PEDRO ANTONIO HURTADO

Le han llamado «El gran libertador del jazz» y otros merecidos apelativos, tales como «Uno de los principales innovadores en la historia del género», «Maestro precursor del free jazz», «Icono de la música de esa condición» o «Uno de los innovadores más poderosos y polémicos» de esa variedadartística, lo que se le imputa, indefectible y favorablemente, por su dedicación a la música, su exclusividad en el mundo jazzístico y su gran capacidad creativa, pero, seguramente, serán muchas menos las calificaciones de reconocimiento que se le han asignado que los valores musicales que atesora Ornette Coleman, quien durante tantos años capitaneara ese cuarteto que llevaba su nombre y en el que también era integrante el celebérrimo Don Cherry. Coleman fue la auténtica figura fundacional del importante grupo, como también lo fue de la vanguardia jazzística, porque no en vano sus llamativas innovaciones en el campo del «free jazz» llegaron a ser catalogadas de revolucionarias e, incluso, controvertidas, algo lógico y natural en alguien que dedicó toda una vida a engrandecer ese arte en el que, instrumentalmente, brillan los metales dulces, las pieles suaves y las cuerdas melodiosas, a lo que, en ocasiones, se unen voces verdaderamente sensacionales que te hacen acariciar un edén que se sumerge en tus sentidos para paladear ese jazz que, con el estreno del próximo mes de Julio, vuelve, un año más, a San Javier (Murcia),en un festival que merece el máximo respeto internacional y por el que han desfilado muchos de los músicos que, lamentable y tristemente, se han asomado a nuestros obituarios, un certamen que con tanto tino dirige Alberto Nieto Meca, quien le ha otorgado lujo, brillo y mucho esfuerzo, hasta poder decir que en el escenario del «Parque Almansa» han actuado las más rutilantes estrellas del firmamento musical mundial en esta disciplina. Por supuesto que, si nada lo impide, volveremos a cubrir la información que nos ofrezca esta cita anual para divulgarla en estas páginas de «El Noroeste», aunque ya podemos adelantar que el cartel no tiene nada «de relleno», sino que está engalanado por figuras de primer nivel internacional que le hacen sostener el prestigio con el que ya cuenta y que, sin duda, va a mantener en esta XVIII edición.

Volviendo a nuestro desaparecido artista, digamos que ha sido un saxofonista de los más notables, uno de los intérpretes más distinguidos e innovadores de este género y, por si no era suficiente, una de las figuras más legendarias, destacadas y respetadas en la historia del jazz, quien nos ha abandonado a los 85 años de edad, a consecuencia de un paro cardiaco. Ornette Coleman (09-03-1930, Fort Worth, ciudad ubicada en los condados de Tarrant y Denton, en la región noreste de Texas -se hace llamar el lugar «donde empieza el oeste»-Estados Unidos/11-06-2015, Manhattan-Nueva York-Estados Unidos) ha sido, igualmente y además de saxofonista alto, violinista consumado, trompetista extraordinario y excelente compositor de jazz. Su tierra de nacimiento dio al mundo muchos saxofonistas. Y allí creció y se desarrolló como el hijo de un modesto trabajador de la construcción, que falleció muy pronto, y una humilde empleada de una funeraria local.
Un clásico de la historia
Con «This is our music», título tan rotundo como desafiante, no tenían más remedio que tomar parte en la revolución de formas y contenidos o mantenerse impasibles, en el andén, ante un tren que les conduciría hacia el progreso más innovador. Pero, afortunadamente, tenían «billete en mano» y subieron a ese vagón de pasajeros y, después de 54 años transcurridos, aquella música suya, transgresora, convulsa, decidida y suavemente agresiva, al tiempo que perturbadora, se ha convertido en un clásico que forma parte de la historia y conserva el mismo olor que los jazmines de la época, que no han cambiado su oferta olorosa. El cuarteto antes mencionado, además de Coleman y Don Cherry, lo completaban Charlie Haden (1937-2014) y Ed Blackwell (1929-1992). Y la canción citada continúa vigente y defiende con los mismos honores otra composición del álbum, la titulada «Beauty is a rare thing».Y es que, todo lo que tocaba Coleman, uno delos músicos más influyentes y destacados del siglo XX, que, además, sabía rodearse de los mejores colegas, rezumaba belleza, aunque le gustara disimularlo, destilaba ritmo y gozaba de armonía, merced a sus enriquecedores y siempre sabios experimentos compositivos. Y como muestra de esas afirmaciones, cabe citar «Lonely woman», seguramente una de las canciones más bonitas y atractivas de lahistoria, a pesar de la incuestionable tristeza que encierra en su estructura.

Célebre maestro de la improvisación
Destacó Coleman, especialmente y sin perder nunca su prestigio, en las décadas de los años ’50 y ’60, pero nunca dejó de lado esos altos niveles de improvisación que superaban todos los parámetros habituales del género hasta entonces estudiados, dejando su mayor notoriedad, en tal sentido, dentro de las composiciones del álbum titulado «Free jazz: a collective improvisation» (1960), cuyo título ya nos posiciona en esa hábil destreza suya. Elegido por los «dioses de la música» como una de las figuras fundamentales para modificar el curso ordinario de la historia del género, influyó enormemente en prestigiosos nombres tan importantes como Eric Dolphy o John Coltrane. Discográficamente, debutó Coleman en 1958 con su inolvidable L.P. «Something else» y, a su despedida, nos deja medio centenar de álbumes, de los que el último es el titulado «New vocabulary» (2014) y, además, cosechó grandes y muy distinguidos premios del género, tales como la prestigiosa «Beca Guggenheim», el «Premio Grammy a la carrera artística más brillante» o el «Programa de becas MacArthur».
Podemos señalar, igualmente, que estuvo inspirado en sus inicios por Charlie Parker y que tomó contacto con el saxofón alto a los 14 años, para familiarizarse con el saxo tenor pasados dos años de tales inicios. Formó parte de bandas texanas de «rhythm and blues», entre las que destacamos a Red Connors y Pee Wee Crayton, con quienes mantuvo sus primeras experiencias musicales en una banda, pero no tardaría en granjearse seriosproblemas por su ambición y creatividad basada en su tendencia a otros estilos, lo que le ocasionó marcadas hostilidades con sus músicos compañeros y hasta con la propia audiencia, pese a que, él, no se apeaba de sus asumidas convicciones.

Relacionado con grandes monstruos jazzísticos y creador de inolvidables discos
Al inicio de la década de los ’50 se trasladó a Los Ángeles y, allí, trabajó como técnico de ascensores, no porque fuera una manera de «ascender», no, ni mucho menos, sino porque tenía que ganarse la vida. Pero, mientras tanto, mantenía una muy cercana relación con los libros de música, porque sabía lo que quería y lo que albergaba en su mente como un medio de vida y una pasión incuestionable: la música, en general, y el jazz, en particular. Y, además de a los legendarios componentes de su mágico y mítico cuarteto, conoció a monstruos como Charles Moffett, Billy Higgins o Bobby Bradford. Intentó acompañar y hacerse acompañar de los mejores músicos de Los Ángeles, que no eran pocos, pero tendría que llegar 1958 para conseguir convencer a un verdadero elenco de artistas con los que poder desarrollar su particular música. De tal manera, se significó durante un espacio de tiempo, verdaderamente relámpago, formando parte del quinteto de Paul Bley, en el conocido «Hillcrest Club», una formación con la que grabó dos discos para la compañía «Contemporary Records», la mundialmente conocida discográfica de jazz que fundara Lester Koenig, uno de los más brillantes productores fonográficos de Estados Unidos. Coleman y Cherry entraron en la «Lenox school of jazz», en 1959, con la ayuda y de la mano de John Lewis, centro de enseñanza en el que se mantuvieron durante un amplio periodo, lo que les posibilitó adentrarse en el «Five Spot Café», un club de jazz de muchos quilates, aunque fue, esa, una etapa que sirvió para alertar al complejo mundo del jazz sobre la aparición de una nueva forma de concebir esa música como radicalmente distinta. Desde ese mismo momento, Coleman fue calificado, «fifty-fifty», como genio y como fraude.Destacaron, también, en su trayectoria musical, sin quedar ningun o «aparcado», discos como «Tomorrow is the question» o «The avant-garde».
Hombre indomable

De su paternidad sobre el discutido «free jazz», se puede hablar largamente, pero no sería muy provechoso, porque a Coleman solamente le movía el afán de liberar de sus estrictos moldes al género y llevarle un pasito más allá, aupado por las incursiones de Charlie Parker o Thelonious Monk. Lo verdaderamente claro es que las creaciones musicales de Coleman, así como las valiosas improvisaciones de Cecil Taylor, los incontestables arreglos orquestales de Sun Ra, el inconmensurable lirismo de Eric Dolphy o las primeras indagaciones en otras latitudes de John Coltrane, con quien Ornette Coleman pondría a prueba su calidad jazzística en el álbum titulado «The Avant-Garde», sirvieron para trazar muchos caminos que, luego, serían desviados por un mal aprovechamiento económico de un proyecto que hubiera significado una clara y larga supervivencia para una verdadera legión de músicos en las americanas ciudades de Nueva York y Chicago, así como en las europeas de Estocolmo, Berlín o París, porque se identificaron con una religión tan devota de lo musicalmente nuevo que hubo que buscarle una definición concreta que acabó conociéndose como «The new thing». Coleman, a principios de los ’60, junto a su conocido cuarteto dejazz, grabó, para el sello Atlantic, obras de los hermanos Nehusi y Ahmet Ertegun, grandes productores de muy flexible y fino olfato, lo que vino a representar una música relevante como invitan a imaginar sus desafiantes títulos que, para identificarla, se seleccionaron. Así, podemos destacar «The shape of jazz to come» («El cariz del jazz por venir»), «Change of the century» («Cambio de siglo») o el controvertido «Free Jazz», en el que una denominada «action painting», de Jackson Pollock, inducía, desde el mismo envoltorio del disco, a sumergirse en una música caótica protagonizada por los instrumentistas de dos cuartetos enfrentados, lo que fortaleció la vitola de hombre indomable del siempre magnífico Coleman que nos ha dicho adiós de repentina manera. Este año, seguro, por su marcada sensibilidad en este sentido, Alberto Nieto Meca, como no nos cabe la menor duda, hará lucir, como máximo responsable del «Festival de Jazz de San Javier», el más gigantesco «crespón negro», en el «Parque Almansa», de la localidad marmenorense, porque, en el último periodo anual, nos ha abandonado una buena colección de auténticos mitos del jazz. Descanse en paz, en esta ocasión, Ornette Coleman. Buenos días.

Pedro Antonio Hurtado García
es Director de Zona de CAJAMURCIA-BMN
en el Noroeste murciano