Ya en la calle el nº 1047

En la Cruz está la vida y el consuelo

La Cruz, en su simplicidad aparente, encierra un profundo misterio, es ella donde encontramos la culminación del amor de Dios por la humanidad, donde el sufrimiento se transforma en redención, donde el dolor se convierte en esperanza, y donde la muerte es vencida por la vida eterna.

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Sebastián Chico Martínez, Obispo de Jaén

Queridos devotos de la Vera Cruz:

Caravaca de la Cruz ha sido durante siglos un faro de fe y esperanza para todos los que la visitan. Es un lugar impregnado de la presencia divina, donde un Santuario ha sido testigo de innumerables milagros y refugio espiritual para tantos corazones sedientos de gracia divina. Desde tiempos antiguos, los peregrinos han acudido a este lugar en busca de sanación, consuelo y renovación espiritual. Pero la Vera Cruz es mucho más que un simple objeto de veneración; es un recordatorio vivo del sacrificio redentor de nuestro Señor Jesucristo.

La Cruz, en su simplicidad aparente, encierra un profundo misterio, es ella donde encontramos la culminación del amor de Dios por la humanidad, donde el sufrimiento se transforma en redención, donde el dolor se convierte en esperanza, y donde la muerte es vencida por la vida eterna. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito» (Jn 3,16). El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Fil 2,8). El Hijo se entrega en manos de su Padre por nuestro amor y en nuestro lugar: para reconciliarnos con Dios, recibiendo en sí mismo el dolor y la maldición del pecado. Por eso podemos exclamar con la Liturgia, en el Pregón pascual: «¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo». Cuando besemos y adoremos la Cruz, seamos conscientes de que estamos dando un beso a todas las llagas de Jesús que se dan en esta humanidad, y en el rostro de tantas personas y situaciones.

El Papa Francisco explicaba en una ocasión: «Alguna persona no cristiana podría preguntarnos: ¿por qué exaltar la cruz? Podemos responder que no exaltamos una cruz cualquiera, o todas las cruces: exaltamos la cruz de Jesús, porque en ella se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. El Padre dio al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz» (Ángelus, 14 de septiembre de 2024). Por tanto, la Cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza del mal y la misericordia de Dios, parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria.El instrumento de suplicio se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz.

«Para ser curados del pecado, miremos a Cristo crucificado», decía san Agustín. Al levantar los ojos hacia la Vera Cruz, adoremos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. Acerquémonos con humildad, porque el Señor resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes y sinceros de corazón. Acudamos con actitud de adoración, pequeños ante su grandeza, como mendigos de su amor. Amemos la Cruz, aceptándola como nuestra mejor herencia, llevándola con gallardía y generosidad. Escojámosla como signo eficaz del amor de Dios y fuente de una nueva vida. No hay salvación sin acercarnos a Cristo muerto y resucitado. Sólo Él puede librar al mundo del mal y hacer crecer entre nosotros el reino del amor, la justicia y la paz que todos deseamos. La Cruz debe ser para el verdadero cristiano su estrella orientadora en la noche del tiempo. «En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo», diría Santa Teresa de Jesús. El cristiano participa de la convicción de que su camino de cruz es camino de vida.

Que el Año Jubilar que estamos celebrando sea un tiempo de gracia que nos encamine a la santidad de vida, a consolidar la fe, a favorecer las obras de caridad y la comunión fraterna en el seno de la Iglesia y en la sociedad; a manifestar con la vida y las obras una profesión de fe más sincera y más coherente en Cristo Salvador.

Os invito a que, como hizo Jesucristo, también nosotros podamos abrazar la Cruz, y veamos en ella un signo de salvación, un signo de vida, un signo de esperanza. Que junto a la Cruz contemplemos el amor tan grande que Dios ha tenido por cada uno de nosotros; para así poder vivir también en ese amor y trasmitirlo a nuestros hermanos. «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20); y yo, ¿qué estoy dispuesto a hacer por Él?

Con mi afecto y mi bendición,

Sebastián Chico Martínez, Obispo de Jaén.

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