JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Según el antropólogo Julio Caro Baroja: La hoguera nocturna es y ha sido signo de fiesta siempre en España. Pero no sólo de fiesta religiosa, sino también de fiesta civil. La tradición de encender hogueras en ciertas fechas del año es multisecular y se encuentra extendida por toda Europa. Según Frazer (en su Rama dorada, 1981) las costumbres de esta naturaleza pueden rastrearse a través de la documentación histórica hasta la Edad Media, y sus analogías con costumbres parecidas en la Antigüedad, muestran que sus raíces se hunden en época incluso anterior a la difusión del cristianismo. El mismo autor aporta documentos antiguos de la práctica de encender hogueras festivas en el norte de Europa, la cual fue suprimida por los sínodos cristianos a lo largo del S. VIII por su vinculación a rituales paganos.

Las épocas del año en que regularmente se encienden hogueras en el occidente de Europa, y concretamente en España y en la región de Murcia, son las coincidentes con los solsticios de verano e invierno, celebrándose lo que en antropología se denominan festivales ígnicos, de los que quedan importantes vestigios que han llegado hasta nuestra generación en la popular Noche de San Juan en torno al solsticio de verano y en las hogueras de invierno en las inmediaciones temporales del de invierno. En uno y otro caso se trata de celebrar los dos puntos críticos en el camino del sol por el cielo; pues desde el punto de vista del sentimiento humano primitivo, no había más apropiado que encender fuegos en la tierra cuando el fuego y el calor de la gran luminaria celeste comienza a menguar o crecer en el firmamento.

Dicho esto convendremos en que la propia climatología es ingrediente importante a tener en cuenta en los festivales ígnicos a que me refiero. No es igual la participación festiva callejera (marco en el que inevitablemente se enciende la hoguera) en verano, cuando la noche es foro habitual de reunión en nuestras latitudes meridionales, que en invierno, época propicia a la reclusión doméstica, huyendo del frío exterior. La hoguera festiva de invierno, en las inmediaciones temporales del 21 de diciembre es más íntima y hasta podríamos afirmar que, de origen casi ritual.

Sigue afirmando el antropólogo Fratzer en su Rama dorada que en la cristiandad moderna, el antiguo festival pirofórico del solsticio de invierno parece sobrevivir en la vieja costumbre de la toza o leño trashoguero de Pascua de Navidad. Este es el nombre con que se conoce en Inglaterra, Francia y otros lugares al viejo tronco de roble que ardía en los hogares domésticos a lo largo de toda la Nochebuena, en torno al cual la familia permanecía reunida durante la larga trasnochada en la que se conmemora el nacimiento del Hijo de Dios.

En el Sureste de España y concretamente en los pueblos y ciudades de la región de Murcia, ha sido tradicional entre las gentes, el permanecer reunida la familia durante la Nochebuena, después de la cena, en torno al fuego que proporcionaba el hogar donde se consumía un gran leño que, en muchos lugares se denomina nochebueno ó tocón de pascua, siendo en uno y otro caso la base próxima a la raíz de una encina u olivo, maderas ambas que, además de aportar gran energía calorífica, tardan mucho en consumirse.

Este podría ser el origen más remoto y teórico, tras la cristianización de algunos ejemplos de cultos paganos relacionados con el solsticio invernal, de las hogueras festivas de invierno, celebradas en los pueblos y ciudades de la Comarca Noroeste de la región de Murcia.

Lo que podríamos considerar el ciclo del fuego festivo invernal en el Noroeste de Murcia se inicia en Moratalla donde, desde antiguo se celebran los denominados Castillos de la Purísima durante la noche del 7 al 8 de diciembre en diversas plazas de la localidad. La celebración tiene carácter eminentemente popular ya que días antes, los niños del pueblo deambulan de casa en casa pidiendo un palico de leña pal castillo de la Purísima, que esa noche se alimenta con la leña recogida más la que aportan los vecinos voluntariamente, generalmente objetos domésticos inservibles. Desde 1988 la fiesta ha cobrado un inusitado vigor y de ella se ha hecho eco el cronista local José Jesús Sánchez Martínez en diversas ocasiones.

Durante la trasnochada del 8 de diciembre se encendía una hoguera festiva ante la ermita de la Purísima en la pedanía caravaqueña de Singla, dentro del programa de actos de las fiestas patronales. Su origen es incierto y no se ha celebrado con absoluta continuidad en el tiempo.

La noche del 12 al 13 de diciembre se prendían en Caravaca las Hogueras de Santa Lucía en barrios como El Hoyo, La Placeta del Santo y El Castillo. Tras años de languidecer ha resurgido con vigor la costumbre desde hace unos años, ubicándose la hoguera al pie de la muralla de la fortaleza local muy cerca del monumento al festejo de los Caballos del Vino. Hoguera que este año ha contado con la presencia del grupo de Animeros. También en Bullas se prende hoguera festiva la víspera de Santa Lucía, patrona de modistas y costureras, y protectora, como se sabe, contra las enfermedades relacionadas con la vista.

Con el paréntesis de la Navidad por medio, en Benablón (también pedanía caravaqueña), se prende una hoguera la víspera de San Antón, lo que también tiene lugar en la Copa de Bullas. En la misma fecha se hacía en Cehegín en los primeros años del S. XX, de lo que da cuenta el semanario caravaqueño El Siglo Nuevo en 1906. No se si data de entonces o comenzó a prenderse con posterioridad la hoguera que arde en la Noche de San Sebastián, aún en vigor, durante la madrugada del 19 al 20 de enero en la Plaza de la Iglesia, antiguo patio de armas de la vieja fortaleza ya desaparecida.

El ciclo ígnico concluye en El Noroeste a comienzos de febrero con la hoguera que se prende en Barranda la víspera de la fiesta de La Candelaria, y con las desaparecidas hogueras de Santa Águeda de Cehegín, celebradas en las plazas mayores de Arriba y de Abajo así como en la plaza del Mesoncico. Por esas fechas aún tienen lugar hogueras en La Copa de Bullas, en honor a la Santa protectora de las enfermedades relacionadas con el pecho de la mujer.

A la hoguera festiva, que siempre es eminentemente popular, se añadieron con el tiempo carretillas y fuegos de artificio, con mayor o menor aceptación de las gentes, así como alimentos y bebidas de todo tipo, bien para probar los primeros dulces de Navidad y carnes de la reciente matanza, o bien para consumir lo que quedaba de aquella, bien pasada la misma. Pero ese es un capítulo adosado al festejo, del que en otra ocasión me ocuparé.