FÉLIX MARTÍNEZ

Sobre lo interno. Acerca de esto gira la filosofía si la contraponemos con las ciencias que, por su propio ámbito, tratan sobre lo externo: sobre lo cuantificable, lo medible; aquello que se relaciona y es fenómeno. A pesar de lo dicho la filosofía parece haber dejado al margen el que pueda ser considerado el hecho íntimo por excelencia. El hecho más personalísimo e íntimo al que todos nos tenemos que enfrentar o someter: la muerte. Quizá, de tan puro interiorismo y vivificación propia la filosofía parece ruborizarse y cerrar los ojos ante ella.

La muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David

La muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David

En la obertura de El mito de Sísifo Albert Camus nos instaba a pensar sobre el suicido, más bien por qué no lo acometemos debido a la consecuencia de la absurdidad de la vida. Ésta, para el pensador francés, debería de ser la única cuestión en la que debería tomar partido la filosofía. Sin embargo, y debido al motivo de la intimidad expuesto, no hablaremos aquí sobre el suicidio, pues éste no deja de ser otra de las perspectivas en las que se nos puede aparecer el hecho ineludible de la muerte.

La muerte, tan sutil, pura, tan reveladora de verdad como expresión máxima de lo intrínseco, ha conseguido colarse en los aspectos más preclaros de nuestra cultura y de nuestra manera de entender la vida. Y si no me creen, admirados lectores, asómense a esta breve y paradigmática muestra coral. En antropología una de las muestras más inánimemente aceptadas en torno al inicio de la sociedad de parentesco se encuentra en la base de los enterramientos o rituales funerarios. Con esto nos encontramos con el primer esbozo del conocimiento de la muerte. La muerte también pertenece al ámbito estético. En el arte pictórico tenemos muestras como las de El triunfo de la Muerte, de Pieter Brueghel el Viejo o La muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David, como muestras inmortales, valga la paradoja, de la presencia de la muerte en el arte pictórico. También hallamos sus huellas en el arte literario en obras tan dispares como Gracias por el fuego, de Benedetti o Crimen y castigo, de Dostoyevski donde la muerte va a ser el hilo conductor de estas y muchas obras más. En el ámbito lírico quizá encontremos el ejemplo más claro y más conmovedor en Jorge Manrique.

Pero no solo de estética vive el hombre, sino que la cultura -la judeocristiana en nuestro caso- viene acompañada, de manera ineludible, de la muerte. Como si de un parafraseo a Platón se tratara la cultura cristiana parece prepararnos para la muerte o, al menos, para lo que según nuestra cultura nos espera tras ella. La vida como salvación del alma; la muerte la puerta bidireccional hacia el cielo o el infierno. Muchas de las culturas clásicas han tenido una “vida” posterior a esta, en la que sí podemos dar cuenta de nuestra vida existencial tanto propia como ajena, que viene siempre tras cruzar el umbral de la muerte.  La cultura afecta a nuestros valores morales y éstos a la ética. Desde la perspectiva ética encontramos una perspectiva relativamente joven que también, entre otras cuestiones, trata sobre la muerte: la bioética. Cuestiones como la eutanasia pertenecerían a este ámbito de estudio.

Como se puede ver son varias las vertientes que tratan de descifrar un poco más a la muerte, o pensar entorno a ella o, al menos, tratar de aprehenderla de la mejor manera posible. A pesar de todo este esfuerzo seguimos en el mismo punto con el que comenzamos esta andadura, pues todos los aspectos de los que hemos hablado no hacen sino cuantificar la muerte, su carácter más externo y alejado de la intimidad y cercanía de nuestra propia existencia con respecto a la muerte. Tal vez, deberíamos de hacer el esfuerzo de poder entender la muerte para poder entender la vida.