La calle es nuestra

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
Pocket
WhatsApp

Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Somos mediterráneos y se nos nota de lejos, nos vamos a la calle con cualquier excusa para que no se nos caiga la casa encima, para respirar el aire de marzo o tomar el sol en septiembre. De hecho, si pudiéramos, viviríamos siempre en la calle y, por eso, nos gusta trasnochar, andar de copas y hablando hasta las tantas, aunque haya que madrugar al día siguiente, porque a nosotros lo que nos importa es el presente, esa eternidad del instante que no pasa nunca porque está pasando siempre y es cuanto tenemos; nos gusta tomar algo en los ventanillos de los bares de la Calle Mayor mientras saludamos a los amigos y miramos el cielo, sentarnos a cenar en las terrazas de los bares de la Carretera en plenas fiestas como unos marajás y gozar de la temperatura prodigiosa de la noche de verano, mientras huelen los primeros jazmines y pasan delante de nosotros las muchachas en flor; nos gusta pasear arriba y abajo con amigos, con la familia o con la novia, hacernos con la calle que es de todos y permite el paso y la estancia y por la que no se paga nada, porque  su mantenimiento ya va incluido en los impuestos.

No podemos evitar el agobio de la casa cerrada, de las habitaciones con poca luz o de las cafeterías penumbrosas y, cuando llega el otoño, conforme se van acortando los días y la noche va invadiendo nuestro ánimo, se nos va yendo la alegría hasta esa jornada en que todo empieza a moverse de nuevo en dirección a la primavera y a la vida.

Recuerdo que de pequeño salíamos todos los vecinos de la Calle  Castellar a tomar el fresco de la noche en verano y que, en ocasiones, alguno de los hombres, en un alarde de arrojo natural aparecía de madrugada con su colchón o con una manta y acababa de pasar la noche durmiendo sobre una baldosa o en el cemento de la calle; en realidad, se trataba de un acto festivo, de la audacia puntual de unos hombres acostumbrados a dormir al raso en lo más profundo del monte, al resguardo de un matorral cualquiera o bajo la espesura de los pinos, porque el alma se nos ha ensanchado siempre en el  espacio abierto y nos ha gustado ir andando al río, a la huerta o de excursión al campo, contemplar la sierra alta  y el cielo azul y luminoso y sentirnos parte del cosmos y dueños de la mañana o de la tarde, criaturas para las cuales había sido creado el mundo, ese espectáculo cotidiano del sol y de la luna, de la lluvia y de la nieve.

No importa que en los últimos tiempos andemos más enfrascados en nuestros negocios de hombres y mujeres de ciudad, porque la nostalgia no nos abandona y continuamos mirando al cielo por ver si lloverá pronto, alegrándonos con el agua y con la nieve, paseando incesantes las calles y las avenidas del lugar donde vivimos, ocupando las terrazas y fatigando los paseos y las plazas, porque somos seres ambulantes, peripatéticos y callejeros y nos gustan los balcones y las azoteas, los grandes ventanales y los miradores, las alturas desde las cuales es posible ver una buena parte del planeta.

La calle es nuestra, sin duda y lo sabemos, y, cuando se acerca el fin del curso, nos vamos despojando de jerséis, abrigos y pantalones largos y recibimos el buen tiempo con las piernas y los brazos al aire y, si es posible, con  un sombrero de paja contra las asechanzas malignas del sol.

Pero en la calle siempre.

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
Pocket
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *