Ya en la calle el nº 1052

La deuda con José Francisco García

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

ORENCIO CAPARRÓS BRAVO

   Mario Vargas Llosa en “La civilización del espectáculo”, entre otras muchas cuestiones, trataba lo que él definía como la banalización de la cultura. En estas fechas previas a todo tipo de elecciones, europeas, nacionales, autonómicas y locales, estamos asistiendo a ejemplos evidentes de esa banalización a la que se refería el autor. Nombres de artistas, de actores, de deportistas, de entrenadores, y todo tipo de ejemplares reconocidos por esta sociedad de masas en la que vivimos, vienen a aparecer en las listas electorales como si se tratara de un reality show al modo televisivo.

     Las razones de este fenómeno son en algunos casos obvias, poner caras conocidas capaces de arrastrar votos. Pero creo que hay otras motivaciones que tienen mucho que ver con la deriva a la que nos ha llevado “la carrera política”, ese cursus honorum que ya establecieron los republicanos romanos y que se mantuvo a lo largo de toda su historia., con la sustancial diferencia de que esa subida progresiva de peldaños dentro de la administración depende ahora de las estructuras de los partidos políticos y, por lo tanto, son y han sido los máximos líderes, en cada ámbito territorial, quienes decidían,  y deciden, quiénes progresaban y quienes no. Así las cosas hemos asistido a carreras meteóricas de políticos cuyo mérito ha sido servir fielmente los mandatos del jefe, sin rechistar, si te mueves no sales en la foto; ejemplos de todos los colores tenemos en nuestra región; hijos e hijas (no es por lenguaje no sexista, sino por evidencias), amigotes, dirigentes juveniles…han  ido acaparando listas y perpetuándose en puestos relevantes convirtiendo la política en una profesión, sin que se les reconociera otra ocupación en décadas y décadas. Esa imagen del político, salido de la nada hace tiempo que empezó a mosquear al personal votante y se hacía necesario un golpe de timón. Lo que no sabría decir es si ese nuevo giro no será de trescientos sesenta grados en vez de ciento ochenta como algunos pretenden.

        Sea como sea, una de las grandes limitaciones de los sistemas democráticos tal y como los entendemos está en el hecho de que votamos a personas que no conocemos de nada; ponemos nuestros dineros, nuestra salud, la educación de nuestros hijos en individuos de los que sólo tenemos referencias por lejanas noticias periodísticas no necesariamente fiables. 

       Sin embargo nos queda un consuelo. A nivel local sí conocemos a las personas, los hemos tratado más o menos, sabemos de qué viven, sabemos cómo se comportan con sus familias y sus amigos, sabemos cuáles son sus preferencias, sus vínculos con las tradiciones, su capacidad de trabajo, su fiabilidad en suma. No hablamos de estructuras ideológicas o políticas a secas, sino que se introducen los mejores elementos  cualitativos posibles. En ese sentido, creo sinceramente que en Caravaca estamos de enhorabuena, contar con un candidato como José francisco García nos asegura la tranquilidad de dejar nuestras cosas en buenas manos.

      A José Francisco lo conozco desde hace tiempo, mucho tiempo, cuando lo tuve como alumno en el centro de Formación Profesional de nuestro pueblo; era serio, trabajador, aplicado, respetuoso, buen amigo de sus amigos; en alguno de aquellos años ganó con otros compañeros de clase el primer premio de carrera en los Caballos del Vino, lo que me hizo acercarme más a ellos hasta trabar una cierta amistad que ha durado hasta la actualidad, veinticinco años después. Supe que terminada la FP continuó con estudios universitarios, lo que no era excesivamente frecuente por aquel entonces. Supo ganarse la vida, venía acostumbrado a trabajar duro desde los ocho años en las tierras de las que su padre era mediero y no se le hacía nada grande. No, no se trata de un perfil abundante, aunque el que más y el que menos ha sabido salir adelante, sin puertas traseras de ningún tipo. 

      Donde José Francisco García mostró una talla excepcional fue en las pasadas elecciones, hace ahora cuatro años. Con un grupo político al que a base de calumnias, falsedades miserables, victima  de un deplorable escándalo mediático que manchó el nombre de Caravaca, José francisco dio un paso adelante y no se amedrentó, soportó con el estoicismo del buen guerrero las falsedades del rival, y nunca, digo nunca, se olvidó del sufrimiento de los vilipendiados perversamente para dañarle a él. Nunca mejor dicha la frase de “nos dieron una patada en el culo de José Francisco”. Aquellas elecciones quedarán en la historia local como las de LA GRAN MENTIRA. Ahora, después de visto lo visto, o sea la misma nada, Caravaca está a tiempo de reconocer los méritos de cada cual, y volver las cosas a su cauce natural, es decir reconocer que José Francisco es el mejor hombre para su pueblo, con él puede volver la ilusión que se perdió durante esta larga e inútil noche que dura ya cuatro años. A estas alturas habrá quien piense que por qué me meto en berenjenales, pues bien lo hago porque amo la verdad, la bondad y la unidad, lema de Santo Tomás de Aquino que hago mío. Y esa bondad, unidad y verdad, nadie como José Francisco para lograrla. Es tiempo de hacer justicia a este hombre, es tiempo de recobrar el orgullo de ser caravaqueño; es tiempo de afear la conducta de los tramposos de la política; en manos de todos está.

       Que los partidos sigan buscando alternativas a sus “profesionales”, que sigan banalizando la política con fichajes extravagantes, que siga el espectáculo de esta dislocada civilización; nosotros, los caravaqueños, tenemos a la persona adecuada  para dirigir el Ayuntamiento, sin duda alguna.

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