GLORIA LÓPEZ

Ser amada es para mí como el aire que respiro» solía decir Jane Digby, pero nunca dijo por el mismo y mucho menos, deJane Digby  l mismo lugar. Paseó su amor, en general, desde la corte victoriana hasta los desiertos de oriente, se divorció tres veces en un tiempo que no se podía una y acabó su vida amando a un marido 20 años más joven bajo el cielo estrellado.

Jane Digby Elizabeth nació en 1807 en Inglaterra. Hija de un capitán que tuvo la fortuna de «encontrarse» con el tesoro de un barco español. Como el padre pasaba la mayor parte del tiempo tropezandose con fortunas españolas por esos mares, ella pasó su infancia en casa de su abuelo, con sus hermanos, que la dejaron hacer de su capa un sayo y de su persona la más interesante de los alrededores.
Era hermosa y díscola, y la madre, previendo lo que se les venía encima, aunque nunca imaginó cuánto, decidió presentarla en sociedad. En la primera semana conoció a un «calavera», viudo y rico, Conde de Ellenborough con 17 años mayor que ella.
Aquello fue comer y cantar para el viudo que en ocho semanas encendió de tal manera los ardores de la joven que no hubo manera de hacerla esperar. Se casaron, con la expectativa de que ella sería la más bella entre las bellas y él el apuesto marido entre los maridos. Eso duró lo justo en darse cuenta que ni ella estaba para organizar, ni él para dar explicaciones. Pronto descubrió que su marido tenía una amante y decidió hacer lo mismo. Y para empezar, que mejor que alguien cercano, así, para no llamar mucho la atención. Y le tocó a un primo cercano que no tardó en liarse, dejarla embarazada, asustarse ante la pasión que ponía en todo aquella mujer y largarse en el primer barco.
Para consolarse del primo, buscó un principe, Félix Schwarzenberg, un diplomático austríaco, que acababa de llegar a Londres y tuvo la mala fortuna de ser Jane la primera mujer que conoció. Se pasó todo el verano detrás de ella y al final, tanto amor dió sus frutos, esta vez una niña. El marido no tuvo más remedio que darle el divorcio y Jane, mientras que el proceso de divorcio se resolvía, fue a Basilea para dar a luz y a reunirse con Félix, que no se adaptaba a su vida de esposo consorte, se acordó entonces que era católico (lo que no le había importado mientras se la tiraba) y la dejó por adúltera. Pensó que jamás se recuperaría de este abandono, pero oye, el corazón es fuerte y vino a reponerselo un barón alemán que consiguió llevarla al altar, pero mantenerla le costó más trabajo. De hecho, a pocas le cuesta la vida cuando un joven griego se enamoró de su esposa y no tuvo otra ocurrencia que retarlo a duelo. Se la repartieron, él se quedó con los niños, y el griego con la esposa.
Para que este no se le fuera con la excusa, Jane se convirtió a la fe ortodoxa griega y tuvo un hijo, Leónidas. En fin, que fueron felices hasta que aquí a Spiridon le dió por salir por las noches y no volver por las mañanas y ella, en plan tragedia griega, porque habiendo griegos mira que venir a enrollarse con el rey Otón I de Grecia, casualmente el hijo de su ex amante.
Entre acto y acto, vino el pobre Leonidas a caerse de una ventana y morirse, y Jane, que lo consideraba su favorito, rota de dolor, asqueada de amor se fue al desierto. Pero chica, mira tú por donde que allí también hay hombres, no solo camellos.
Y allí encontró, precisamente cuando iba huyendo de él, al que sería el amor de su vida: SheikhMedjuel el Mezrab, un noble beduino veinte años menor que ella. Y mira tú por donde, sería el desierto, sería la vida nómada, seis meses en el desierto, seis en el palacio, vete tú a saber, el caso es que vivieron felices hasta que ella murió en 1881, con 74 años.