioypol-lavirhen”… durante  un par de meses, antes de caer en la más absoluta irrelevancia. Porque son cosas “que ya hemos visto mil veces” y la que hace mil y una ya aburre, y pasaríamos por delante mirándolas sólo para decirle al niño que no trepe por la cara de Chirinos, hombre ya con el crío.

¿Por qué empeñarse en repetir lo de siempre, el chicle que está muy rico pero pierde el sabor en cinco minutos, cuando podemos tener algo de lo que se hable largamente y se recuerde años después? Un proyecto que sorprenda, que nos deje la mandíbula recogiendo polvo, que levante ampollas y furias populares, pero al mismo tiempo llene artículos y ‘checkpoints’ en las guías de viaje y revistas de arte. Que se hable de ello, aunque sea mal, porque con la habladuría llega la fama, y con la fama, la gloria. No ganamos nada repitiendo viejos esquemas y resucitando estilos muertos. Con un proyecto de vanguardia, sin embargo, tampoco se pierde nada y hay mucho que ganar. Y si al final no funciona, se desmonta y se vende por un pastizal, ya ves tú.

La modernidad, o la abrazas o te atropella, y ahora tenemos el semáforo en verde. Ustedes dirán.