José Antonio Melgares GuerreroCronista Oficial de la región de Murcia, de Caravaca y de la Vera Cruz.
Una de las asociaciones religiosas con más arraigo social en Caravaca a lo largo de los años del denominado nacionalcatolicismo fue la Acción Católica, que nació en el seno de la Iglesia en tiempos del papa Pío XI como apostolado especifico de la seglaridad, en febrero de 1928, cuando la Santa Sede nombró al cardenal Segura director nacional en el territorio español. A partir de entonces se organizaron las juntas diocesanas dependientes de la Junta Central. El acto fundacional tuvo lugar en Madrid, en noviembre de 1929 con cinco mil asistentes, veinte obispos y los cardenales de Sevilla Tarragona y Granada, además del nuncio en España Tadeschini, del representante del rey Alfonso XIII el infante Fernando de Baviera y del ministro de Gracia y Justicia Galo Ponte (en representación del Gobierno). Los años de la II República y la Guerra Civil detuvieron su desarrollo, pero a partir de 1938 en que se puede afirmar comenzó el ya citado nacionalcatolicismo, su implantación se hizo  imparable, comenzando la misma en Caravaca en los años que siguieron a 1940 y alcanzando su mayor apogeo en los dos decenios siguientes.


Inicialmente el organigrama local de la institución tuvo su sede en la iglesia mayor de El Salvador y sus miembros se agrupaban en ramas, una de hombres, otra de mujeres y dos de jóvenes (masculina y femenina). Cada rama se reunía semanalmente por separado, en reuniones denominadas círculos de estudio en los que se leía e interpretaba el Evangelio y uno de sus miembros hablaba sobre virtudes del cristianismo. A ellos asistía el consiliario, que lo era de los hombres el párroco José Barquero Cascales y con antelación a él Ángel Muñoz Castillo. Por su parte los jóvenes (ellos y ellas) eran asistidos por el coadjutor de dicho templo, entre ellos Luís Martínez Sánchez, José Freixinós Vila, Antonio Sánchez López, Francisco Sánchez Abellán y otros. Al finalizar cada curso, en el mes de junio una reunión a escala local servía para dar cuenta de las actividades realizadas y los proyectos en marcha.
Las ramas de Acción Católica se hacían presentes, con sus insignias corporativas en los actos públicos de naturaleza religiosa como las procesiones del Corpus Cristi y de la Stma. Cruz, asistiendo éstas con sus respectivas banderas, insignias de solapa y sello de caucho. La bandera era siempre blanca variando el color del anagrama. El de los hombres era de color rojo, el de las mujeres dorado, verde para los jóvenes varones y azul para ellas. También había una rama infantil de aspirantes en la que milité en mi niñez y primera adolescencia. Las reuniones tenían lugar en diferentes sitios: la sacristía del Salvador, el colegio de las Monjas de la Consolación y, finalmente en la Casa Parroquial de la C. del Teatro tras su adquisición por el citado párroco Barquero Cascales.
Durante muchos años presidió la rama de hombres Paco Fuentes García, con afiliados como Ezequiel Moreno, Enrique Richard, mi padre Gustavo Melgares Cuevas, Faustino Picazo, Alfonso Zamora Samper, Francisco Mirete, Ricardo Aguilera Félix Martínez Carrasco y otros muchos varones de la sociedad local. La rama de mujeres la presidió, también durante muchos años, María Dolores Blanc Martínez-Carrasco y, posteriormente Lola Aroca. Entre ellas figuraron Cochichón y M. Josefa Blanc, Presen y Pepa Haro, mi madre Pepita Guerrero, Cruz Bravo, Julieta Córdoba, Caridad Guerrero, Juanita Alpañés, Maruja Carrasco y Lucrecia Pallarés entre otras. El presidente de los jóvenes fue, también durante años, Rosendo López Bolt y junto a él militaron Luís García Martínez, Mariano García-Esteller Guerrero, Paquito García Zapata, Pepequín,  Aurelio Ureña, Eduardo Caparrós, Bernardo Barqueros, Juanito Rosique y Alfonso Jiménez entre otros. De la rama femenina de jóvenes recuerdo a Mª. Gloria Ureña, Caridad García-Esteller, Araceli Elbal, Tere García Zapata, Tere Zamora; Mercedes y Elisa Martínez Valdivieso y otras muchas también, a quienes el lector pondrá nombre de acuerdo con sus propios recuerdos.
Un domingo al mes se celebraba Misa Mayor de Acción Católica a las nueve de la mañana, con la presencia de las cuatro banderas en el presbiterio, las cuales se vencían hacia adelante, durante la consagración, en señal de respeto.
Cada rama tenía su propio libro de actas y de cada círculo de estudio se levantaba la correspondiente acta donde constaba lo tratado en el mismo y los asistentes, libros que visaba el obispo diocesano en el transcurso de sus visitas pastorales, como la celebrada en mayo de 1959 por el prelado Ramón Sanahuja y Marcé. Dichos libros los custodiaba el secretario de cada una de las ramas y aún están en poder de particulares a quienes invito a plantearse su cesión al Archivo Municipal local para su custodia en el lugar adecuado y por técnicos especializados, por lo que suponen desde el punto de vista documental para la historia de Caravaca, así como otros libros de asociaciones ya desaparecidas como el Apostolado de la Oración, las Marías de los Sagrarios, las Hijas de María; las órdenes terceras del Carmen y San Francisco, la Archicofradía del Carmen y la Pía Unión de Santa Teresita, entre otras.
Con el paso del tiempo la Acción Católica Nacional tuvo su propio himno que se cantaba en los actos públicos a nivel local, diocesano y nacional. La letra era original del poeta José María Pemán y la música del maestro Joaquín Rodrigo, ambos pesos pesados en la cultura hispana de la época a que me refiero. El himno, como muchos aún recordarán, constaba de cuatro estrofas y un estribillo que se repetía tras cada una de aquellas. La primera estrofa decía: Nuevos misioneros de la gran milicia/ que la Iglesia llama con voces de paz; /testigos de Cristo que sobre la tierra/ cantáis esperanzas de amor y verdad. El estribillo decía: Cuando el mundo se nubla y se empaña / la luz de los cielos de angustia y temor/ la voz del amor/ pide de sus hijos la mayor hazaña; / por el reino de Dios en España/ por la gloria de un mundo mejor.
La Acción Católica derivó con el tiempo hacia asociaciones de carácter socio-religioso como la HOAC, la JOC, la JEC y otras incluso de carácter político de moderna configuración, pero su espíritu inicial se diluyó paulatinamente en los años setenta del pasado siglo. Sin embargo, aún están en algún lugar olvidado, o no, como he dicho, aquellas banderas y aquellos libros de actas que podrían salir a la luz y, debidamente conservados, servir para ilustrar la historia local de una época que unos recuerdan con nostalgia y otros han olvidado consciente o inconscientemente, pero que existió en el tiempo y en la realidad, y sobre la que no podemos pasar por ella en silencio.